Domingo 29 T.O. A

TIEMPO ORDINARIO– CICLO A

 

DOMINGO 29

 

 

 

LECTURA:            

“Mateo 22, 15‑21”

 

 

En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto. Le presentaron un denario. Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción? Le respondieron: Del César.

Entonces les replicó: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

 

MEDITACIÓN:             

“Enseñas el camino de Dios”

 

 

                  A muchos no les importa hoy ese camino que no lleva a ninguna parte porque no creen, porque lo consideran un invento, o algo necesario en una sociedad antigua pero que hoy la ciencia ya ha superado. Puede ser que en algunas cosas tengan razón. En la ciencia se ha avanzado, y nos ha desvelado realidades que antes no podían ser alcanzadas y se echaban a las espaldas de la divinidad. Pero esa religiosidad iba mucho más allá de una ausencia de conocimientos entonces o de muchos conocimientos científicos de ahora, tocaba toda la realidad humana, sus actitudes y su realidades más profundas, y toda una serie de valores que hoy, por mucha ciencia que tenemos, no somos capaces de igualar, y los efectos están a flor de piel personal y social.

 

                  Es cierto que el camino de Dios nos supera, tal vez por eso nos es fácil negarlo. Pero si tuviésemos que negar todo lo que nos supera tendríamos que negar hasta nuestra propia existencia. Aunque puede ser que también por ello nos empeñemos a reducirla a los niveles más bajos para no tener que molestarnos en ir más allá o más adentro, con el riesgo de encontrarnos con algo que nos interroga.

 

                  Frente a toda esa realidad con la que nos encontramos cotidianamente y, además, como signo de modernidad, nos encontramos con la palabra de Jesús, quien, a pesar de haber pasado entre nosotros hace dos mil años, no se detuvo a ver si las respuestas a las cosas eran científicas o no, porque su empeño, el empeño de Dios, no son las cosas, es el hombre, el hombre entero en su superficie y en su profundidad, intentando ponerlo en el candelero y en el centro y norma de todas las realidades, desde su dignidad y desde su realidad de criatura, que no lo disminuye sino que lo eleva en su grandeza humana, abriéndole al sentido de su existencia, no al vacío. Porque es la pérdida o la manipulación de su realidad la que le roba su dignidad humana, y desde todo su ser lo termina convirtiendo en un objeto de usar y tirar.

 

                  Jesús nos enseña el camino de Dios, no de un Dios cualquiera, y ha sido capaz de acercarnos esa realidad desbordante y inexplorable, para enseñarnos que no es una fuerza misteriosa de mal y de destrucción. Otra cosa es lo que hayamos podido manipular de su ser cuando lo hemos querido meter en nuestros esquemas y hacernos, sí, un dios a nuestra medida y a nuestros intereses. Y a esa realidad desbordante nos la ha presentada como la figura de un padre, de una madre, que engendra y crea por amor, que ama al hombre y quiere conducirlo a su plenitud Por eso la única manera de acceder a él es desde todo aquello que lo construye, que lo respeta, que lo eleva, que los dignifica.

 

                  Lo triste es que a fuerza de rebajar o hacer desaparecer a Dios, hemos rebajado, y a veces parece que estamos empeñados en hacer desaparecer, también al hombre, reduciéndolo al ámbito de su mera animalidad. Y de esa visión raquítica e interesada se ha propuesto salvarnos en Jesús. Muchos seguirán sin acogerlo, pero todo ello a nosotros nos debe llevar a manifestar con nuestra vida la belleza y la realidad de un camino concreto que nos sigue llevando a descubrirnos a nosotros mismos en toda nuestra potencialidad y al mimo Dios.

 

 

ORACIÓN:            

“Hacia el bien”

 

 

            Qué fácil es decirte no. Qué fácil es cerrarte la puerta y quedarnos aparentemente tranquilos. Qué fácil es cerrar ventanas y dejarlo todo a oscuras porque así creemos que no nos vemos ni nos ven. Qué fácil cerrarnos a tu llamada, y a la de los otros, para que nadie nos moleste y no haya ninguna voz disonante con lo que hacemos o dejamos de hacer. Y en esa especie de huída de nosotros mismos vamos empobreciendo nuestra realidad,  justificada siempre; pero que, al margen de las cosas, se nos va quedando con el tiempo vacía. Señor, mantenme abierto a ti. Déjame descubrir cada día en ti el tesoro de mi existencia y encamíname contigo cada día hacia el bien. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:            

“Vas conmigo”

 

 

Cuantos caminos se cruzan

en la andadura de mi vida.

Cuantos atajos que no

llevan a ninguna parte.

Cuantos pasos en falso

que ya no puedo desandar,

y cuantas paradas furtivas

hasta volver a retomar la senda,

por donde tú vas conmigo,

a veces imperceptible,

y que tiene por meta la luz.

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