Viernes de la Semana 1 de Adviento – 2

TIEMPO ADVIENTO

 

Viernes 1º

 

 

 

LECTURA:            

Mateo 9, 27‑31”

 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David.»

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les toco los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!»

Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

 

MEDITACIÓN:         

“Creéis que puedo”

 

           

            Parece que Jesús tiene una actitud pedagógica para actuar con cada uno de los que se acercan a él. A unos les responde en seguida, a otros les da largas, a otros no les contesta y les manda ponerse en camino, a otros parece que no les hace caso y, sin embargo, al final siempre responde.

 

Y es bonito, porque pone de manifiesto que Jesús no es una máquina de hacer milagros. Porque detrás de muchas peticiones puede haber muchos intereses, y él quiere poner de manifiesto que cada gesto es un signo y una respuesta a lo que de verdad anida en el corazón de cada uno. Por eso, sus respuestas hacen referencia a la fe y a la salvación que se despliega en ellas. Y es ahí donde quiere ayudar a abrir los ojos, de aquellos ciegos y de nosotros. Y, claro, está, no se refiere sólo a los ojos de la cara.

 

Aquellos hombres no se cansan de seguirle y de gritarle. No cejan en el empeño. Porque cuando uno quiere algo no se echa atrás, por muchas que pueden ser las dificultades, ahí se manifiesta la verdad de su búsqueda. Y, sin embargo, muchas veces nos cansamos fácilmente y terminamos desertando del seguimiento de Jesús, se nos enfría, se nos vienen abajo las ganas, la ilusión, el empeño. Lo queremos todo fácil, el milagro instantáneo de un Dios a nuestro servicio, de un mago conseguidor. No hemos descubierto o no queremos descubrir, que es en el seguimiento fiel, firme, confiado, de Jesús, dónde y cómo se nos van abriendo los ojos del corazón para descubrir y para terminar viendo aquello que ilumina profundamente el camino de nuestra existencia.

 

Por eso, la pregunta de Jesús es muy importante en nuestro caminar, muchas veces incierto y oscuro. ¿Creemos que Jesús puede ayudarnos a ver? ¿Hemos descubierto el valor primordial de nuestra mirada interior, de los ojos limpios y abiertos de nuestro corazón que nos permiten ver, desde Cristo, en profundidad, al mundo, a los otros y a nosotros mismos, con toda la capacidad de nuestros valores para aportar vida digna?

Si es así, estamos en camino de descubrir que el adviento, antes que un tiempo litúrgico, es una etapa y una actitud de nuestra vida que hace posible que dejemos entrar a Cristo, a este Dios con nosotros, en nuestro corazón para que atraviese nuestro ser.

ORACIÓN:              

“Me ayudas”

 

            Señor, tal vez no somos ciegos la mayoría, y todos valoramos la facultad de la visión, y sentimos cuando vamos necesitando más dioptrías en las gafas; pero, sin embargo, valoramos poco o nada, nuestra visión interior, profunda. Es más, muchas veces ni nos planteamos si hay que ver o si se puede ser así. Y, sin darnos cuenta, nos podemos convertir en ciegos y guías ciegos, como dice Jesús. No cabe duda de que es mejor no ver o no querer ver muchas cosas, sobre todo lo que tiene que ver con nuestras carencias o con lo que hacemos mal, hasta que un día tenemos ¿la suerte?, de descubrir lo ciegos que fuimos o somos en muchos momentos. Sé que tú puedes ayudarme, me ayudas, a ver; que tú curas y puedes curar mis cegueras. Ten piedad de mí. Gracias, Señor.

           

 

CONTEMPLACIÓN:          

“Tu luz”

 

Tú puedes, Señor,

y también yo puedo;

porque sé que en mi interior

hay una fuerza de luz

que has encendido en mí

y que me empeño en ocultar;

tal vez porque me ciega

o porque me hace ver

más de lo que quisiera.

Pero hay luz disponible,

tu luz;

y con ella quiero verte,

con ella quiero ver.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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