Semana 5 Viernes B

TIEMPO ORDINARIO

 

Viernes 5ª

 

 

LECTURA:            

Marcos 7, 31-37”

 

 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

 

 

MEDITACIÓN:            

“Mirando al cielo”

 

            Tal vez hay gestos de Jesús que se nos pasan desapercibidos porque en seguida vamos, como los toros, al bulto. La fuerza de sus actuaciones y de sus palabras nos atraen porque, de alguna manera son, lógicamente, donde se expresa o manifiesta su actividad. Pero puede ser que al ir directamente ahí nos perdamos el punto de arranque, de dónde parte todo, y cuando eso se nos despista puede ser que a la hora de nuestra realidad y de intentar responder experimentemos que algo nos falla, porque al final las cosas no parten de nosotros solos, lo mismo que no parten sólo de Jesús, sino de más allá, o de más adentro.

 

            Es cierto que Jesús es Jesús, y en un montón de situaciones se pone de manifiesto esa fuerza que sale de él. Pero hasta esa fuerza no le arranca porque sí, esa fuerza interna le viene de arriba, del cielo, de Dios, como lo repetirá continuamente. Y esto, que nos puede parecer a muchos de lógica, no lo es tanto, máxime cuando ya no miramos al cielo, o cuando al decirlo simplemente señalamos un lugar porque a algo nos tenemos que dirigir en nuestro lenguaje y en nuestra experiencia concreta y materializada; pero, sobre todo, porque ese cielo al que mira Jesús, no es un muro de nubes o de atmósfera azul, sino que es el ámbito abierto, accesible, del que se vierte vida.

 

            Sí, el cielo, ese cielo que vemos, pero en el que proyectamos la inmensidad desbordante, porque lo es en su infinitud, vislumbramos la fuerza de amor de un Dios que no nos encierra en un halo de estrellas de colores o de oscuridad, sino que se nos abre como espacio desde el que se derrama vida. Mirar al cielo no limita, abre, nos abre a una inmensidad desbordante que nos puede permitir reconocer la fuente desde la que poder escuchar la voz de Dios, y que nos facilita el pronunciar palabras que nos acerquen entre los hombres.

 

            El cielo es capaz de abrir nuestros corazones, nuestras bocas, nuestros oídos, todo lo contrario que, cuando encerrados en nosotros fácilmente, demasiado fácilmente, ponemos barreras a los oídos, las palabras o el corazón de los otros. Tal vez por eso tenemos miedo de mirar al cielo. Tal vez, por eso cerramos nuestros oídos para no escuchar algo que nos interpela o confunde nuestros intereses. Hay muchos que cuando les hablas de esa dimensión sienten miedo de que se les convenza, porque en el fondo reconocen la fuerza de esa realidad y prefieren mantenerla lejos. Al menos son sinceros al manifestar la verdad de sus recelos.

 

            El cielo nos obliga a salir de nosotros y a buscar la sanación nuestra y del otro, la interior, que es la que interesa, la importante, en la que nos jugamos nuestras personas y nuestra historia. Cuando nos cerramos a él lo más fácil es negarlo o manipularlo, o hacerlo a nuestros intereses, y entonces lo desvirtuamos y lo utilizamos para acallar, hasta para matar, que es la mayor perversión que podemos hacer con él.

 

            Aquel hombre se fio de Jesús, se fio de su mirada al cielo, y el cielo tocó su persona y lo puso en relación. Sí, Jesús es peligroso porque todo lo hace bien, hace oír a los sordos que quieren oír y hablar a los mudos que quieren llevar mensajes de vida, gestos de bien. Pero, por todo ello, merece la pena mirar al cielo, mirar y escuchar a Dios, nos va mucho en ello.

 

 

ORACIÓN:              

“Mi pequeñez y mi grandeza”

 

            Señor, tengo la impresión de que a fuerza de mirar tanto al suelo, cuando miramos al cielo no vemos más que galaxias maravillosas, en medio de la oscuridad, pero nada más. Nos podemos sorprender de esa belleza que alumbra una gran aparente noche, pero parece que no sabemos ir más allá para descubrir que nuestra vida es algo así, como todo un conjunto de luces que quieren irradiar belleza en nuestra oscuridad hasta ver en ella una fuente de vida que nos hable a lo más íntimo y grande de nuestro ser, de nuestra existencia, para ayudarnos a crecer, para sorprendernos de su potencial, de nuestro potencial. Señor, encontrarnos contigo es lo más grande que nos puede suceder. Puede ser que no sepamos, y hasta lo hayamos desvirtuado en muchos momentos con nuestra cortedad de corazón, pero eso no apaga tu realidad, la grita. Déjame seguir pudiendo levantar mi mirada a ti, déjame mirar alto, para ver con más perspectiva la fuerza de mi pequeñez y mi grandeza. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:           

“La fuerza de mi ser”

 

No me bastan las estrellas,

ni la fuerza de ese sol

que genera tanta vida;

ni me basta mirar todo ese cielo

cargado de belleza misteriosa.

Mis ansias van más allá,

a ese cielo que eres tú

de donde brota la Palabra.

La Palabra que alimenta

e ilumina la vida, mi vida;

que me introduce y me abre,

que me envuelve y me libera,

que me acalla y me hace gritar

un canto de esperanza

que me es imposible acallar,

aunque quieran acallarlo,

porque es la fuerza de mi ser.

 

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