Semana VI de Pascua – Lunes 1

LUNES VI DE PASCUA

 

 

 

LECTURA:            

“Juan 15, 26‑16, 4ª”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Os he hablado de esto, para que no tambaleéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.»

 

 

MEDITACIÓN:             

“Para que no tambaleéis”

 

            Me parece importante esta frase en este momento que estamos viviendo, como ya apuntaba en el comentario de ayer. Jesús quiere prevenir a los suyos. No es plato de buen gusto para quienes pensaban o piensan que al lado de Dios todo es fácil y se camina por un camino de rosas a base de milagros. No, seguir a Jesús no es fácil. No porque lo sea en sí, sino porque hay muchos que batallan contra él. Su mensaje no interesa a muchos.  A unos por indiferencia, a otros por decepción de un Dios que quisieran mago, a otros porque sus planteamientos les incomodan y les interpela, cuestionando sus actitudes, otros…

 

            Él será el primero en experimentar las consecuencias de ese rechazo, que fue una especia de golpe de gracia para aquellos hombres ilusionados pero frágiles. Tendrá que actuar Dios con la fuerza de su Espíritu, a pesar de la resurrección, para sacar de ese desconcierto a aquellos hombres que tienen que encajar toda la nueva realidad que se abre ante ellos. Es el momento de dejarlo todo, como muchos lo hicieron y lo siguen haciendo, que se tambalean hasta caer. O reafirmar, apoyados en la fuerza del Espíritu, y a la luz de las palabras de Jesús, que ya se los había adelantado, para superar esa tremenda conmoción que han experimentado.

 

            Hoy nos toca a nosotros. La situación, salvando distancias y concreciones, es muy parecida. Hay muchos que siguen eliminando a Jesús de sus vidas, muchos bautizados. Hay muchos que nos le conocen y, otros, a quienes sigue sin interesar una realidad religiosa que afirman del pasado, pero que en el fondo saben que cuestiona las actitudes y los comportamientos.

 

            Sigue siendo fácil y tópico, apoyarse en las miserias y antitestimonio de muchos que decimos llamarnos cristianos. Desde el comienzo de la Iglesia ha sido así, hasta en el mismo grupo de los que estaban al lado de Jesús. Pero la incoherencia de unos no justifica el rechazo de la obra, ni la validez y la fuerza esperanzadora y salvadora de la vida y la persona de Jesús.

 

            Pero todo ello debe ser para nosotros una llamada también y un cuestionamiento. Porque nuestro posible tambaleo que vivimos y experimentamos ante todas estas realidades opuestas que vivimos, no sólo nos afectan a nosotros sino a quienes nos miran con esperanza de ver algo mejor, o con rechazo porque sólo esperan descubrir fallos con los que justificar sus actitudes en contra.

 

            Esta realidad que se prolonga en la historia, y este aviso de Jesús, nos deben servir de apoyo, de fuerza y de convencimiento para cuidar nuestra adhesión a Jesús. Para trabajar nuestra fidelidad y coherencia, para ahondar en nuestra relación con él, para multiplicar nuestros espacios de oración en diálogo y en escucha de su palabra, para fomentar nuestra solidaridad y nuestros compromisos con toda forma de bien que alcance a muchos, especialmente a los más desfavorecidos, manifestándonos expertos en humanidad. Y si por ello tenemos que sufrir, como decía el apóstol Pedro, demos gracias a Dios porque sea a causa de hacer el bien, que también Jesús tuvo que pasar por ello.

 

Pero ése sigue siendo el camino seguro de nuestra propia liberación ante todos los condicionamientos, fieles a nuestra esperanza de salvación en quien nos ha precedido en el camino. La fe, la esperanza y el amor siguen siendo actitudes de los que, en la debilidad, nos sentimos y hacemos fuertes en Jesús con la fuerza de su Espíritu.

 

           

ORACIÓN:             

“Afianzarme en ti”

 

 

            Señor, la noticia no es muy buena, pero es muy importante que nos la pongas de manifiesto, porque siempre nuestra tendencia es a pensar que contigo todo se vuelve rosa, y hasta te exigimos que sea así cuando las cosas se nos tuercen ¿Dónde estás?, nos preguntamos con desconcierto, cuando tu respuesta es siempre la misma, “a tu lado”, empujando y luchando contigo. Señor, las dificultades, del tipo que sean, nos tambalean con mucha facilidad. Al final es la realidad de nuestra fe frágil. De no conocerte, de confundirte todavía con un Dios que nos tiene que sacar de todos los apuros. Nos cuesta encajar eso de llevar la cruz, aunque creamos que tú vas delante, más aún, dentro de nosotros. Señor, mi reto y tu llamada está en afianzarme en ti. En ser capaz de asumir con todas sus consecuencias la realidad de mi historia y tu llamada a darle y poner en juego lo mejor de mí, porque ahí está tu milagro diario y el mío. Ayúdame, Señor. Gracias.

           

           

CONTEMPLACIÓN:             

“Arraigado en ti”

 

 

A veces me siento, Señor,

como esas espigas

mecidas por el viento,

que parecen terminar

sucumbiendo a su fuerza.

Pero sé que tú me haces

fuerte como ellas

para poder enderezarme,

para poder seguir

mirando  hacia arriba,

para afianzar mis raíces

y seguir dejando

crecer mi fruto

arraigado en ti,

hasta la cosecha definitiva

de mi existencia.

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