Semana 26 Martes A

TIEMPO ORDINARIO

 

Martes 26º

 

 

LECTURA:              

Lucas 9, 51-56”

 

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos? Él se volvió y les regañó, y dijo: No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.

Y se marcharon a otra aldea.

 

 

MEDITACIÓN:             

“No sabéis de qué espíritu sois”

 

 

            No es la primera vez que los discípulos andan despistados y ponen de manifiesto que no terminan de entender a Jesús, ni a su persona ni a su mensaje. Y es que nos pueden encandilar las personas, nos puede atraer su mensaje, la fuerza y la convicción de sus palabras, pero de ahí a asimilar en nuestra mente y en nuestra vida toda su realidad y sus consecuencias, es otra cosa. Y no hace falta ir muy lejos para verlo, basta que nos asomemos con sinceridad a nosotros mismos para ver hasta qué punto es verdad.

 

            Nuestras reacciones siguen siendo muy parecidas, y si miramos a la historia de la Iglesia fácilmente veremos hasta qué punto se ha actuado mal  con aquellos que no entraban en nuestros ámbitos de pensamiento, pero luego nos extrañamos de que actúen de la misma manera con nosotros. Y es que en el fondo sigue pesando nuestra forma de ser y de entender las relaciones, y las respuestas ante las actitudes de los otros.

 

            Cierto que el camino, nuestro camino, es lento a la hora de asumir actitudes, y muchas veces con pasos atrás. No sólo en el ámbito religioso sino en todos los campos en los que nos movemos. Nuestro proceso es paulatino y nuestro punto de partida, condicionado por nuestra realidad concreta, juega un papel importante a la hora de ir encajando comportamientos y convicciones nuevas. Lo vemos mejor en los otros, como casi todo, porque ante nosotros mismos siempre ponemos como una especie de muro que nos defienda, no sólo de los otros sino de nosotros mismos.

 

            La afirmación de Jesús encajaba bien en el modo de pensar de aquellos discípulos incipientes aún, que están prontos a eliminar a quienes no les dan acogida, y quieren responder como solemos hacerlo de manera habitual, eliminando los obstáculos a lo grande. Y Jesús, una vez más, con toda su paciencia, pero también contundencia, tendrá que recordarles dos cosas esenciales, que nosotros también tenemos que tener muy clara. Y es que terminamos olvidando de qué espíritu somos, y que Jesús no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos. Esos puntos, que nos cuesta asumir, es  o debían ser la clave para dar un vuelco a nuestras relaciones humanas.

 

            Nuestro espíritu no es otro que el de Jesús, no puede ser otro, y tenemos que hacer lo posible para que no sea otro. Es un espíritu santo, un espíritu a través del cual nos llega el amor de Dios hasta infundirlo en nuestros corazones. Es un espíritu de vida y no de muerte, de perdón y no de venganza, de paz y no de violencia. Y cuando todo ello no lo tenemos claro, o no lo hacemos consciente, seguimos manteniendo un mundo de enfrentamiento donde nadie es capaz de romper los círculos de odio, de venganza o de rechazo.

 

            Sí, nosotros sabemos de qué espíritu somos. Sabemos a qué ha venido Jesús. Sabemos dónde está nuestro punto de referencia. Sólo nos queda actuar en consecuencia, como lo hizo Jesús. Eso no nos garantiza que las cosas nos salgan bien, ya conocemos los efectos en Jesús, pero seguiremos aportando, como él, una semilla de vida y de esperanza, que nada ni nadie ha podido ni podrá eliminar.

           

 

ORACIÓN:               

“Testigo ilusionado”

 

 

            Es cierto, Señor, muchas veces nos olvidamos de quiénes somos, cuál es el punto donde nuestra vida tiene que estar apoyada, arraigada, y por eso nuestras actitudes no suelen variar con respecto a otras; incluso, con facilidad nos puede el cansancio y el desánimo o, lo que es peor, la comodidad. Nos seguimos apoyando más en el ambiente, en nuestros criterios, en lo que vemos externamente. Nos seguimos mirando más a nosotros mismos y no descubrimos la urgencia de redoblar esfuerzos para, entre todos, aportar cada uno lo que podemos, según nuestras posibilidades y cualidades, en construir tu iglesia, y en ayudar a que tu palabra, tu mensaje, tu vida, la realidad del reino que nos anuncias, mantenga viva su fuerza de novedad y la frescura de vida que nos ofrece y a la que nos llama. Señor, ayúdame a no bajar la guardia. Ayúdame a colaborar con ilusión en mi crecimiento como creyente y en el compromiso que conlleva, no como mera exigencia u obligación, sino como anhelo de que tú te hagas más presente en mi corazón y en mis actitudes, como testigo ilusionado de mi fe. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:             

“Tu fuego”

 

 

Fuego, sí, quiero que baje fuego

para que haga arder mi corazón,

que queme todo lo que no es tuyo

y para que fluya de mí interior

con la fuerza irresistible de tu amor.

Que baje fuego, tu fuego, Señor,

el fuego irresistible de tu Espíritu,

y prenda en mí hasta hacerme luz,

y elimine sombras, mis sombras,

y las que me rodean, para ver y

para verte, para sentir y sentirte,

para vivir y sembrar tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

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