Domingo II de Adviento – Ciclo B

TIEMPO ADVIENTO– CICLO B

 

Domingo 2º

 

 

LECTURA:             

“Marcos 1, 1‑8”

 

 

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el Profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.

Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.

Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

 

 

MEDITACIÓN:           

“Comienza el evangelio de Jesucristo”

 

            Tengo la sensación de que, a fuerza de repetirlo, el anuncio ya no nos emociona tanto y, sin más, nos suena, o nos puede sonar, a una historia repetida, ya sabida, como si en ella ya no fuese posible encontrar algo nuevo. Sí, puede ser que esté bien, que haya cosas bonitas; pero al final, es una novela más que nos puede cansar volver a repetir.

            Por eso, me parece que puede ser bonito e importante que saboreemos, o que al menos nos paremos, ante la fuerza de estas palabras.

 

            Podríamos leer “recomienza”, y no iríamos muy desorientados, porque es cierto, materialmente vamos a recomenzar a leer la misma historia si nos quedamos en lo meramente escrito. Pero nuestra intención debe ser la de “comenzar”, como si fuese algo nuevo, como para dejarnos sorprender. Sabemos que esta narración no sólo nos quiere contar cosas, quiere tocar nuestra vida, quiere que nos dejemos tocar, que nos paremos en cada momento para sentir cómo afecta a mi vida, como la trastoca, la interpela, la ilusiona, la fortalece, y le abre a una dimensión de esperanza que debía ir afectando a mis actitudes. Nuestra vida es algo vivo, no es algo repetitivo, sino una realidad afectada por toda una serie de circunstancias, positivas y negativas, que van apareciendo en nuestro camino, y a las que tenemos que dar una respuesta, que nunca puede ser desde la indiferencia porque es mucho lo que está en juego.

 

            Por todo ello, es muy importante que nos hagamos conscientes, para que lo busquemos y lo lleguemos a experimentar así, que lo que vamos a comenzar es “el evangelio”, que traducido significa “Buena noticia”. No nos vamos a asomar a una tragedia, aunque la hay; ni a un cuento que al final acaba bien, aunque acaba bien. Vamos a asomarnos, a descubrir, una buena noticia. La buena noticia de un Dios que se nos ha acercado porque nos ama; se ha implicado en nuestra historia, la ha tratado de llenar de amor y de un mensaje liberador, salvador, hasta dar la vida.

 

            Es la buena noticia de “Jesucristo”, que no es sin más un hombre bueno del pasado, es el Ungido Hijo de Dios, Dios encarnado. En él se ha revelado, manifestado y expresado el amor de Dios. Su vida se nos ha convertido en llamada a vivir como él, a seguirle, para ser portadores de vida junto a él, y para descubrir que toda vida entregada se convierte en plena, en eterna, en vida resucitada, sentido último de nuestra dignidad de hijos de Dios regalada en él y por él.

 

            Si entendemos esto, podemos intuir desde ahora, que lo que estamos viviendo con el arranque de este adviento, es la invitación a abrirnos a la sorpresa de un Dios que quiere llenar de sentido toda nuestra realidad humana, donde parece que no hay sentido para nada, en nuestro empeño por apagar cualquier signo de esperanza. Es una llamada, una aventura, un nuevo reto, y un nuevo ofrecimiento de Dios para que le permitamos caminar a nuestro lado, convirtiéndose en nuestra verdadera y totalizante buena noticia. Se abre el telón con la llamada a preparar nuestro corazón para que le dejemos entrar en él y trastocarlo, convertirlo, en un corazón como el suyo, hecho don, regalo, para todos.

 

 

ORACIÓN:            

“Acudir a ti”

 

            Gracias, Señor, por esta nueva oportunidad. Gracias por poder acudir a ti. Por poder encontrarme a mí mismo en ti. Por permitirme descubrir toda esa fuerza de vida que has derrochado y volcado en mí para que vaya descubriendo el sentido del paso por esta historia que, a veces, tengo que reconocerlo, me parece absurda, o una mala broma de la existencia, si sólo me fijo en lo que el ambiente me quiere forzar a ver, y en la cortedad de miras del corazón humano cuando se cierra en sí. Gracias por ofrecerme una buena noticia que quiero recoger, que deseo hacer mía en el lento proceso de mi crecimiento. Gracias, porque en ti, Señor Jesús, encuentro la luz y el punto de referencia para aprender a hacerlo. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:              

“Resonar tu nombre”

 

Comenzar de nuevo, sí,

con la ilusión del primer día,

con la esperanza de que

todo es posible desde ti.

Dejar resonar el eco

de una buena noticia,

 y en medio de tantas sombras,

de tantas incertidumbres,

descubrir un horizonte abierto.

Dejar resonar tu nombre

que me huele a aire fresco,

al perfume de la vida

que todavía entiende

lo que significa amar.

 

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