Origen y meta del deseo religioso

Origen y meta del deseo religioso

— La historia del salmón en imagen y textos —

“Nos hiciste para ti

y nuestro corazón está inquieto

hasta que descanse en ti”

(Agustín de Hipona)

La sabiduría inconsciente de la Naturaleza nos muestra a veces, como en un espejo, imágenes y símbolos de realidades espirituales y del alma.

Sol poniente

¿No es esa también la naturaleza

del Amor infinito

que preside y sostiene nuestro universo,

y que desde el punto de vista cristiano

se manifiesta particularmente

en el Sacrifico de amor de Cristo,

Sol y Luz del mundo

que muere a Sí Mismo

para dar vida en abundancia?

  Historia del Salmón

    Pocos ignoran la sorprendente historia del salmón, ese gran pez de ríos y mares cuya epopeya ascensional evoca uno de los arquetipos más profundos de la naturaleza: la referencia innata de la criatura al Creador.

Salmón nacimiento Había nacido en las fuentes de los ríos, en las altas montañas, en un paraíso incontaminado de rocas vírgenes y aguas de cristal. Allí transcurrió la primera etapa de su vida, en la felicidad inconsciente de la infancia, fusionado con la Madre Naturaleza que le acogía en su seno cubriendo sus necesidades como una imagen de la providencia divina.

    Poco a poco fue creciendo y su identidad empezó a afirmarse. La vida se le ofrecía entonces como un campo abierto colmado de futuro y de posibilidades inéditas, sin más líme a las mismas que su capacidad soñadora. Hasta que un día, buscando su autorealización, se lanzó río abajo por la pendiente deslizante, alejándose para siempre de la infancia y del nido que le vio nacer, sumergiéndose en el gran océano, en las anchas aguas del mundo.

Salmón juvenil Hasta aquí su vida no ofrece ningún misterio y es una ilustración más del paso, que en todos se verifica, de la infancia a la adolescencia, y de ésta a la edad adulta

    En adelante, según dicen, su vida se desarrolla en las frías aguas del norte, entre Nonuega e Islandia, o también, según algunos, en el mar de los Sargazos, ese inmenso entramado de algas situado en el corazón del Atlántico, que evoca la complejidad de nuestro mundo, con su tupida red de relaciones e intereses, a veces confesados y tantas veces inconfesables.

    Poco importa si su existencia era hasta entonces feliz o desgraciada; poco importa si en su memoria anidaba o no una vaga nostalgia de los días de su niñez. Lo cierto es que, en un momento dado, algo ocurre y hace «clic» en su interior, cambiando de orientación la brújula interna de su alma. Algo se enciende: una luz, un despertar, una toma de conciencia. Algo que se parece a una conversiónY con ello un impulso irreprimible de partir, de volver al origen mismo del que había surgido.

Salmón adulto A partir de ese momento inicia una de las aventuras más admirables que podamos hallar en el libro de la naturaleza.

    Siguiendo un certero instinto, y a través de un viaje de miles de kilómetros, recorre en sentido inverso las aguas del océano hasta encontrar la desembocadura del mismo río por el que años antes se había deslizado alegremente. Sin vacilar, se adentra en él y empieza a remontarlo. Según asciende, la corriente contraria le va oponiendo una mayor resistencia; pero la fuerza de su deseo es más grande que cualquier adversidad. Y este deseo lo tiene clavado en un único fin: las fuentes de las aguas, a las que debe llegar por encima de todo.

    Con tenacidad indestructible, sin retroceder jamás ni rendirse un instante, va ganando terreno al río palmo a palmo, en una batalla encarnizada contra la corriente y los obstáculos que van saliendo a su paso. Unas veces son las cascadas de agua, alzándose como muros infranqueables; otras, los pescadores de la ribera lanzando sus anzuelos tentadores, con los que tratan de frustrar su marcha ascensional. O los osos del bosque, que en las partes altas del río salen en busca de una presa fácil, aprovechando la escasa profundidad de las aguas y el evidente agotamiento que por entonces muestra el menguado número de ejemplares que va logrando acceder a esos niveles. 

