Los cistercienses

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Los monjes cistercienses

 

Los Cistercienses forman una de las dos grandes ramas en las que históricamente se ha configurado el monacato cristiano benedictino. Se les conoce también como los monjes blancos, por el color blanco del hábito, que les distingue a simple vista de sus hermanos benedictinos o monjes negros, que visten el tradicional hábito de este color. Surgieron a finales del siglo XI en un monasterio llamado Cister -del latín Cistercium-, situado en la Borgoña francesa, cerca de la ciudad de Dijon. El monasterio fue fundado en 1098 por el Abad Roberto y unos veinte compañeros procedentes del monasterio benedictino de Molismo o Molesmes, que a su vez había sido fundado poco antes por el mismo Roberto en el año 1075. Sus inmediatos sucesores fueron los monjes Alberico y Esteban Harding. Los tres abarcan los 35 primeros años de la historia de la Orden, de la cual son justamente considerados como los fundadores, los que la pusieron en marcha y le dieron su primera forma.

          Císter es en su origen una reforma monástica, que se inscribe en el marco de un movimiento de renovación espiritual y eclesial que se desencadenó con fuerza creciente desde finales del siglo X, cuando la Iglesia y la sociedad feudales alcanzaban su punto culminante y al mismo tiempo iniciaban la curva de su declive. A nivel institucional, aquel movimiento desembocó en la  llamada Reforma Gregoriana -la principal reforma eclesiástica de la Edad Media- y a nivel espiritual se tradujo en el llamado movimiento eremítico, que buscaba retornar a las raíces de la vida evangélica y monástica. En aquel contexto, Císter se configuró originalmente como un benedictinismo de nuevo cuño, que deseaba responder a las exigencias de renovación espiritual y monástica propias de su época.

 

En el surco de San Benito

        La Orden de Cister es un ejemplo más de la capacidad que el monacato benedictino tiene para re-generarse a sí mismo cada vez que las circunstancias históricas lo han puesto a prueba. Císter surgió como un intento de recuperar la vida benedictina en su naturalidad y sencillez originales, y encarnar la Regla de San Benito, como los fundadores decían, en su pureza e integridad, en su rectitud y en su verdad

          Así lo expresa en 1119 el primer documento constitucional cisterciense llamado Carta de Caridad, verdadero testamento que los fundadores dejaron a sus sucesores sintetizado en cuatro verbos: amar, orar, esforzarse y reposar:

“Nosotros, los cistercienses, los primeros fundadores de esta iglesia, queremos manifestar a nuestros sucesores con el presente escrito, cuán canónicamente, con cuánta autoridad, por quiénes y en qué tiempo se originó el monasterio y su estilo de vida, para que, divulgada la sincera verdad de los hechos, amen con mayor empeño el lugar  y la observancia de la santa Regla que, con la gracia de Dios, nosotros allí comenzamos; oren por nosotros, que hemos soportado sin desfallecer el peso y el ardor de la jornada, y se esfuercen por el arduo y angosto camino que la Regla señala; de modo que, dejada la carga de la carne, reposen  felizmente en el descanso eterno”.

 

Una ciudad en el desierto

             Amar el lugar y la Regla significa que la vida benedictina es vivida en un marco y un ambiente característico, que es tres cosas a la vez: desierto, ciudad y escuela.:

Como desierto  es un espacio de soledad, un lugar ascético, de combate espiritual y purificación, de vacío y silenciamiento interiores, que pretende abrir el alma a la escucha de la Palabra de Dios.

Como ciudad  expresa la dimensión comunitaria de la vida benedictina, y en este sentido, los textos primitivos gustan denominar iglesia a los monasterios, es decir, cristalizaciones de la comunidad cristiana ideal. Por eso, el monasterio es llamado a veces Nueva Jerusalén o Paraíso claustral, lo que apunta a la utopía de una comunidad mística: de creyentes transformados en Cristo por la asimilación a la Palabra y unidos entre sí por el amor ordenado y la concordia: “en Jerusalén, escribe San Bernardo, reina la paz, que nos hace vivir juntos, unidos como hermanos”. Veamos cómo lo expresa el Beato Guerrico, abad de Igny:

“La divina providencia, por una gracia admirable, dispuso que en estos desiertos  en que habitamos tengamos la quietud de la soledad sin carecer, no obstante, del consuelo de una agradable y santa compañía. Cada uno puede sentarse solitario y callar, ya que nadie le dirige la palabra; por otra parte, no puede decir: ‘pobre del que está solo, porque no tiene a nadie que lo reanime ni lo levante si cae’. Vivimos rodeados de muchas personas, y a pesar de ello no estamos en medio del tumulto, vivimos como en una ciudad y sin embargo ningún ruido nos impide oír la voz del que clama en el desierto, con tal que guardemos el silencio interior tanto como el exterior”.

