Semana 3 Miercoles A – 14

TIEMPO ORDINARIO

 

Miércoles 3º

 

 

LECTURA:       

Marcos 4, 1-20”

 

 

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y el gentío se quedó en la orilla.

Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron y no dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno. Y añadió: El que tenga oídos para oír que oiga.

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso, al escucharla la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la Palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la Palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la Palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la Palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.

 

 

MEDITACIÓN:      

“Siembra la palabra”

 

 

            Estamos de nuevo ante esta parábola que siempre resulta sugerente y que, además, podemos muy bien valorar en cada uno de los momentos de nuestra vida; sencillamente, porque la situación de nuestra tierra, de nuestra disposición, de nuestro corazón, no es siempre la misma. Dependemos de muchas cosas que nos afectan. Nuestra vida no es matemática, ni está hecha en molde de una vez para siempre y de la misma manera.

 

            Pero antes de hacer valoraciones de nuestra tierra, de nuestra disposición, que cada uno tendremos que ver según nuestro momento, nuestro ahora, hay una llamada esencial, que es lo nuclear y que no podemos olvidar nunca, porque es ahí donde nos jugamos todo, y de donde depende todo lo que pueda venir después.

 

            Y esa llamada, esa afirmación, es la base, el punto de partida que nos afirma Jesús: “el sembrador siembra la palabra”. Es decir, no hay justificaciones. Podemos hacer oídos sordos, podemos no escuchar o escuchar deficientemente por lo que sea, porque a cada uno la vida nos sitúa en cada momento en su situación y proceso. Pero hay algo que nosotros no podemos eludir, por muy fríos, secos o despistados que podamos estar. Dios no cesa de ofrecernos su palabra en Jesús. Nos la ha ofrecido de una vez para siempre y permanece ahí, firme, presente, constante, con toda su fuerza germinativa, con todo su potencial de vida, esperando nuestra acogida.

 

            Tener esa certeza es muy importante, porque sabemos que Dios no juega con nosotros; que, como él mismo dice, su sí es siempre si y su no, no. Se ha hecho Dios con nosotros y es fiel, independientemente de nuestra fidelidad o no. Por lo tanto, si en algún momento todo se nos oscurece; si, por lo que sea, experimentamos distancia, la causa no está en él, sino en nosotros, y tendremos que tener el valor de asomarnos a nosotros mismos para vislumbras nuestro terreno.

 

            Jesús nos recuerda que estamos llamados a trabajar nuestra tierra. Que lo mismo que continuamente brotan hierbas y zarzas en el campo, por mucho que las estés quitando, es un trabajo continuo. Muchas veces quisiéramos que nuestra vida estuviese hecha de una vez para siempre. Pero nuestra vida es eso, vida. Vida haciéndose, creciendo, formándose, enfermando a veces, física y espiritualmente, porque así es nuestra fragilidad, y el peso de los condicionamientos, de nuestro caminar junto a otros, inciden para bien o para mal en el ritmo del nuestro.

 

            Nuestra vida es trabajo continuo, y tiene que serlo ilusionado, porque es la obra más importante que tenemos entre manos y muchas veces no somos consciente de ello, y se nos escapa lo más importante y mejor. Sí, el Señor ha sembrado su semilla. Su palabra está siempre cayendo en nuestro campo, y nuestro empeño, esforzado y gozoso, debe ser el de ofrecerle el mejor terreno posible en nuestro corazón. Es tarea de nuestra libertad que Dios ha tenido el detalle de respetar para construirnos desde ella. Sepámosla aprovechar para bien nuestro y el de todos.

           

 

ORACIÓN:      

“Sigue sembrando”

 

 

            Mi terreno tiene de todo, tú lo sabes, Señor. Y sabes que a veces soy capaz de trabajarlo mejor y que, otras veces, hay partes que dejo a su suerte. El demonio, las piedras, las zarzas y…, yo mismo, contribuyo a ello. Y a veces mi cosecha, mi crecimiento, es pobre y lento. Pero tú sigues echando tu semilla. El eco de tu palabra sigue resonando con fuerza, y cuanto más me abandono, más. Y te doy gracias por ello. Porque estás ahí, y me llamas y me esperas. Gracias, Señor. Sigue sembrando y ayúdame a seguir trabajando ilusionadamente mi campo. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:      

“Cada mañana”

 

 

Sales a sembrar cada mañana,

tu semilla es fresca y

viene cargada de vida, de tanta

vida que me desborda.

Y no descansas,

para que no me duerma,

para que no pierda tu frescura,

para que no pierda mi vida,

para que dé mi espiga.

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