Salmón y oso

Muchos dejarán la vida a lo largo del camino. Sólo los que tienen la suerte de alcanzar el fin, poco menos que exhaustos y casi con la mitad de su peso perdida por el tremendo esfuerzo, pueden asistir al último acto que corona la odisea: el baile nupcial, el desposorio y, tras éste último, la muerte…

La muerte en el lugar

mismo del origen.

     El poder simbólico de esta odisea se revela en cada una de sus etapas. En primer lugar, hay que resaltar la fuerza de la llamada interior y la atracción irresistible ejercida por el origen en el fondo del alma. Imposible no escuchar, no partir y volver a las fuentes primordiales, al lugar donde nace y se consuma la vida. Donde nace y se consuma, y no sólo donde nace, porque el retomo al origen que llama y atrae es al mismo tiempo, y de modo misterioso, un viaje hacia la consumación y el destino último de la existencia. El origen: el Origen divino, del que todo surge, es al mismo tiempo el Fin al que todo tiende y aspira a llegar para completar su realización. Todo sale de Dios como Padre y Origen, y a Él retorna como Destino y Fin. Salida y retorno, egresus y regressus, expansión y contracción, constituyen un movimiento fundamental inscrito en la estructura del espíritu humano y, de modo general, en la de todo el cosmos.

banco de peces El Origen divino, del que todo surge es al mismo tiempo el Fin al que todo tiende y aspira para completar su realización

    Ahora bien, si origen y fin son lo mismo, no lo son de la misma manera. Entre ellos media la distancia que se da entre lo embrionario y lo plenamente desarrollado. En el Origen, el ser es creado; en el Fin es consumado. De hecho, el salmón no aspira en modo alguno a regresar al «paraíso original» de la infancia feliz, ni su objetivo es retroceder en el tiempo buscando introducirse otra vez en aquella placidez inconsciente que, según dicen, todos experimentamos en el claustro materno. Salió como niño, regresa como adulto. La infancia queda atrás para siempre, y en adelante al hombre sólo le es posible completar su ser desarrollando sus estructuras más plenamente humanas de conocimiento y de amor. Y éstas no aspiran, desde luego, a autorrealizarse en una fusión impersonal y difusa con la Madre Tierra, sino que ascienden hacia otra unidad más elevada, de carácter esponsal, con quien ahora es percibido como Esposo, y Amado. 

Salmón apareamiento Por eso, al llegar a la cumbre, los salmones se aparean, plantan la semilla de una nueva generación… y mueren, después de entregar el último jugo de su ser.

Desposarse y morir. Ése era el objetivo final del deseo que la voz suscitó en el alma y el último acto que corona la gran odisea.

    Una muerte, por supuesto, cargada de fecundidad, que evoca ese morir a sí mismo EN EL OTRO característico del amor, y que es la única muerte de la que sale vida, por ser la expresión suprema del don de sí. Muerte mística también, si se quiere, pues morir a sí mismo en Dios es el sacrificio de amor más elevado que la criatura puede realizar. Un amor que es al tiempo cruz desgarradora y crisis de todo el ser, pero en cuyo centro está depositada la semilla de la vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).«El que pierda su vida por mí, la encontrará para siempre» (Mt 10,39). De otro modo, cuando uno no quiere dar su vida, tarde o temprano se la arrancan, y entonces es la debacle del ser. Pero cuando la da, entonces se desposa y recibe la vida de aquel en quien ha muerto.

