Semana V de Pascua – Miércoles 1

LECTURA:

“Juan 15, 1 8”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

MEDITACIÓN:
“Sin mí no podéis”

Parecen palabras muy atrevidas cuando precisamente son cada vez más, aparentemente, los que rechazan a Dios. Más aún, los que dicen que Dios es un estorbo para el desarrollo porque coarta, impide que cada uno haga lo que le venga en gana, porque todo lo posible es realizable y ya está, nadie tiene que poner más límites y, por eso, la religión es mala, algo del pasado, algo que donde se da sigue suscitando guerras y enfrentamientos. Sí, defendemos nuestra capacidad de inteligencia y autonomía, pero todavía parece que no sabemos o no queremos distinguir el papel y la fuerza tremendamente positiva de la religión, de la presencia de Dios en la vida de las personas y grupos, de aquellos que, lo mismo que no son capaces de distinguir el bien del mal, utilizan e instrumentalizan a Dios a su antojo, hasta convertirlo en una especie de monstruo fagocitador y destructor del que no piensa como ellos.

Y es precisamente ahí, cuando palpamos esa terrible realidad en nuestro hoy. Cuando descubrimos la manipulación que se puede hacer de Dios, como se hace de otras mil cosas, y en la que pueden colaborar algunas filosofías y antropologías actuales que casi reducen al hombre a cosa. Es precisamente ahí, cuando más fuerza y más razón muestran las palabras de Jesús que, por supuesto, no se quedan en el ámbito de lo material.

Desde la dimensión externa de lo material podríamos decir que es cierto, no necesitamos ni de Cristo ni de Dios. Podemos hacer todo sin necesidad aparente de Dios. Y digo aparente porque si Dios no fuese, si Dios no existiese, si Dios no fuese Dios, no existiría nada, o solo la nada, tal vez ni siquiera la nada que, en el fondo, ni sabemos lo que es.

Pero lo que no cabe duda, y no hace falta sino asomarse a la realidad para palpar su certeza más dolorosa, es que sin él, sin Jesús, sin Dios, no somos capaces de construir vida. Sabemos destruirla de mil maneras abundantes, pero a cuentagotas nos asomamos a ella y la vestimos de colores. Sin Dios no podemos hablar de eternidad, ni de una Vida con mayúsculas que sólo sabe generar vida que salta hasta el infinito, porque tampoco sabemos lo que es el infinito.

Sin Dios no podemos hablar de esperanza, sino de nuestras limitadas y estrechas esperanzas y que, además de ser así, nos encargamos con facilidad de reducirlas, de acortarlas, de ahogarlas o frustrarlas de mil maneras también, destruyendo horizontes de vida y de vidas que quedan desparramadas sin escrúpulos por los caminos del mundo y de la historia. Sin Dios los horizontes se cierran y sí, así construimos vacío que, al fin y al cabo, contribuye a defender nuestros intereses, los intereses de justificarlo todo, aunque el hombre se reduzca a la mínima expresión, hasta incluso dejar de ser hombre.

Sin Dios no hay paz, paz profunda, por muchos ejercicios de relajación que hagamos o muchas pastillas que utilicemos. Sin Dios no hay amor, sólo amoríos y afectos. Sin Dios no hay libertad, porque el mal no es señal de libertad sino de esclavitud, la pintemos como la pintemos y le pongamos todas las luces de colores que queramos.

Sin Dios, sencillamente no hay hombre y, por eso, se nos ha manifestado en Jesús para que tengamos un referente, para que sepamos dónde mirar, desde donde sepamos y seamos capaces de construir, sencillamente, ser humano, humanidad. Por eso, permanecer en él se convierte en reto y tarea de nuestra existencia; porque sin él, no cabe duda, todo queda sin culminar.

ORACIÓN:
“Contigo lo puedo”

Señor, no me tengo que ir muy lejos ni mirar a muchos lados, basta con mirarme a mí mismo y descubrir en mi propia historia los espacios en que me he reconocido construyéndome y los espacios en los que mi vida se ha parado, o se ha escorado o, hasta incluso, se ha perdido por derroteros que pensaba que podía controlar y que al final me han herido y desde los cuales he herido. No tengo que ir muy lejos para poder afirmar que en esa mi historia tú has sido siempre fuerza liberadora, luz y capacidad para potenciar lo mejor de mí. Para abrir horizontes y descubrir tu presencia que me ha permitido crecer, ahondar, descubrirme en mi propia realidad y potencialidad, en valorar lo que y a los que me rodean, y poner mi grano de arena para construir algo bueno para todos. Sabes que no siempre lo consigo, que muchas veces no se sorber tu savia, y mis frutos se desvanecen, por eso he experimentado que contigo lo puedo todo, sin ti me vacío. Ayúdame a mantenerme en ti. Gracias, Señor.

CONTEMPLACIÓN:
“Contigo”

Sin ti, Señor, no hay vida,
y todo languidece
como una planta sin agua,
como un fuego agostado sin aire.
Sin ti la esperanza se acaba
y nos queda sólo
el espectro de un deseo.
Sin ti vale todo
y nada vale nada.
Sin ti no hay hombre,
sólo anhelo frustrado.
Contigo todo reverdece,
todo se despierta y regenera.
Contigo la vida es Vida
y el hombre, hombre.
Contigo todo se puede.

             

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