Domingo VII de Pascua – La Ascensión del Señor – Ciclo A

ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A

 

 

 

LECTURA:               

“Mateo 28, 16‑20”

 

 

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

 

MEDITACIÓN:              

“Estoy con vosotros todos los días”

 

 

            Es la mejor noticia que podemos recibir, y es muy importante que la acojamos con toda su fuerza y su realidad. Aquellos hombres están viviendo acontecimientos únicos, sorprendentes, que escapan a nuestras posibilidades, pero que están llamados a marcar todas nuestras actitudes ante la vida, porque van a permitir señalarnos desde dónde hacer nuestro camino.

 

            Por otra parte, va a responder a esa pregunta que nos hacemos infinidad de veces, especialmente cuando palpamos  el peso de ese camino. Cuando las incertidumbres o el dolor llaman a nuestras puertas y nuestras respuestas ya no caben ni responden ni satisfacen, ni pueden manifestar en sí ninguna certeza, porque nuestras respuestas en sí son cortas, limitadas, necesitadas de que alguien les abra un horizonte, más allá de nuestras propias certezas o dudas.

 

            De nuevo, esa respuesta sólo nos puede venir de Jesús. Y no van a ser respuesta milagrosa, mágica, evasora, sino respuesta que nos abre una dinámica nueva en la que poder integrarnos desde nuestras realidades, sin más, siendo capaces de descubrir la meta a la que nos quiere conducir. Realidad convertida en tarea, en reto, en transformación, en crecimiento, en lucha, en ilusión que emana y surge dese dentro hasta volcarse y poder transformar toda la realidad.

 

            Jesús llamó y sigue llamando a salir al camino de la historia, al camino de los hombres, al camino de la alegría y del dolor, al camino de la búsqueda del bien, para volcar una buena noticia de humanidad liberadora de tantas sombras que se ciernen sobre ella. Y ese camino hay que hacerlo hacia fuera y hacia dentro y, sobre todo, desde dentro, desde la experiencia de haber palpado que dentro de nosotros se ha afincado una fuerza impulsadora, la fuerza de un amor que se ha desbordado y que se puede ahora desbordar desde nosotros mismos, si es que hemos sido capaces de intuirlo, de acogerlo, de sentirlo.

 

            Jesús, no hay otra respuesta. Él es la respuesta. Ese Jesús que pasó haciendo el bien, como lo recordarán, impulsado por la fuerza del bien, por el Espíritu del bien. Que ha recuperado su espacio, pero que ya no puede dejarnos, tanto es el amor que sigue poniendo de manifiesto. Porque la muerte no ha apagado su amor, lo ha incendiado, Y, por eso sigue con nosotros, sigue en nosotros. No hace falta que preguntemos más en esas noches de oscuridad al atravesar zonas sombrías de nuestra existencia. Porque él sigue ahí, a nuestro lado, dentro de nosotros y de los otros, en quienes tenemos que aprender a descubrirlo, en actitud liberadora, todos los días, hasta el fin del mundo.

 

            Y es que su palabra es más fuerte y más fecunda que nuestra propia realidad y nuestros propios sentimientos, siempre condicionados. Por eso, su palabra y su presencia nos invitan a estar en camino, a no pararnos, a no dejarnos cegar por la luz ni paralizar por las oscuridades. Él se nos hace luz, camino, horizonte, referencia, para ir eliminando muros y crear lazos, para ascender  de nuestro barro y elevarnos en  nuestra vida hacia la Vida.

 

 

ORACIÓN:             

“Construir nuestra realidad”

 

 

            Señor, tu ascensión es mucho más que tu vuelta a tu espacio de plenitud. Es, antes que nada, la confirmación de que sólo podemos ir más arriba de nosotros mismos si no es desde la realidad de ese amor con el que has atravesado nuestra historia y que ha dejado todo trastocado. Es al mismo tiempo la confirmación de que ahora ya tu presencia es definitiva. No asciendes para desentenderte, como aquel que ha acabado su tarea y se retira. Es ahora cuando enganchas de pleno con toda nuestra historia presente. Ahora sí que podemos entenderte y sentirte como Dios con nosotros, que no significa un Dios cargado de milagros, porque ése es el gran milagro, sino que nos impulsas desde dentro, con la seguridad que eres tú, a construir nuestra historia contigo y desde ti. Porque ahora podemos anunciar buena noticia. Ahora es el momento, sin miedos ni complejos, de comunicar la fuerza y la belleza transformante del amor, como la única posibilidad de cambiar, de construir nuestra realidad humana y de elevarla. Y tú sigues y seguirás ahí alentando, en medio de todas las vicisitudes y dificultades y esperanzas esa tarea. Ayúdame a seguir cooperando contigo en esa misión. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:             

“Asciendes”

 

 

Asciendes, Señor,

y en esa ascensión

me llevas contigo,

no a un cielo imaginario,

sino a mi cielo interior;

en ese pedazo de cielo,

a veces manchado,

muy manchado,

pero que te empeñas

en convertir en vergel,

en paraíso de aguas transparentes,

y de frutos  comestibles,

que sólo generan vida,

hasta disolver esos venenos

que quieren romper mi vida,

mantener las heridas,

y oscurecer mi historia.

Asciendes, Señor,

y te quedas,

me comprometes y me llevas.

Asciendes y ascendemos,

a mi cielo y a tu cielo.

 

 

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