El deseo religioso o arquetípico

       Mas el camino hacia las fuentes es largo, y no en vano tiene la forma de un ascenso, de un desarrollo espiritual poblado de dificultades o, si se quiere, de una Purificación, en cuyo término el mismo Origen que aspira y atrae se ofrece como Paraíso y Bien Total de su criatura, como el Unum Necessarium del evangelio, único que puede colmar las aspiraciones más profundas del insaciable corazón humano. Paraíso divino,Fuentes del río escatológico, desproporcionadamente superior al de la tierna infancia y a todos esos otros paraísos artificiales que el ancho mar del mundo nos ofrece cada día con sus anzuelos de pescador o sus voces de sirena. Paraíso entrevisto difusamente en la llamada interior que nos despierta de nuestros sueños y, desde ese momento, también ya ardientemente deseado: «Despierta, despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo» (Ef 5,14). Y he aquí la respuesta del que ha sido herido por la voz: «Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi Rostro’. Tu Rostro buscaré, Señor, no me escondas tu Rostro» (Salmo 26 [271,8).

     La separación de Dios abre en el centro del corazón humano una distancia insalvable, un espacio de soledad que ninguna compañía, por entrañable que sea, puede llenar. Y en esa soledad un vacío, una oquedad, un sentimiento de carencia de un bien esencial, ausente y no poseído, que ningún otro bien consigue sustituir. Carencia de Dios, Paraíso original y Bien definitivo, de la que brota la indefinible nostalgia, la insatisfacción permanente y la inquietud de un corazón que busca, sin muchas veces saber bien cómo ni dónde, su reposo y su descanso. Es aquí donde encuentra su lugar la tantas veces citada frase de san Agustín: «Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

Ésta es la contradicción que anida en el corazón humano:

  • una perpetua carencia que busca una perpetua plenitud,
  • una soledad irreductible que busca una plena comunión,
  • una distancia insalvable que busca una total unidad,
  • una inquietud sin reposo que busca un paraíso y un descanso.

    Dicen que el hombre es un ser inacabado. Y es precisamente de este inacabamiento de donde le nace su aspiración y vocación más primaria de tender al acabamiento y realización plena en el vivir, en el conocer y en el amar, que constituyen sus estructuras más profundamente humanas. Por ser un viviente, aspira a vivir, y vivir en plenitud; por su capacidad ilimitada de conocer, aspira a una verdad plena y total; por su capacidad afectiva, igualmente ilimitada, aspira a unirse y completarse en un Bien infinito. La estructura de su corazón marca el sentido de su ser. De ahí el deseo de autorrealizarse conforme a aquello para lo que está estructurado.

      Éste es, pues, el origen del deseo religioso, que se halla presente en todo ser humano. Deseo arquetípico, le llamaríamos en clave de la psicología de Jung, porque pertenece a la estructura espiritual más profunda de nuestra especie. Deseo de Dios como Alfa y Omega, como Bien y Verdad originante y conclusiva. Deseo religioso por antonomasia, raíz arquetípica del amor y brújula interna que nos impulsa secretamente hacia el Absoluto, Salmón emigraciónmarcando el sentido de nuestro ser, su referencia estructural básica, y confiriéndole de este modo su vocación primera: amar a Dios sobre todas las cosas.

     Sin embargo, no todos identifican la dirección última adonde apunta la flecha del deseo, ni alcanzan a tomar conciencia de éste como anhelo de Dios. Pues la aspiración arquetípica trasciende el nivel de la consciencia cotidiana de carácter superficial, que sólo experimenta una aspiración indefinible, una inquietud que no siempre logra referir a lo divino. Para ello es preciso una toma de conciencia, un despertar y una conversión, punto de partida del retomo o regressus. Será entonces cuando el deseo arquetípico se transforme en amor consciente y voluntario, plenamente humano; cuando la voluntad asuma en su libertad y revierta hacia Dios el pulso interior del deseo, convirtiéndolo en intención consciente hacia el Origen.

       Aquellos que han arrojado la divinidad del horizonte de su conciencia sienten únicamente ese vago deseo de felicidad que todos llevamos dentro, esa carencia existencial no satisfecha que cada uno intenta colmar como puede dirigiendo la flecha de su deseo hacia los bienes que encuentra al alcance de su mano, para dar con ellos a su vida un sentido y una realización. Sueños e ideales con los que tantas veces tratamos de llenar nuestra existencia, y que no tienen por qué ser malos, pero sí insuficientes para un corazón que nunca tiene bastante, y por eso tarde o temprano se nos quedan pequeños o en nada.

