Semana 12 Viernes A

TIEMPO ORDINARIO

 

Viernes 12º 

 

 

 

LECTURA:                

Mateo 8, 1-4”

 

 

En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Extendió la mano y lo tocó diciendo: ¡Quiero, queda limpio! Y enseguida quedó limpio de la lepra.

Jesús le dijo: No se lo digas a nadie, pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.

 

 

MEDITACIÓN:           

“Extendió la mano y lo tocó”

 

 

            Siempre este texto me ha sonado a humildad y a comprensión, venida de parte del leproso, y una especial ternura, que caracteriza siempre a Jesús, que no se conforma nunca con las palabras, sino que se acerca, que toca, lo que para nosotros parece o se nos hace intocable, poniendo rasgos de humanidad, de cariño, de sintonía con el otro, en el dolor y en la esperanza.

 

            Esta fue la característica de Jesús, la característica de un Dios que se ha querido acercar al hombre, al hombre herido de mil maneras, para decirle que está con él, que no es indiferente, que está tan cerca que nos puede tocas si le dejamos, que puede dejarnos palpar su amor aunque no lo veamos, pero que nos permite experimentar que algo se regenera en nosotros, se hace limpio, transparente. Porque cuando dejamos que Dios se nos acerque y toque nuestra vida, todo puede cambiar hasta lo indecible y lo aparentemente imposible.

 

            Cierto, y lo sabemos, que no es el empeño de lo meramente material donde Jesús se quiere quedar. Dios quiere que lo experimentemos dentro de nosotros, y sea ese interior el que en nuestro cuerpo, sano o enfermo, haga que crezca que surja una esperanza, un talante nuevo. Es curioso que en esta sanación Jesús ponga de manifiesto esa sanación exterior con la interior y con una integración plena junto a los otros. Cuando Dios se acerca a nosotros es para romper barreras, y nosotros estamos llamados a poner los medios necesarios para hacerlo posible.

 

            Tal vez de ahí surjan nuestros miedos a un Dios que está por recomponer, por unir, por sanar, mientras a nosotros eso nos genera problemas y nos es más fácil distanciar, separar, eliminar. Nos necesitamos y, al mismo tiempo, nos hacemos indiferentes e individualistas, y pensamos en clave de yo en lugar de en clave de nosotros.

 

            Pero Dios sigue en su empeño. Sigue extendiendo su mano, sigue queriendo tocar nuestras heridas, porque él si quiere ayudarnos a sanar si nosotros queremos. Poco puede hacer el médico si no acudimos a él. Nos toca desde el amor, nos toca desde su palabra revelada y manifestada en Jesús, nos toca desde la fuerza de su Espíritu que quiere formar parte de nuestra andadura construyendo unidad. Todo un empeño fiel, del que no abdica ni se retira, a pesar de las indiferencias que podamos poner de manifiesto. Porque el amor, su amor, es así.

 

             

ORACIÓN:             

“Dejarme tocar por ti”

 

 

            Señor, yo sé que tú quieres sanarme, soy yo el que no siento muchas veces esa necesidad. Soy yo el que no soy capaz de reconocer muchas veces mis heridas interiores, sin percatarme de que se van haciendo mayores. Como esos síntomas a los que no hacemos caso hasta que terminan convirtiéndose en algo complicado de eliminar en nuestra salud. Nos cuesta aceptar nuestras limitaciones y que ciertas cosas nos puedan pasar a nosotros. Se equivocan los otros, se ponen enfermos los otros, se mueren los otros, y nosotros parecemos empeñados en no querer ver, en no querer vernos y reconocernos. Ayúdame, Señor, a no caer en esa insensibilidad, en ese orgullo que me daña y que daña. Ayúdame a dejarme tocar por ti para experimentar la fuerza de vida que brota de ti, de la ternura de tu amor. Gracias, Señor.

           

 

CONTEMPLACIÓN:            

“Déjame”

 

 

Déjame sentir el calor de tu presencia,

déjame experimentar tu mano

que toca la mía y me conduce

por los caminos de mi debilidad,

hasta convertirlos en fuerza de

unos pasos que se hacen firmes en ti.

Déjame escuchar el eco de tu voz

resonando en mi desierto que

 vienes a regar con el agua de tu amor.

 

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