Semana 27 Miercoles A

TIEMPO ORDINARIO

 

Miércoles 27º

 

 

 

LECTURA:                

Lucas 11, 1-4”

 

 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Él les dijo:Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación».

 

 

MEDITACIÓN:             

“Padre”

 

 

            Sé que lo repetimos constantemente, pero no sé si le damos la importancia que tiene. Para Jesús es tan nuclear que a la hora de enseñar a los discípulos a orar lo primero que les dice es esa palabra: Padre. Sabemos que a Dios le queda pequeña cualquier palabra que pueda definirlo. En realidad es indefinible. Podremos acudir a todo tipo de expresiones pero ninguna de ellas, ni toda juntas, podrán definir nunca,  podrán meter a Dios en un esquema de palabras por grandes que nos puedan sonar.

 

            Pero entre todas las posibles e inabarcables, Jesús, que le conoce bien, ha elegido una palabra cercana, cotidiana, y que puede expresar lo mejor de nuestras relaciones, y de lo que supone en sí. Porque la realidad de Dios se acerca a esa experiencia de la paternidad y maternidad. Jesús lo ha experimentado con toda su fuerza y, así lo ha manifestado como Padre.

 

            Antes bastaba, pero parece que ahora necesitamos adjetivar esa palabra. Como tenemos el arte de ir desvirtuándolo todo, parece que también la palabra padre resulta sospechosa y fallida, para muchos innombrable. Pero eso no significa que tengamos que renunciar a ella. Tal vez tengamos que ayudarle o ayudarnos poniéndole el adjetivo “bueno” para matizar lo que muchos, tristemente, parece que no experimentan. Dios es un Padre bueno, y es que gracias a Dios, los sigue habiendo, y muchos más de los que a veces pensamos, en nuestro hoy.

 

            Ante tantos que siguen viendo a Dios como un enemigo, como alguien que anula la libertad o condiciona, o hace daño, o es indiferente o, incluso, hasta desconocido, es tremendamente esperanzador poder identificar a Dios como un Padre bueno. Un padre que ama a sus hijos, que sólo busca el bien de ellos, que está dispuestos a dar la vida por cada uno, que se preocupa, vela, acompaña, espera, perdona…, y, todo, incansablemente.

 

            Es hermoso saber que en la oración no nos ponemos en contacto con alguien distante e indiferente. Con la esencia y el Ser por excelencia. Con esa mente infinita creadora y desbordante que puede hasta resultar aplastante, por mucha belleza que haya detrás. Dios, sencillamente, tremendamente, es Padre, un padre bueno, empeñado en hacer del hombre la gran familia de sus hijos, y de nosotros hermanos. No parece muy fácil cuando miramos a nuestro mundo, pero lo importante es aprender primero a mirarnos a nuestro interior, porque es sólo de ahí desde podemos arrancar para poder llegar a decir de verdad y con verdad: Padre nuestro.

 

           

ORACIÓN:            

“Un proyecto en mi camino”

 

 

            Señor, cuántas veces he rezado esta oración y cuántas veces se ha convertido en rutina, en palabra sin sentido, que llegaba a ti vacía porque vacía se quedaba en mí, porque lo que en ella expresaba no sabía, no era capaz o no quería asumir en sus consecuencias. Sí, es seguro que acoges nuestras palabras, pero detrás de ellas esperas nuestra vida, esperas la ilusión de mi empeño y de mi capacidad esforzada e ilusionada para desmigarla en cada una de las situaciones de mi vida. Ayúdame a seguir dirigiéndome a ti desde ella sabiéndote y sintiéndote Padre. Ayúdame a entender que todas mis oraciones, están llamadas a pasar por el tamiz de esta oración que nos enseñaste, porque en ella está la clave de lo que nos ofreces, nos das y nos pides para construir un mundo de hermanos. Un sueño imposible tal vez, pero un empeño, una tarea, un proyecto en mi camino que sé que tú culminarás. Gracias, Señor.

 

           

CONTEMPLACIÓN:            

“Empeño incansable”

 

 

No sólo quiero llamarte,

quiero sentirte padre.

Quiero vislumbrar

ese proyecto de tu Reino

cuya semilla has sembrado

en mi anhelo interior,

aunque no sepa expresarlo,

y se me disipe su sencillez

y, al mismo tiempo, su grandeza.

Proyecto de un corazón

que sólo sabe crear

y derrochar amor.

Empeño incansable de vida

que no se agota y espera,

que llama, acoge y estimula,

simplemente porque es Padre.

 

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