 

I’ cant get no satisfaction

No puedo encontrar ninguna satisfacción

The Rolling Stones

      Y es que, detrás de todos los sueños de la vida, nuestro corazón está aspirando siempre a un Sueño Absoluto, a un Sueño Total de conocimiento y amor, que va apareciéndose más claro y preciso a medida que se van desvaneciendo con el tiempo los pequeños y parciales sueños en los que tal vez habíamos depositado la ilusión y la esperanza de nuestra vida. Al final sólo queda el Sueño Divino, el Sueño último, en el que quizá nunca habíamos querido reparar, pero que estaba ocultamente presente al principio de todos nuestros sueños, atrayéndonos como desde lo secreto, como desde detrás de los sueños parciales de la vida que se nos presentaban como absolutos y definitivos, incitándonos a detenemos en ellos como en la meta final.

      El último Sueño no es la última ilusión de una vida sin ilusiones, sino la manifestación de la aspiración fundamental del ser a la Verdad y al Bien total, al Misterio último de todo, Origen y Fin, que, para darle un nombre, tradicionalmente llamamos «Dios»: Padre y Madre que nos engendra, Espíritu que nos aspira, Verbo que nos pronuncia en cada instante, Voz que secretamente nos llama, evocándose a sí misma en todos los seres que la reflejan, sobre todo a través de la Escritura. «¡La Voz de mi Amado!», grita la Esposa en el Cantar de los Cantares. «Helo aquí que llega saltando por los montes, brincando por los collados» (Cant 2,8).

Montañas nevadas «Helo aquí que llega saltando por los montes, brincando por los collados»

     Pero ¿quién es consciente de su deseo innato? El polvo del tiempo quizá lo ha ido recubriendo hasta hacerlo irreconocible. Ahora bien, puede que un día despertemos y descubramos de repente aquello que tal vez nunca hubiéramos debido olvidar: que era Dios el secreto Bien con el que siempre habíamos soñado, aquello que desde siempre habíamos amado sin saberlo y que nos llamaba en cada esquina, en cada cosa hermosa que nos hacía vibrar o detrás de cada herida de nuestro amor propio. Quizá un día percibamos de un modo nuevo su llamada en el centro del ancho mar donde nos hallamos, cual salmones enredados en los sargazos de la vida, y despertemos como de un sueño, exclamando una vez más con san Agustín:

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba. Desfigurado y maltrecho, me lanzaba, sin embargo, sobre los bienes hermosos que Tú has creado. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me atraían lejos de ti todas esas cosas que no existirían si no tuvieran existencia en ti. Me llamaste y me gritaste hasta romper mi sordera. Brillaste sobre mí y me envolviste en resplandor y disipaste me ceguera. Derramaste tu fragancia, y respiré. Y ahora suspiro por ti. Gusté, y ahora tengo hambre y sed. Me tocaste, y quedé envuelto en las llamas de tu paz» (Confesiones, X, XXVI1,38). Salmón salto

        Siempre se ha dicho que la búsqueda de Dios es la respuesta que el corazón humano da a la llamada del mismo Dios, que llama y aspira todo hacia Sí desde el momento en que lo crea. El deseo arquetípico se corresponde con esta aspiración divina que atrae y despierta: el corazón aspira hacia Aquel que lo aspira, busca al que lo atrae, invoca al que lo llama, va hacia el que le dice: ven. Por eso el deseo es una realidad al mismo tiempo humana y divina, natural y sobrenatural. Natural, porque es la brújula interna del corazón; divina, porque, como dice la Escritura, el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, en el centro más profundo de nuestro ser, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado, donde gime con gemidos inefables, haciendo suyo el deseo arquetípico, y tendiendo ambos como una sola cosa hacia el Origen. Espíritu y Aspiración de Dios, que se une a nuestro espíritu y a nuestra aspiración humana, haciéndonos exclamar: ¡Abba, Padre! (Rom 8,15-16).

