Semana 25 Martes A

TIEMPO ORDINARIO

 

Martes 25º

 

 

 

LECTURA:               

Lucas 8, 19-21”

 

 

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.

Entonces le avisaron: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.

Él les contestó: Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.

 

 

MEDITACIÓN:            

“La ponen por obra”

 

 

            Ése es el reto al que nos asomamos cada día. Seguramente muchos nos hemos encontrado alguna vez, o muchas veces, con alguien que nos ha preguntado con cierto desprecio, para qué sirve la fe. Y cuando oigo esa pregunta no me cuestiona tanto la incredulidad o la ignorancia del otro, sino mi propia vida, porque eso está poniendo de manifiesto que nuestra fe, la fe de los que nos decimos creyentes, no se deja notar de un modo especial, o sin más, no se nota. Y solemos responder echando balones fuera, pero en realidad el balón está en nuestro tejado. Y ésa será siempre la piedra de toque de Dios para con nosotros.

 

Ya desde el Antiguo Testamento la palabra de Dios se convierte infinidad de veces en denuncia hacia el pueblo creyente porque ha reducido la fe a un mero cumplimiento de normas de culto, a una fe afirmada en la teoría, pero en nada vivida. Y no sólo eso sino, además, supeditada a otras formas de actuar que chocan de lleno con esa fe, haciendo que su vida vaya por otros derroteros que en nada tienen que ver con ella y hasta se oponen frontalmente. Y desde ahí, cierto, la pregunta cabe y es totalmente válida, porque ahí la fe no sirve para nada, nos sostiene nada, no afecta en nada a la vida, y el culto vacío se convierte en un absurdo o en algo aburrido desligado totalmente de la vida, no celebra nada.

 

Y Jesús seguirá recogiendo esa llamada de siempre hecha por Dios a través de sus profetas. ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Y hoy, aprovechando esa visita de sus parientes, incluida su madre, reafirmará esa vinculación con él, con Dios, desde la coherencia de la vida con las palabras. Su familia está formada por los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra. Y ese sigue siendo el reto de nuestra fe que muchos esperan de nosotros, el primero Dios mismo.

 

Hoy se está haciendo hincapié de un modo especial en el contacto con la Palabra, en su escucha, algo que desconcertadamente, perdimos por efecto de no sé qué magia maligna. Se nos está invitando a apoyarnos en ese estilo cristiano antiguo de oración que se llama “lectio divina”, que necesariamente quiere ayudrnos a desembocar en la vida. No podemos saltarnos la escucha, la relación directa con Dios, porque es con él con quien estamos llamados a contactar, a dejarnos iluminar, a experimentar en ese tú a tú, como Jesús, la fuerza de su vida y de su amor en nosotros. Ese paso previo profundo, vital, es esencial para que ilumine nuestro corazón y termine encarnándose, para que podamos sentir la necesidad de expresarlo, de comunicarlo, de vivirlo.

 

Estamos llamados a demostrar con nuestra vida, como lo hizo Jesús, que la fe “sirve”, aunque no sea la mejor palabra para expresarla, pero por responder a esa pregunta, para vivir, para amar, para esperar, para crecer, para construir y manifestar nuestra dignidad humana y la de todos los hombres, Para convertirnos en portadores de palabras y de gestos de bien que colaboren en la realización de un mundo en paz, de una humanidad que quiere ir descubriendo y potenciando nuestra humanidad. Hoy todo eso parece que conlleva mucho riesgo en la realidad de un mundo que cada vez es más difícil de definir, pero la consecuencia de nuestra fe nos debe llevar a ser posibilitadores de esperanza y constructores de vida. Tal vez no lo sepamos hacer del todo bien, estamos en camino, por eso tenemos que tener los ojos y el corazón muy abiertos. Ése debe ser nuestro deseo y nuestro objetivo.

 

 

ORACIÓN:            

“Mi fe en ti”

 

 

            Lo sé, Señor, sé que ése es mi reto y debe ser mi empeño. Mi vida tiene que ir acercándose cada vez más a la tuya, porque tiene que ser expresión de ella. De poco me servirían tus palabras si simplemente se me quedasen en la emoción interior del que quiere encerrarse en sí y justificarse, si es que cabe la justificación contigo, porque tu seguimiento es concreto y real por tus caminos o nada tiene que ver contigo, por mucho que te escuchemos. Quiero, Señor, que mi fe en ti, se note, lo noten. Me gustaría que no me tuviesen que preguntar para qué sirve mi fe, sino que lo viesen en mis actitudes. Por eso, ayúdame a aprender coherencia. No la coherencia de unas normas, por muy bonitas y buenas que sea,  sino la coherencia de un amor sentido y experimentado, de algo que me quema en mi interior y necesita buscar la manera de expresarse, de manifestarse, aunque sea sin palabras, pero que nunca dejen de hablar en mis gestos. Ayúdame, Señor. Gracias.

 

           

CONTEMPLACIÓN:             

“Agua fecunda”

 

 

Como el agua fecunda

y hace crecer la cosecha,

así ansío que tu palabra

fecunde mi vida

y haga brotar mis frutos.

Frutos que alimenten

el hambre de bien y de paz

que mi corazón añora

para saciarme y poder saciar.

Agua que, como un torrente,

germine mi reseco desierto

hasta convertirlo en vergel.

 

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