Domingo 1 de Cuaresma – B

Domingo 1º (B)
 
 
LECTURA:           
“Marcos 1, 12‑15”
 
 
En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia. 
 
 
MEDITACIÓN:              
“Creed”
 
Cuando en una ocasión le peguntaron a Jesús cuál era el trabajo que Dios quería que realizásemos, respondió que lo que Dios quiere es que creamos. Ése es el punto de partida,  porque si no hay fe, si Dios sigue siendo alguien distante, o más o menos indiferente, con una implicación mínima en nuestra vida, no podemos poner nada después, no cabe en este caso conversión.
 
Porque la conversión, como sabemos y estamos repitiendo, nos quiere abrir, nos quiere dirigir hacia la realidad de Dios como una buena noticia que irrumpe en nuestra historia, en nuestra vida, para construirla desde él, intentando configurarnos cada vez más con la imagen que nos ha dejado en Jesús.
 
Pero eso supone entender, intuir y experimentar, que Dios se nos presenta como una buena noticia. No podemos creer ni adherirnos a algo que no sentimos como bueno, sino a algo que nos construye, que responde a nuestra realidad más rica y profunda, y nos abre a un talante que nos humaniza. Lo contrario sería o es, ser tan ciego o tan esclavo, que habría anulado nuestra capacidad de razonar o de ver las cosas con un mínimo de objetividad. 
 
Por eso resulta triste cuando desde supuestos ámbitos de fe percibimos actitudes cerradas. Cuando la fe se vive como cumplimiento, cuando creamos estereotipos, a favor o en contra, movidos por tradiciones o actitudes históricas pasadas, y de las que no hemos sabido hacer autocrítica,  para superar o reconducir, recuperando todo lo que hay de fuerza que empuja nuestra realidad personal hacia cotas cada vez más hondas, humanas y humanizadoras.
 
Y es a este Dios a quién Jesús nos llama, a quien nos invita a descubrir y creer, no como alguien que frena sino como la mayor fuerza de estímulo. No como algo o alguien ante quien doblegarse porque sí, sino porque en él y desde él todas las dimensiones de nuestro ser personas se encauzan hacia lo mejor, independientemente de que el camino sea más rápido o más lento, o nos venga marcado por el peso de nuestras limitaciones, que nos recuerdan precisamente esa llamada continua y necesaria a la conversión.  
Desde ahí, esa invitación a creer se extiende no solamente a Dios, aunque parte de él, y hacia él tiene que volverse continuamente nuestra mirada y nuestro corazón, que es lo que él ha venido a tocar y trastocar si queremos, sino a nosotros mismos. Creer que merece la pena, mejor, que es vital, convencernos de que podemos, de que no estamos ante un imposible. Que, a pesar de nuestros repetidos olvidos y nuestras constantes caídas, con él podemos llevar adelante esta aventura de crecimiento, de descubrirnos en nuestra potencialidad, porque con él la perspectiva del camino, y el horizonte, se iluminan de una manera que empujan nuestra tendencia a instalarnos. 
 
La fe es una aventura, tal vez por eso nos asusta. Pero no es una aventura cualquiera, es la de nuestro propio yo, como base para asumir la aventura de cada día de nuestra historia personal y colectiva vivida en actitud gozosamente abierta de conversión continua. Intentemos potenciarlo en esta cuaresma en la que nos empezamos a adentrar.
 
 
ORACIÓN:             
“Conviérteme a ti”
 
Sigue, Señor, sigue llamando a mi puerta, no dejes que me pare, que me anquilose, que me conforme, es lo más triste que me podría pasar. Puede ser que consiga avanzar poco. Tú sabes la torpeza de mis pasos y todos esos condicionamientos que tienden a frenarme, incluso de los obstáculos abiertos e interesados que surgen en mi camino y que tratan de pararme o desvirtuarme y que, incluso, incomprensiblemente, me atraen en muchos momentos hasta convertirse en lucha que no sé cómo afrontar. Ayúdame, Señor, para que mi mirada se fije en ti, para que crea y me convenza de la fuerza de tu amor que me libera, y que es capaz de ayudarme a hacer este camino de liberación que tú has iniciado, y que cuando nos apartamos de él nos rompe. No dejes de estar a mi lado porque en ti sé que no late más que tu interés por mí. Conviérteme a ti. Gracias, Señor.
 
 
CONTEMPLAR:             
“Hombre entero”
 
Cómo no volver 
la mirada a ti,
si en ti encuentro
la luz que necesito,
la fuerza que me empuja,
la dignidad que anhelo,
el hombre entero
que nadie puede partir 
a pesar de tanto empeño.
Y así, al mirarte, me veo
desbordado de mí mismo,
tarea de mi historia convertida
que construye paso a paso,
pero plenamente decidido,
toda mi persona.
 

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