       Padre u Origen, Fin o Paraíso con el que siempre habíamos soñado, pero que sólo ahora, con la llamada y el despertar, podemos darle un Nombre: ¡era Dios la razón de esa herida oculta que siempre habíamos llevado en el centro de nuestra soledad; Dios la razón de la oscura nostalgia que nos ahogaba interiormente! Nostalgia de Lo Totalmente Otro, como dicen los teólogos, de la Fuente Eterna de nuestro existir. La llamada aviva en lo profundo de Salmón remontandonuestra conciencia el sentido de lo Absoluto, el recuerdo de Dios o Memoria Dei, como decían los antiguos. Una memoria herida y sangrante, porque el recuerdo y la nostalgia indican lejanía y escisión, mientras que la tendencia del deseo arquetípico es fundirse en la unidad, donde se halla su descanso. Una memoria cubierta quizá por el olvido, y que ahora resuena con fuerza en nuestra capacidad de amar convocándonos a una larga marcha y a una unión esponsalicia: « ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!» (Cant 2,10)

     Esta voz ancestral que nos llama desde las raíces de nuestra conciencia no puede ser otra, en clave cristiana, que la Palabra de Dios, que en el Origen de la creación nos suscitó de la nada al ser, convocándonos por puro amor a una realización ilimitada mediante la participación en su riqueza infinita. Palabra original y originante, pero asimismo Palabra final y última de todo, que, en medio del silencio sagrado de la noche, de la noche del mundo, descendió del seno del Padre como Buen Pastor que sale en busca de su oveja perdida, haciendo humana su voz y llamándonos desde la Encarnación y el Evangelio a nuestra vocación original. El Verbo habló, se hizo carne, se hizo Escritura. Los que creen y sienten que esta Palabra colma las aspiraciones más secretas del ser humano, se abren a ella en una respuesta de fe que se identifica con el mismo cristianismo.

     Sustancialmente, la vida cristiana es eso: una respuesta a esa Palabra de Dios que, desde los Profetas hasta la Encarnación, y desde la Encarnación hasta el Evangelio y el tiempo de la Iglesia, ha venido tratando de iluminar nuestras mentes y despertar el deseo religioso que llevamos más o menos adormecido. Un día quizá, por el modo que sea, consigue traspasar la insensibilidad del corazón, y aquello que hasta entonces posiblemente había sido para nosotros palabra muerta se nos empieza a convertir en Palabra viva. Sin saber tal vez muy bien cómo, nos damos cuenta de que la llevamos grabada en el alma y que ya no podemos vivir ajenos a ella: es el inicio de una fe viva y de una búsqueda de fe que no se detendrá jamás:

Salmones en grupo «Una Palabra divina, la Palabra que anuncia el Evangelio, se clavó un día en nuestro corazón. De repente comprendimos que era a nosotros a quienes llamaba, y partimos a la búsqueda de aquel que llamaba, llamándole nosotros a él, con una llamada en la que todo nuestro corazón y toda nuestra vida estaban puestos en nuestra voz… Esta Palabra que nos busca y nos encuentra para que respondamos a ella buscándola nosotros a su vez, es todo el evangelio, todo el cristianismo.» (L. BOUYER, Le sens de la vie monastique, pp. 21-22).

     He aquí el fundamento de la vocación, no ya monástica, sino simplemente humana, desde la perspectiva antropológica del deseo de Dios y la aspiración a entrar en comunión con Él. Podemos considerarla como la vocación natural del ser humano, presente en todas las tradiciones religiosas, y que en el cristianismo es vivida desde las claves que ofrece la revelación bíblica. Desde aquí, la búsqueda de Dios reviste la forma de una escucha configuradora con la Palabra Creadora, que se deja sentir al mismo tiempo en el fondo subjetivo del alma y en su revelación objetiva en la Escritura. En tanto que derivada de la apertura a la trascendencia inscrita en la naturaleza, no cabe decir que se trate de una vocación especial. Más bien es la vocación que está en el interior de toda vocación sin contraponerse a ninguna y como alimentando a todas desde dentro, en la medida en que el deseo y la búsqueda de Dios están siempre en la base de toda vocación religiosa.

