Martes de la Semana 4 de Adviento – 1

TIEMPO ADVIENTO

 

Día 23

 

 

LECTURA:            

Lucas 1, 57‑66”

 

 

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le habla hecho una gran misericordia, y la felicitaban.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan.»

Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre como quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le salto la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.

Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

 

 

MEDITACIÓN:           

“Un gran misericordia”

 

            Cuando somos capaces de mirar las cosas, las personas, la historia, la vida desde la perspectiva de Dios, todo adquiere como una dimensión nueva, profunda, especialmente gozosa, de tal manera que trastoca la vida de la propia persona y de la historia porque se percibe en ella una hondura y un horizonte inesperado.

 

            Isabel y Zacarías no han vivido esta sorpresa de sus vidas como una de esas excepciones y casualidades que puede ofrece los caprichos de la naturaleza, y de la biología o el cuerpo humano, cosa que ya de por sí hubiese sido una noticia desbordante para ellos. Algo esperado siempre pero que creían que ya no podía darse y que, al final, surge, como una especie de azar extraño de la vida. No. Para este matrimonio este hijo, es fruto de sus sueños, de sus continuas oraciones y de la acción misericordiosa de Dios en sus vidas. No sólo tienen un hijo, sino que en ellos nace algo nuevo que va a romper con todo lo anterior. No es una continuidad de la tradición, algo se trastoca, se renueva, se ve de diferente manera, abre nuevos horizontes en que ya todo lo imprevisible se puede hacer realidad, porque Dios es y actúa así.

 

            El nuevo canto de acción de gracias surgida de la boca y del corazón de Zacarías nada más recobrar el habla, como veremos mañana, proclamará esa “entrañable misericordia” de Dios, que arrancó como promesa de Dios en los primeros patriarcas, y que ahora va a poner el corazón en nuestra historia concreta hasta hacer visible su presencia. Y es que cuando somos capaces de captar que Dios no es alguien lejano, que es pura entraña de amor para con cada uno, podemos ser capaces de vislumbrar que nuestra historia está preñada de amor, como un tesoro que todavía no hemos sabido descubrir, y que cuando alguien lo intuye o descubre, lo trastoca todo, y el propio corazón empieza a dar un giro, aún en medio de la experiencia de debilidad y contradicción que todos arrastramos.

            Toda esta experiencia se nos hace presente ahora a nosotros, no como algo del pasado, sino como algo que se hace verdad a lo largo de todas las generaciones que han sido y las que vendrán, como cantaba María en su Magnificat. Y en la medida que tenemos el valor de hacernos receptivos a esta misericordia, a este poner Dios su corazón en cada uno de nosotros, criaturas e hijos suyos, se hace posible que ese sentimiento, o esa convicción, como cada uno pueda sentirla o acogerla, vaya trastocando el nuestro, que cada vez parece más endurecido.

 

            El Adviento que se nos va y la Navidad que tenemos ya a la puerta nos hablan de eso. No son ñoñerías, no son invitación a una emoción pasajera y a unos deseos fugaces o superficiales que se convierten en frases hechas y que, no cabe duda, aún así nos hacen bien, sino una llamada a hacer posible en nosotros esa apertura, esa disponibilidad, esa energía que nos puede hacer capaces de que algo nuevo, como experimentaron estos personajes en medio de los buenos deseos, pero también de realismo y esperanza, puede suceder en nosotros. Porque la misericordia, cuando dejamos que se cuele en nuestro interior, puede trastocarlo todo y hasta hacerlo posible.

 

 

ORACIÓN:             

“Dejarnos encontrar”

 

            Tal vez no hemos terminado de darnos cuenta y podemos llegar a pensar que ciertas afirmaciones son como una especie de “plus” para algunos, vamos, que parece como demasiado, y que es suficiente con un poquito menos. Y es que todavía nuestra vivencia religiosa se queda un tanto superficial, de manera que no nos termina de cautivar. Nos conformamos, en el mejor de los casos, con acoger más o menos tu palabra, pero nos “cortamos” a la hora de buscar una relación de intimidad, una experiencia profunda de encuentro, y la palabra amor se queda en un eco bonito cuando no vacío, que no nos ha alcanzado. Este tiempo vuelve a ser un empeño para entrar en nosotros, para tocar si, nuestras fibras sensibles, pero no para quedarnos sólo en ellas, sino para dejarnos tocar, para dejarnos encontrar y trastocar por ti. Ayúdame a descubrirlo y sentirlo. Gracias, Señor.

 

             

CONTEMPLACIÓN:             

“Poner mi corazón”

 

Quiero poner mi corazón,

este corazón que fácilmente,

sin saber muy bien por qué,

se cierra y se endurece.

Quiero poner mi corazón

y exponerlo al calor del tuyo,

para que rompa su hielo,

para que aprenda a llorar

y descubra la fuerza de la ternura.

Quiero poner mi corazón

para que aprenda a amar,

hasta que se rompa, como el tuyo.

 

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