 

Una escuela espiritual

              El tercer rasgo es la escuela. San Benito considera su monasterio como una escuela y un taller espiritual, y lo mismo los cistercienses. Para ello utilizan diversas fórmulas, de las cuales la más conocida es la de escuela de caridad, forjada por Guillermo de Saint-Thierry, quien afirma que en ella se estudia el arte de las artes que es el arte del amor: ars est artium ars amoris.

             La idea del monasterio como una escuela en la que Cristo es el Maestro, tiene evidentes referencias benedictinas, pero asimismo evoca las grandes escuelas teológicas del siglo XII, precursoras de las universidades, con sus propios Maestros, que enseñaban a Cristo desde una perspectiva puramente intelectual. Frente a ellas, la escuela monástica ofrece una enseñanza existencial, espiritual, integral, impartida por la escucha de la Palabra de Dios, que enseña el camino de los mandamientos por el que los hermanos corren, como dice la Regla, con el corazón dilatado. En este sentido va la invitación de San Bernardo a un famoso maestre-escuela de su tiempo:

“Encontrarás mucho más en los bosques que en los libros.
Los árboles y las rocas te enseñarán lo que no pueden decirte los maestros”.

 

 

Una enseñanza

              Examinando en su conjunto el “programa de estudios” que los grandes escritores cistercienses del siglo XII elaboran para su escuela, podemos a resaltar tres materias básicas:

  • Una antropología cristológica: el alma como imagen de Dios en Cristo.
  • Un combate espiritual: esa imagen ha perdido su semejanza y debe recuperarla.
  • Una mística: la imagen recupera la semejanza originaria y se hace una con Dios.

          El ser humano, escribe Guillermo de Saint-Thierry, es un microcosmos, un mundo en pequeño situado entre el mundo material y el espiritual, y síntesis de ambos. Este microcosmos tiene la forma oimagen divina, porque fue creado a imagen y semejanza de Dios para poder participar en la vida y en el ser de quien le dio la vida y el ser. Pero he aquí que el pecado desordena ese cosmos en caos y el alma se convierte en Babel o “confusión”, alienándose de Dios y de sí misma, y cayendo en la “ignorancia”, en la inconsciencia espiritual. San Bernardo dirá que el alma se vuelve “fea y deforme”, esclava de sus pasiones animales, si bien su naturaleza profunda le recuerda siempre su dignidad original y la vocación a que está llamada.

           La conversión es el inicio del retorno a Dios, que se realiza por Cristo, a través del misterio de la encarnación. El Verbo asume en su kénosis toda la desemejanza y miseria humanas, devolviéndole, mediante su Pasión y Resurrección, su belleza originaria, su pristina forma. En cuanto hombre y Dios, Cristo es la Puerta de entrada, el Camino de retorno, y el lugar de reconciliación y encuentro de la criatura con el Creador, donde el alma accede a participar en la vida trinitaria. Cristo es el Nuevo Adán: el Modelo y el Primogénito de una humanidad restaurada en el Verbo, en quien todo fue creado; por eso, desde el punto de vista espiritual y ontológico, la meta del seguimiento consiste en adquirir la forma Christi : la forma misma de Cristo, Imagen Primordial del Padre.

               Es en este proceso de con-formación donde se sitúa el combate espiritual, que intenta reconvertir el egoísmo en altruismo, el amor desordenado en amor de caridad, reintegrando en Dios la afectividad humana caótica y toda nuestra sombra y deformidad. La  conversatio  o conversión de vida es un camino de retorno que intenta resituar la capacidad de amar en su Fuente eterna, fuera de la cual todo amor no es sino carencia y egoísmo, amor esclavo o mercenario. Esta reorientación conduce a la estabilidad del alma: tranquilitas mentis y a la plena reconciliación del alma consigo misma, con el prójimo y con Dios: a la ordinatio caritatis, que es la base de la experiencia de espiritual.

