Martes de la Semana 1 de Adviento – 3

TIEMPO ADVIENTO

 

Martes 1º

 

 

LECTURA:     

Lucas 10, 21‑24”

 

 

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.»

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.»

 

 

MEDITACIÓN:            

“La alegría del Espíritu Santo”

 

 

            En principio parece que a la alegría no le tenemos que añadir muchas cosas. Jesús está contento porque ve a sus discípulos que vuelven contentos de su misión, y parece que no habría por qué añadir más cosas a algo tan aparentemente sencillo y natural.

 

            Nuestras miradas y valoraciones suelen ser generalmente un tanto cortas. Nuestra mirada, más que de águila, parece de topo, por eso muchas veces no nos conmueven más que las grandes cosas, y las sencillas, las cotidianas y, sobre todo, las profundas, se nos escapan o, simplemente, preferimos no verlas. Y ahí el Espíritu se pone en acción, si queremos verlo, para mostrarnos la hondura y el sentido de las cosas, que van más allá de lo externo para conmover hasta nuestras entrañas, y hacernos experimentar la alegría profunda que inunda o surge más allá de la mera materialidad de las cosas.

 

            Es la alegría que brota de la capacidad de darse, de ser portadores de una buena noticia, de llevar no sólo palabras sino gestos de paz, de sanación, de vida. Alegría que está por encima de los posibles rechazos. La alegría del que va por la vida sin grandes alardes ni discursos, que casi nadie entiende, sino de los gestos de cercanía que crean y hacen bien. Es la alegría del que se abre a Dios y descubre su belleza y su fuerza, y se siente impulsado por su amor.

 

            Es la alegría del que ha descubierto en Dios, creador del cielo y de la tierra, como lo proclama Jesús, a un Padre que llega al corazón de los sencillos y toca sus esperanzas, y siente que es así como nos podemos entender y crear unas relaciones nuevas, donde nadie pretenda ponerse por encima de nadie, sino todos al servicio de todos, porque ese milagro, a la luz de todo lo que vemos, sólo puede arrancar de él y transformar nuestro ser interior.

 

            Sólo cuando experimentamos o nos abrimos a la posibilidad de un Dios así podemos mirar al futuro y descubrir su horizonte abierto. Un horizonte desbordante hacia el que caminar poniendo en juego lo mejor de nosotros. Y eso no se puede hacer con ingenuidad, porque exige y compromete, pero ilusiona. A eso nos vuelve abrir este tiempo de adviento invitándonos a sentir en nuestro interior la alegría del Espíritu que nos desborda.

 

 

 ORACIÓN:         

“Empujando mi empeño”

 

 

            También yo quiero darte las gracias, Señor, por haber podido sentir y haberme hecho capaz de abrirme a tu mensaje de amor. No, no pretendo con esto asegurar que todo va viento en popa y que nada se me escapa. Hay muchos agujeros y muchos vacíos en mi vida que no he sabido llenar y que han roto muchos buenos deseos. Pero tu palabra cargada de esperanza no ha dejado de invitarme a dejarte resonar en mí, y a ir empujando mi camino y mi historia. Te doy gracias por esa sencillez y esa cercanía tuya, que vuelves a recordarme, porque es mi punto de apoyo desde el que trabajar la mía. Sigue empujando mi empeño. Gracias, Señor.

 

                       

CONTEMPLACIÓN:           

“Eres la sonrisa”

 

 

Eres tú, Señor,

 el pozo y la fuente

de donde brota

el agua fresca

 de tu alegría

que busco sacar.

Eres la sonrisa

del corazón sencillo

que se abra natural

al encontrarse contigo.

Eres manantial y mar,

brasa y fuego,

susurro y grito,

caricia y abrazo,

gozo profundo de vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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