La Santísima Trinidad – Ciclo A

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SANTÍSIMA TRINIDAD – A

 

 

 

LECTURA:                 

“Juan 3, 16‑18”

 

 

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

 

MEDITACIÓN:              

“Que el mundo se salve por él”

 

 

            Parece que desde el ámbito no creyente los hombres no necesitamos ser salvados de nada ni de nadie. Tal vez porque la salvación no se ha visto sino desde el lado del más allá en el que muchos no creen ni les interesa, al parecer. Tal vez es que no hemos sabido unir esa dimensión, a la que nos abre Dios, en esa totalidad que abarca toda nuestra existencia desde nuestro hoy.

 

            En el Antiguo Testamento, en el que todavía no hay precisamente una visión muy definida del más allá, la salvación hincaba sus raíces y su necesidad en el aquí y ahora. La realidad de injusticias que envolvían el clima social, y de todo tipo de opresiones que los hombres no somos capaces de solventar, ponían su esperanza en la fuerza de Dios. A quien se sentía como referente continuo para entrar en ese ámbito de liberación de todo mal. Ése era el empeño de Dios, a quien se sentía siempre como quien está al lado de quien sufre los desmanes humanos.

 

            Jesús será definitivamente quien complete ese anhelo liberador del hombre llamado a prolongarse hasta la plenitud del más allá, apoyado en la fuerza del amor del Padre, de cuyas manos creadoras hemos salido, y a las cuales hemos sido llamados para volver. Frente a nuestros empeños de ver o manejar a Dios desde nuestros esquemas humanos, Jesús nos recuerda que ha venido a cumplir el anhelo del Padre, el de encauzar al hombre a la salvación, plenitud de su existencia por el amor. Y toda su vida ha sido un anhelo por ponerlo de manifiesto hasta las últimas consecuencias.

 

            Tras su marcha, será su Espíritu quien siga alentando esta tarea, este plan de Dios, como vivíamos la semana pasada, conduciéndonos hacia él y derramando su fuerza para ser promotores de paz, de unidad, de justicia, de bien. Con todo ello, es como nos podemos adentrar, intuir y experimentar, ese misterio de amor de Dios quien en su riqueza se nos ha manifestado como Trinidad en la Unidad.

 

            Puede ser que nos desborde ese misterio, como nos desborda toda la realidad de Dios; como nos desborda, también, nuestro propio misterio humano, empeñado aparentemente por los deseos de bien, pero envuelto en una realidad dolorosa de mal que parece que nos domina, que no somos capaces de vencer, incluso dentro de nosotros, y hasta con el que parece que de mil maneras nos aliamos.

 

            La Trinidad es la afirmación del misterio de un Dios amor, que ha salido y sigue saliendo a nuestro encuentro, al encuentro del hombre, para recordarnos su estar a nuestro lado en esta tarea liberadora, con la buena noticia de que no sólo se queda aquí sino que, en su desbordamiento divino, se nos abre en espacio de plenitud y de eternidad. Toda una realidad que nos invita a seguir poniendo con él y desde él todo nuestro empeño de dignificación de nuestra humanidad.

 

 

ORACIÓN:              

“Seguir abriéndome”

 

 

            Es curioso, Señor, que metidos en mundos de ficción seamos capaces de imaginar todo lo imaginable en lo que hace referencia al pasado, al presente y al futuro, o a otros mundos, dimensiones y eternidades, o a salvadores de todo tipo y pelaje, pero que cuando algo de ello manifestamos en su realidad, nos asusten o los neguemos. Pero tú, Señor eres real. Tu vida, tu palabra y tu entrega, nos ha abierto unas puertas de plenitud que dan sentido a nuestra vida, pero cuya realidad, no sólo a los que no creen sino a nosotros mismos, a veces nos desborda y creemos a medio creer, y así nuestra vida transcurre mucha veces con las mismas incertidumbres de muchos, y con ese poco empuje que también manifestamos. Hoy, ante tu misterio desbordante de amor y de vida, que nos has puesto de manifiesto en tu plenitud divina que no podemos alcanzar, te pido que me ayudes a seguir abriéndome a ti para que me deje penetrar y desbordar por tu misterio de amor, para que me pueda desbordar de igual manera desde ti. Gracias, Señor.

 

           

CONTEMPLACIÓN:             

“Misterio de amor”

 

 

Misterio de amor que me salva,

misterio de amor que me abre

a la vida que anhelo y que espero;

campo abierto que en mi camino

dibuja mi horizonte de luz,

 encamina los pasos de mi corazón

y destapa el frasco de mi propia esencia.

Misterio de un Dios que sólo sabe amar,

 que se desborda hasta envolverlo todo

y envolverme a mí en él,

como ese capullo que rodea al gusano

para convertirlo en mariposa;

sorpresa desbordante de un Dios

que crea y recrea mi vida y mi historia.

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