                   Esta última es llamada de varias maneras por los autores cistercienses: unidad de espíritu, desposorio, transformación en la imagen, divinización, excesus mentis, etc., y se otorga como fruto del reordenamiento y desarrollo de ese impulso fundamental del ser que es el amor o affectus  del alma, como ellos le llaman. Ordenado y unido a su Fuente, este amor se irá transformando en una semejanza cada vez más perfecta con el Amor mismo divino, hasta hacerse una cosa, un mismo espíritu con él. No hay realización humana que no sea en el amor, en el amor ordenado, en la caridad. Amar es ser, viene a decir San Bernardo. Y esto no sólo en sentido metafórico. No amar es no vivir, no ser porque el amor es la fuente de la vida: Fons vitae Caritas est. Y al contrario, amar más es ser más, tener más ser, porque Dios es Amor, y el ser humano, o es amor o no es nada.

           Esta experiencia no es una realidad desencarnada, sino que se da estrechamente unida a la dimensión horizontal o comunitaria del amor, del servicio a los hermanos, y todo ello en el marco de vida y relaciones establecidos por la Regla benedictina. La obra reconstructora del amor ha de hacer del monasterio, no una Babel de individualismos sino una Iglesia de comunión, como hemos visto que llaman al monasterio los antiguos documentos cistercienses

 

Los Padres Cistercienses

           El primer siglo de la historia de Císter -el siglo XII- fue también, como suele ocurrir en los movimientos nacientes, la época de mayor creatividad del carisma. Sólo desde el punto de vista de la espiritualidad, este siglo vio surgir una importante pléyade de autores que elaboraron un cuerpo de doctrina que ha quedado como punto de referencia y patrimonio para los siglos posteriores. Son los Padres Cistercienses, denominación que no indica sólo a los Fundadores en el sentido estricto de la palabra -es decir, Roberto, Alberico y Esteban Harding– sino a todo este conjunto de autores -unos más conocidos, otros menos- de la época fundacional, testigos de eso que hoy entendemos por espiritualidad cisterciense.

           El carisma cisterciense no se formó en un día, sino que fue evolucionando a partir de lo que en principio era sólo un monasterio y finalmente se transformó en una Orden extendida por toda Europa y fuertemente organizada. Esta evolución se extiende al menos a lo largo de cuatro generaciones:

  1. Los fundadores, o la ideología original: vivir la Regla de San Benito en su autenticidad
  2. La segunda generación, o San Bernardo y los grandes maestros espirituales
  3. La tercera y cuarta generación, que prolongan la anterior
  4. El desarrollo de la legislación y configuración definitiva de la Orden como instiución: la Carta de Caridad

 

                     San Bernardo de Claraval es la figura más representativa de la Orden. Nació hacia 1090 en el castillo de Fontaines, cerca de Dijon, en la Borgoña francesa. Fue el tercer hijo de Tescelín y Aleth de Montbard, señores del lugar y vasallos del duque de Borgoña. Como la mayoría de los monjes de su tiempo, pertenecía a la aristocracia militar, al mundo de la caballería. Murió en Claraval en 1153. De joven estudió con los canónigos de San Vorles. Tenía inclinación a la literatura e hizo sus pinitos en poesía.

                San Roberto de Molismo había fundado Císter en 1098, cerca de Dijon. Hacia 1113, con 22 años de edad, Bernardo ingresa allí con unos treinta compañeros de su entorno familiar, después de un ensayo monástico en una finca familiar. Tres años después (1115) fundó Claraval, en la misma región borgoñona, y pronto se hará famoso: le visitan teólogos y abades, y las vocaciones fluyen tanto que Claraval hará unas 70 fundaciones en vida de Bernardo, desde Suecia hasta la península ibérica. Orador consumado, reformador del monacato y de la institución eclesial de su tiempo, predicador de la segunda Cruzada, defensor incansable de la fe, hábil polemista y escritor insigne, hombre de iglesia y místico por vocación, arrastró multitudes a la vida monástica con su ejemplo y su palabra. Su influjo no se reduce a la Orden de Císter. Se extiende a los reinos de Francia, Bélgica, Imperio germano, Inglaterra, Italia y España. Con su palabra y sus escritos es el alma y consejero de Papas, obispos, abades y gobernantes de Europa. Pero él nunca quiso ser otra cosa que “el humilde abad de Claraval”.

