Semana V de Pascua – Viernes 1

LECTURA:             

“Juan 15, 12‑17”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

 

 

MEDITACIÓN:             

“Os llamo amigos”

 

            Son muchos los títulos de cercanía que podemos aplicarnos con respecto a Jesús. No porque nosotros, en nuestra confianza, nos los hayamos querido dar, porque desde ahí podríamos considerarlo un atrevimiento, sino porque él mismo nos los ha concedido en su manifestación de cercanía hacia nosotros.

 

            Y, por supuesto, no se tratan de meros títulos honoríficos, sino apoyados en la realidad de los hechos. Y así él mismo nos lo confirma manifestando su realidad, su verdad. Como se hace con un amigo no se ha reservado nada, no se ha quedado con secretos para él. No nos ha dicho lo que le interesaba y lo que no se lo ha guardado. Jesús, todo, todo, lo que ha recibido del Padre, nos lo ha comunicado.

 

            Y es que además ése era su proyecto. Ha venido a darnos a conocer al Padre, a llevarnos a él. Y no nos quiere engañar. No nos ha dado una información a medias. No nos ha dicho la parte bonita y se ha callado la que luego nos puede sorprender y coger por la espalda. Por eso, ese “todo”, que él repite incansablemente, como sabemos, nos lo ha trasmitido. Lo que nos puede sonar más bonito y más complicado.

 

            Por eso, tampoco nos ha mostrado el rostro de un Dios complaciente y milagrero. Es el Dios de la vida, ciertamente, pero que nos pide asumir nuestra vida con todas sus vicisitudes, ahí estamos llamados a crecer, llevar nuestras cruces, no las podemos eludir, pero eso sí, nunca ya solos. Jesús irá siempre delante, o al lado, o ayudando como Cireneo, pero no elimina nuestras cruces, lo mismo que no eliminó la suya,  porque eso forma parte del camino, de nuestro construirnos en nuestra historia personal e intransferible, que no podemos ni debemos eludir, con sus espacios de gozo y de dolor.

 

            Por eso es importante para nosotros su afirmación. No viene, sin más, como buen compañero de camino y, por eso, utiliza uno de los títulos más grandes y nobles que nos podemos dar los hombres, el de amigo. No el de amiguete, compañero de cuadrilla, camarada, conocido, sino amigo. Ese que la propia palabra de Dios dice que quien lo tiene ha encontrado un tesoro. El amigo que se convierte casi en un alter ego. Otro yo en el que puedo poner mi vida en sus manos, del que puedo estar seguro que no me traiciona, que estaría hasta dispuesto a dar la vida por mí si fuese necesario y yo por él. Y así, así se nos manifestará, por mí, por todos. Es un auténtico regalo que nos adentra en el corazón de Dios y en su plan de salvación.

 

 

ORACIÓN:            

“Experimentarte amigo”

 

 

            A esta afirmación tuya sólo le falta una cosa, Señor, y no, no depende de ti, depende de mí. Tú me llamas amigo, pero yo, yo no sé si puedo llamarte así. Me he acostumbrado a llamarte Señor. Y sé que estás ahí cercano, en mí mismo, pero todavía no sé seguro si te puedo llamar amigo, mejor dicho, si puedo experimentarte amigo. Si puedo actuar contigo como lo puedo hacer con el amigo, en toda la fuerza, grandeza y belleza de esa palabra. A veces, tengo que reconocer que no, que no actúo como amigo, que no me acerco a ti con el calor y el anhelo, como lo hago con mi amigo; y que, sin embargo, tú te acercas a mí, hambreando de alguna manera, mi respuesta, mi amistad. Me cuesta a veces hasta estar contigo. Y tu afirmación me cuestiona, me interpela y me invita. Por eso, Señor, primero gracias por esa tu afirmación, tu confesión, tu sentimiento y tu deseo para conmigo. Gracias porque en esa amistad me has regalado el conocimiento del Padre que me ama. Y, segundo, ayúdame  a que tu calor haga reaccionar el mío. Gracias, Señor, gracias, amigo.

           

           

CONTEMPLACIÓN:            

“Amigo del alma”

 

 

Amigo, amigo del alma,

siempre amigo,

caminando a mi lado,

velando mis pasos,

sin que lo perciba,

sin ruidos ni palabras,

pero siempre ahí,

estimulando, apoyando,

animando, sosteniendo.

Amigo del alma,

siempre amigo,

uniendo tu vida a la mía,

sin ruidos, amando.

 

 

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