Semana VII de Pascua – Martes 2

MARTES VII DE PASCUA

 

 

 

LECTURA:                

“Juan 17, 1‑11ª”

 

 

            En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste.

Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste.

Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.

Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.

Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

 

 

MEDITACIÓN:           

“He coronado la obra que me encomendaste”

 

 

            Estamos en los últimos momentos de la vida de Jesús y sus palabras tienen ya un carácter de consumación, de finalización de una tarea que siente haber recibido y que sabe que ha culminado, ha coronado o va a terminar de coronar con su entrega plena. Y esa actitud de Jesús, ese sentimiento, esa seguridad de saber que ha realizado su misión me parece muy importante y nos debía cuestionar acerca de la conciencia que nosotros podamos tener sobre nuestra tarea, nuestra misión en el paso por este mundo.

 

            No hace falta que cada uno de nosotros estemos ya en los aledaños de nuestro posible final, porque además, aunque no nos guste pensarlo, siempre lo estamos, pues el tiempo de nuestra vida entra en los ámbitos del misterio de nuestra existencia, y nada tiene que ver con el calendario. Importa por eso el hasta qué punto somos conscientes de que todos y cada uno somos portadores de una misión, de una tarea que estamos llamados a ir dando forma, realizando, consolidando. Tenemos un papel que cumplir y estamos llamados a realizarlo no de cualquier manera, sino de la mejor manera posible, de manera que cuando se corte, forma parte de su entramado y de su realización.

 

Por eso, nuestra vida no es un cúmulo, o no debía ser un cúmulo, de circunstancias que se van interfiriendo en nuestra vida y que vivimos a salto de mata, y que de alguna manera nos van empujando donde quieren o nos meten en un corriente que nos arrastra de manera irremediable, en la que no podemos ser sujetos activos sino solo pacientes pasivos. Es importante, por eso, descubrir qué somos, qué queremos ser, a dónde vamos y  dónde queremos ir, qué queremos hacer de nosotros, qué queremos y cómo queremos construir nuestra propia realidad de manera personal y junto a los otros. Y todo ello incluye no sólo nuestras dimensiones más materiales sino nuestra dimensión humana más profunda que afecta a todo nuestro ser y a todas sus dimensiones.

 

Y es claro, no podemos coronar nada que no hemos comenzado a realizar conscientemente en algún momento de nuestro camino, que no hemos tratado o tratamos de dirigir a una meta desde nuestra consciente libertad. Sólo de esa manera, termine cuando termine, no podremos hablar de frustración sino de realización porque ahí era donde había que llegar. Ésa es la forma de dar sentido a lo que somos y a lo que queremos ser desde nuestra potencialidad humana.

 

Jesús nos ayuda a descubrirlo con la realidad de su vida. Sabía dónde quería llegar y por eso es consciente y asume el camino de su realización con todas sus consecuencias. Nos quería dar a conocer a Dios como el sentido total de nuestra vida y lo ha hecho y, ahora, nos deja su Espíritu para seguir adentrándonos en ese conocimiento y colaborar también nosotros a ello desde nuestra experiencia de él. Experiencia que se convierte en realización y tarea.

 

 

ORACIÓN:           

“Mi meta ilusionada”

 

            Señor, ése es nuestro problema que, muchas  veces, no sabemos lo que queremos conseguir de nosotros, no sabemos cómo y hacia dónde encauzar nuestra vida. Nos quedamos en la mera materialidad de nuestros procesos, y puede ser que hasta nos conformemos con ir respondiendo, sin más, como sujetos sufrientes, al devenir de cada día. Así, además, es más fácil manipularnos y conseguir que nos arrastren muchas realidades que con sus atractivos nos seducen y, así, nos frenan o nos desvían los pasos. Nos manipulan para no pensar y así caemos en actitudes en las que todos terminamos respondiendo de manera similar. Por eso, tu palabra y tu vida me interpelan, me estimulan y me liberan y te doy gracias. Te pido que me ayudes a tomar conciencia de mi propio crecimiento, de construir conscientemente mi historia personal, y experimentar que camino hacia mi meta ilusionada y esperanzada. Gracias, Señor

 

           

CONTEMPLACIÓN:             

“Coronar mi obra”

 

 

Correr y conquistar mi meta,

sentirme dueño de mis pasos,

construir mi propia aventura

poniendo orden y sentido

a lo que a veces es confuso,

y tiende a desbordarse

por campos que nos son míos

 destruyendo todo a su paso,

como un río desbordado

que no domina su fuerza.

Coronar mi obra soñada,

con cicatrices del camino,

manifestación de una lucha,

apoyada y reforzada en ti,

asumida y, al fin, coronada.

 

 

 

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