Viaje a la cima y al centro

    Tradicionalmente suele concebirse la emigración del alma en una doble dirección: como ascenso a la cima y como descenso al centro. Pero ambas Fuentes del ríodirecciones son sólo dos perspectivas de una misma realidad. La cima del alma y su centro, llamado a veces también fondo o corazón, no son polos distintos, sino la misma simplicidad última de nuestro ser que siempre está conectada a Dios y en la que se establece quien alcanza el final del recorrido. Por eso ambas perspectivas son intercambiables, hasta el punto de que es posible decir que por la cima se llega al fondo, y por el fondo se llega a la cima. Sin embargo, tienen sus diferencias de matiz: la idea de la subida sugiere un ir remontando niveles y cosas que se dejan atrás, mientras que la imagen del descenso sugiere un proceso de «esencialización», de unificación de todos los niveles del alma en un yo profundo, contrapuesto al yo superficial de nuestra conciencia cotidiana.

    En este sentido, la emigración del salmón desde el mar a los manantiales significa la emigración interior del alma desde su dimensión «carnal» o identificación con el cuerpo hasta su dimensión espiritual o identificación con el Espíritu, remontando la estructura de las facultades: primero la vida en el instinto y la conciencia imaginativa, luego la vida en las facultades racionales del yo lógico y filosófico y la formación de la conciencia ética, finalmente la vida en la mente simple, pura y sin forma, antes de que el yo se trascienda y muera a sí mismo definitivamente en el universal divino del Amor. Es decir, antes de unirse y desposarse en el Origen, en la Palabra Creadora donde eternamente es pronunciada la existencia y que llamamos Cristo, origen y meta de todo existir.

    Visto desde la perspectiva del descenso, el retorno a las Fuentes se expresa tradicionalmente como un retorno al corazón: reditio ad cor, al centro simas de la tierrainterior del alma, donde ésta conoce su origen y su unidad, y a Dios, que se halla en ese centro como el Centro del centro y el Origen del origen: interior intimo meo, dirá san Agustín: más interior que lo más intimo de mí. Aquí no se hablará tanto de ascenso cuanto de integración y unidad. Y la oposición no será entre un arriba y un abajo, sino entre lo exterior y lo interior, lo superficial y lo profundo, la distinción y la unidad. En el centro todo se unifica y armoniza: instinto y consciencia, inteligencia y amor, finito e Infinito, Creador y criatura. El corazón es la armonía de todos los contrarios, que hasta entonces quizá eran percibidos como contradictorios e irreconciliables.

    Tanto la subida como el descenso expresan un proceso de Purificación simbolizado en esa gran cantidad de peso que, como lastre que se deja en el camino, va perdiendo el salmón a medida que asciende y se ve reducido a lo esencial: atrás quedarán todas las falsas imágenes del yo y del mundo; atrás los niveles inferiores de la conciencia y todos los apegos del corazón, desde los más groseros hasta los más delicados. Atrás todo lo que era falsamente suyo y pertenecía al hombre viejo. Atrás todo, con tal de que no se quede detenido o perezca en las partes bajas y medias del río, apresado por otros bienes ilusorios. En la cima del alma sólo queda la verdad desnuda en la que fuimos creados: la imagen de centro de la tierraDios, la naturaleza humana transfigurada en la divina, el hombre eterno que llevamos en esta pobreza finita y que habrá de salir finalmente a la Luz, bien sea parcialmente en esta vida, como se realiza en los grandes santos, o enteramente en la eternidad para todos los que han ascendido de la gran tribulación y han sido lavados en las Aguas Primordiales que manan del lado derecho del Templo y del Cordero.

