Semana 11 Viernes A

TIEMPO ORDINARIO

 

Viernes 11º

 

 

LECTURA:             

Mateo 6, 19-23”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón.

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!

 

 

MEDITACIÓN:             

“La única luz que tienes”

 

 

            Estas afirmaciones rotundas de Jesús debían ser muy importantes para nosotros que nos movemos entre tantas incertidumbres y dudas. Lo de los ojos y la luz que recibimos a través de ellos es muy clarito. Lo mismo que si fallan los ojos nos quedamos sin visión, sin luz. Son ellos y sólo ellos los órganos que nos dan acceso a esa posibilidad. Y es cierto que ya, al margen de ellos, nuestra visión material de las cosas, se nos funde.

 

            Sin embargo, hay otras formas de ver, no ya los objetos físicos, pero sí otras experiencias de nuestra vida, tan importantes o puede ser que más, que esa visión física, por importantísima que sea. Nuestra razón nos permite ver, captar, descubrir aspectos de nuestra vida que están más allá de lo físico, pero que son esenciales en nuestro desarrollo y en nuestras relaciones. Y así, cuando después de una “búsqueda” de algún aspecto de nuestra existencia damos con su sentido, recurrimos a la expresión “ahora lo veo claro”.

 

            Pero todavía podemos avanzar más. Todavía existe otra realidad, que no captan nuestros ojos, ni nuestra mera razón, y que nos permite dar un paso más en la experiencia y el caminar de nuestra vida. El amor, desde sus niveles más elementales, por decirlo de alguna manera, nos abre a experiencias profundas de nuestra vida que también nos permiten ver, captar, sentir, experimentar, realidades que nos abren perspectivas más amplias y profundas de nosotros mismos y de nuestras relaciones,

 

            Y en la cúspide de todo ello, que es donde nos quiere llevar Jesús, está la luz por antonomasia. La luz que nos permite abrirnos a todas esas dimensiones que por si no llegan las demás, aunque el amor está muy cerquita, porque proviene del Amor con mayúsculas, de Dios. Dios es la luz que nos permite abrirnos y desvelarnos  el misterio del hombre. Es la luz que nos permite ver más allá de nosotros mismos, de nuestro interior y de nuestro exterior, porque proviene de su gratuidad. Es la luz que nos permite abrirnos a la fe y a la esperanza, la luz que ilumina aquellos espacios en los que para nosotros no caben más que las sombras, pero que desde él se nos abren en horizontes de vida y de eternidad.

 

            La luz de Dios se convierte en esa fuerza que nos posibilita descubrir nuestro tesoro interior, como esos radares que ven en la oscuridad o debajo de la tierra, y nos desvela ese potencial que llevamos dentro, y esa presencia divina que nos acompaña, que nos estimula, que nos regenera, nos permite levantarnos continuamente y nos hace descubrirnos, experimentarnos y construirnos como humanos.

 

            Y es tan real que cuando esa luz no está, cuando la intentamos apagar o la negamos, cuando la sustituimos por nuestras luces cortas y limitadas, todo termina oscureciéndose y vaciándose de sentido. Y sí, lo vemos y hasta puede ser que lo hayamos palpado, cuando esa luz, la única y auténtica luz de la que venimos y hacia la que caminamos, se apaga, la oscuridad es total, porque hasta nuestros ojos físicos lo terminan viendo todo distorsionado. Así que, intentemos mantener viva esta luz porque sólo ella nos permite ver la grandeza y totalidad de nuestra humanidad.

 

                

ORACIÓN:           

“Dejarnos iluminar”

 

 

            Tal vez, Señor, nos cueste ver tu luz, pero lo que sí es claro que cuando tú no estás todo se convierte en penumbra, y nuestra vida y nuestras relaciones se entenebrecen. Sí, también es cierto que cuando te distorsionamos a ti, como hemos hecho en muchos momentos, cuando te utilizamos para nuestros intereses, cuando nos alejamos de tu evangelio, aunque digamos creer en ti, oscurecemos tu realidad y todo lo que tocamos. Nos es fácil suplantar tu luz por la nuestra. Tan fácil que hasta podemos eliminarte o contribuimos a hacerlo. Eso también es parte de nuestra ceguera, de no saber o no querer dejarnos iluminar por ti. Por eso, Señor, mantenme atento, receptivo, sincera y humildemente receptivo, para que no cambie nunca mi imagen por la tuya, mis criterios por los tuyos, mi amor por tu amor. Ayúdame, Señor. Gracias.

 

           

CONTEMPLACIÓN:              

“Quiero ver”

 

 

Quiero ver, Señor,

quiero ver esos paisajes

que dibujas en mi interior.

Quiero ver desde esa luz

que ilumina espacios

que yo no puedo ver

y que hacen realidad

deseos que llevo dentro.

Quiero ver algo nuevo

que apuntale y construya

mis deseos de belleza

mis anhelos de eternidad.

Quiero ver más adentro y más allá,

de mí y de los otros,

quiero ver, Señor, con tu luz.

 

 

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