Semana 8 Miercoles A – 14

MIÉRCOLES DE CENIZA

 

 

 

 LECTURA:              

Mateo 6, 1‑6. 16‑18”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.

Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

 

 

 MEDITACIÓN:                

“Honrados por los hombres”

 

 

            Pienso que es un texto suficientemente claro cuando lo escuchamos desde la totalidad del mensaje de Jesús, porque si no es así nos puede traer confusiones y, de hecho, muchas veces ha sido así.

 

            Este empeño de Jesús de no ser vistos lo hemos entendido de manera absoluta y hemos llegado a pensar que todas las cosas buenas que podemos hacer tienen que pasar desapercibidas; incluso a veces, aunque parezca mentira, hemos podido dejar de hacer el bien simplemente para que no pensasen que éramos orgullosos. Y no, no es así.

 

            Jesús quiere que se vean nuestras buenas obras ¡sólo faltaría! Estamos llamados a hacer visible el Reino de Dios con nuestros gestos de amor. Jesús nos repetirá en muchas ocasiones, de una manera y de otra, que el deseo de Dios es que demos mucho fruto, de manera que hagamos el bien para que viendo todos nuestras buenas obras den gloria a nuestro Padre que está en el cielo. Y ahí está la cuestión.

 

            Lo vemos claramente en todas las actuaciones de Jesús, donde la gente no  alababan su persona o se quedaban en él, sino que daban gloria a Dios que permite a los hombres hacer tales cosas. Y esa es la diferencia vital. Entre hacer cosas buenas para ser honrados nosotros por los hombres, o para que den gloria a Dios. Y ahí son claras estas afirmaciones repetidas de Jesús, manifestadas en esas actitudes, de no practicar el bien para ser vistos, para ser alabados, porque estaríamos confundiendo la finalidad de nuestros actos.

 

            Y muchas veces hemos caído en los extremos, como he dicho antes: que no nos vea nadie, que eso es lo que quieren muchísimos, que reduzcamos nuestra acción a las sacristías, para no dar guerra ni cuestionar actitudes o, hacer cosas, sacrificios, etc., como para sentir, y que además se enteren los demás bien, de lo que somos capaces de hacer por Dios. Eso sí, luego, lo que de verdad había o hay que realizar, soportar, desde el amor, se nos cruza de lado.

 

            Hoy tal vez el ambiente nos empuje de una manera o de otra a escondernos, que también es diferente a hacer ciertas cosas en secreto, para que las vea sólo Dios, por presión o por miedo. Habrá que discernir muchas veces para conjugar la prudencia y el valor, y ver cuando hay que hacer el bien con naturalidad, sin que destaque, cuando hay que callar, y cuando hay que decir, hablar y gritar si hace falta, nuestra fe, con todas sus consecuencias. Y todo ello ni para protegernos ni para autosatisfacernos, sino para que sea como sea den gloria a Dios o al menos les pueda interpelar.

 

            Esta cuaresma que empezamos nos vuelve a dar  la opción de seguir aprendiendo a vivir la coherencia de nuestra fe, volviendo la mirada de nosotros, que siempre es más fácil, a Dios, quien es la razón de nuestra existencia y en quien estamos llamados a consumar nuestra historia. Aprovechemos intensa y gozosamente este tiempo de gracia y de conversión.

 

 

ORACIÓN:                

“Mi conversión a ti”

 

 

            Señor, entramos en este tiempo que debido muchas veces a los excesos y  tenebrismo de una época pasada, nos ha quedado como con un regusto poco agradable. Y, sin embargo, es una nueva oportunidad especial para seguir ahondando nuestra vida y nuestra esperanza en ti. Es cierto que en ella vamos a destacar lados oscuros de la vida, de la historia, de nuestras propias actitudes, pero no son para meternos en una especie de congoja interior, sino para redescubrirnos inmersos en una historia de salvación, de un Dios que nos manifiesta su amor hasta las últimas consecuencias, siempre a nuestro lado en defensa del hombre, su criatura, su hijo, y seguir creciendo en lo mejor de nosotros mismos apoyados en él, con la mirada de Cristo y estimulados con la fuerza de su Espíritu. Ahí se gesta mi conversión a ti. Por eso se trata de adentrarnos en esta historia de amor, en la que nos quieres protagonistas. Señor, ayúdame a volverme a ti, ayúdame a descubrirme en ti, ayúdame a seguir descubriéndote en tu proyecto de amor sobre mí, para que haga el bien y te den gloria por mi causa. Gracias, Señor.

  

  

CONTEMPLACIÓN:               

“Sólo a ti”

 

 

Que me vean, Señor,

que me vean,

también en mi pecado,

para que sepan todos

que no soy yo,

que eres tú el centro,

tú eres el sentido,

tú eres el amor

que anhelo aprender

y el cielo que deseo alcanzar

Y que sea a ti, Señor,

Sí, a ti, sólo a ti,

a quien puedan darte gloria,

porque ese es mi anhelo de hijo.

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