Salmones de un mismo río

    Ese camino no es sino la aventura religiosa de la humanidad “arrojada” del Paraíso. Es posible que aquí se sitúe uno de los mensajes espirituales más inteligibles para el hombre y la mujer de nuestro tiempo, que en medio de la oferta interminable de paraísos artificiales que se nos venden a buen precio, sienten quizá como nunca la soledad y el desgajamiento existenciales. ¿Qué nos queda después de habernos bebido el mundo como una droga? La Escritura y los maestros espirituales nunca han dejado de proclamar que la naturaleza humana está constitutivamente referida a lo divino y que no hallará realización fuera de esta referencia o intencionalidad. Que el hombre sólo es plenamente humano cuando está unido a Dios y transformado en él, como ocurre en Cristo, y que, mientras viva escindido de su Origen, la soledad, el vacío y la carencia reinarán en su ser contingente.

Salmones

    Todos vamos por el mismo río: creyentes y ateos, santos y pecadores; y en principio no tendríamos por qué estar mordiéndonos unos a otros. La Iglesia, la humanidad, el conjunto de la creación: todo va ascendiendo por la corriente de la historia hacia el Alfa-Omega del mundo. Todos remontamos el mismo río, seamos conscientes o no, y vamos ascendiendo hacia las cumbres bajo la sombra del Espíritu, que misteriosamente guía la evolución del universo con una Sabiduría que trasciende nuestra capacidad de imaginar. Los salmones avanzan juntos: como humanidad, como Iglesia, como individuos aparentemente aislados o como diferentes agrupaciones humanas o religiosas.

    Todos ascienden entre luces y sombras. Arriba está la Luz, abajo arde la nostalgia. Las aguas torrenciales pretenden extinguirla, pero el amor es más fuerte que la muerte y tiende hacia arriba como el fuego hacia lo alto: pondus meum, amor meus, mi amor es mi peso, dirá una vez más san Agustín. No pocos suben ya cansados o se sienten rendidos. ¡Cuántos querarán detenidos en diversos niveles del río, replegados sobre sí, sin alcanzar la cima donde se celebra el desposorio! Pero todos han oído la voz y ascienden hasta donde sean capaces sin volver al ancho al mar, como tampoco los israelitas volvieron a Egipto cuando emprendieron su Éxodo a la Tierra, a pesar de que luego todos -salvo dos- perecieron en el desierto sin entar en el  Divino Descanso. La historia no tiene retroceso, ni tampoco el río de la evolución. Y lo que importa no es tanto saber hasta dónde uno llegará, cuanto estar realmente despierto y en camino, con la vida orientada en el sentido de la brújula del corazón. Por lo demás, a nadie se le cierra el acceso y el Padre-Origen nos espera a todos, como al hijo pródigo, al final de cualquiera de nuestras rutas. Todos podemos llegar arriba, o vemos atrapados en nuestros cantos de sirena.Salmón

    Creemos que al final el poder del Amor y de la Gracia será más grande que la miseria de la historia. Delante y detrás está Cristo abriendo paso como Primogénito de una humanidad renovada. Él ya remontó las aguas y consumó su muerte a sí mismo en el Origen, donde recibió la Vida de Aquel en quien la había depositado: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Ahora llega como el Viviente, trayendo en sus manos las llaves de la muerte y del abismo (Ap 1,18), caminando sobre las aguas del mundo y confortando a los que aún remamos fatigosamente: «ánimo, Soy Yo, no ternáis» (Mt 14,27). «Vuestros nombres están inscritos en los Cielos» (Lc 10,20; cf. Hb 12,23), en la Fuente eterna de vuestro existir. 

El PEZ en griego IXTHUS- es el acrónimo más antiguo de Jesús

El pez es el acrónimo de Jesús


Extracto y adaptación del artículo: M. F.-G., A.M., La vida monástica, esa irresistible llamada del Origen, Sal Terrae vol 87(1998) n.87, p. 501-518, a raíz de una conferencia en Valladolid con el título: La vocación monástica desde la perspectiva antropológica del deseo religioso.

Con el tiempo ambos títulos se revelaron como inadecuados, ya que no es correcto reducir a la vida monástica lo que es un patrón del alma humana universal, aunque sean pocos los que lo realicen.