               Al lado de Bernardo brillan con luz propia otros autores: su amigo Guillermo de Saint-Thierry, procedente de Lieja, en la actual Bélgica, y tenido por algunos como el teólogo más profundo del siglo XII; Guerrico de Igny, procedente también de Bélgica, y Elredo de Rieval, llamado por algunos el Bernardo inglés. Después vienen nuevas filas de monjes escritores, como el más metafísico Isaac de la Estrella, el historiador Otón de Freising, perteneciente a la familia imperial germana, Gilberto de Hoyland, Balduino de Ford, que luego fue arzobispo de Canterbury, Adán de Perseigne y otros muchos. El siglo XIII será, por su parte, el siglo de oro de la mística femenina con Lutgarda de Aywières, Beatriz de Nazaret o Gertrudis de Helfta, entre otras muchas.

 

Otros autores espirituales

             Como es lógico, a lo largo de sus más de nueve siglos de existencia, la Orden cisterciense ha producido un buen número de escritores de calidad, aunque pocos hayan tenido la fortuna de pasar a la posteridad. En España, la edad de Oro de Císter coincide más o menos con el Siglo de Oro  español, que conoce una espléndida floración de autores cistercienses, tanto en espiritualidad como en otros géneros. En primer lugar está el humanismo de Cipriano de la Huerga, maestro de Arias Montano, y luego los monjes de Santa María de Huerta: Luis de Estrada, Froilán de Urosa, Ángel Manrique, primer gran historiador de la Orden, o el polígrafo Juan Caramuel, un genio polifacético que cultivó todas las ramas del saber. Todos ellos son monjes de la llamada Congregación de Castilla, que reunía a los monasterios cistercienses masculinos y femeninos de los reinos de Castilla y León.

           Después de la Revolución francesa, la Orden cisterciense se dividió en dos: los cistercienses de la Estricta observancia, popularmente conocidos como Trapenses, y los cistercienses sin más, formando dos familias hermanas que hoy siguen compartiendo un mismo patrimonio espiritual.

            Fue en el seno de los Trapenses donde surgió una serie de escritores que han llegado a ejercer una notable influencia más allá del terreno estrictamente monástico. Estos son algunos de ellos.

En la frontera de los siglos XIX y XX habría que citar a Vital Lehodey con su ya clásica obra El Santo Abandono, y a J. B. Chautard, con El alma de todo apostolado y Los caminos de la oración mental, obras que tanto han influido en varias generaciones, no sólo de monjes, y que aún se siguen editando. Por ese mismo tiempo tenemos a G. Beheleorgey y otros de menor rango.

 

En el siglo XX brilla con luz propia Thomas Merton, el último cisterciense universal, monje de la Abadía norteamericana de Getshemani, fallecido en 1968.

            Sus escritos se siguen editando sin cesar aun después de su muerte, y es actualmente –sobre todo en Estados Unidos- una de las fuentes de inspiración más respetadas y leídas, fuera incluso de los ámbitos monásticos. Aunque el centro de su inquietud fue siempre la búsqueda de la esencia de la experiencia contemplativa, su poderoso pensamiento y su gran creatividad le hizo cultivar los más diversos géneros, desde la poesía y el ensayo hasta el escrito social y político.

            Contemporáneo suyo, también muy leído hasta no hace mucho, es su hermano de comunidad, el prolífico escritor M. Raymond, que se sitúa más cerca de la narrativa novelesca y la divulgación popular que de la espiritualidad monástica en sentido denso y estricto.

Y en fin, junto a ellos es preciso también mencionar, aunque en otro sentido, a San Rafael Arnaiz Barón, monje de la Abadía de San Isidro de Dueñas (Palencia), fallecido en 1938 con solo 27 años de edad recién cumplidos. Beatificado en 1992 y canonizado en 2009, es sin duda una de las figuras espirituales más sobresalientes del siglo XX. Sus escritos, básicamente Meditaciones personales y Cartas familiares, han alcanzado una creciente difusión en múltiples lenguas.