Semana 3 Martes A – 14

Martes 3º

 

 

 

LECTURA:      

Marcos 3, 31-35”

 

En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús, y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada alrededor le dijo: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

 

 

MEDITACIÓN:              

“Mi madre y mis hermanos”

 

 

            Jesús busca todas las oportunidades posibles para poner de manifiesto que su relación con nosotros no es la de mera vecindad o conocimiento sin ningún tipo de vinculación. Con Jesús y desde él las relaciones entre los hombres están llamadas a establecer unos lazos, una relación no externa ni superficial, sino que nos ayude hasta sentir los lazos de la familiaridad.

 

            Desde la paternidad de Dios, Jesús ha puesto de manifiesto nuestras relaciones fraternas. Relaciones que no vienen, por supuesto, realizadas por ningún vínculo material sino espiritual. Pero todavía en este texto se atreve a ir más allá aprovechando la coyuntura y la presencia de su madre entre el grupo de familiares que le buscan. Y así es capaz de anudar esos lazos humanos desde la fraternidad y la maternidad.

 

            No nos hace más aclaraciones, pero no nos es difícil realizarlas. Nuestra relación con él además de ser fraterna, es también materna. Es decir, estamos llamados a darle vida, a alimentarlo, a cuidarle, a ayudarle a crecer en nosotros, y a mostrarlo a los demás, como hace una  madre con sus hijos.

 

            Solamente desde esa relación, desde esos lazos vividos desde nuestra interioridad, pueden tocar nuestra vida y transformarla. No es cuestión ya de buena voluntad, sin más, sino de dejar que la propia acción de Dios actúe en nuestra vida y nos haga fecundos desde nuestra unión íntima y profunda con él.

 

            No estamos llamados a vivir relaciones superficiales ni triviales. Jesús nos va llevando hacia nuestro interior, donde podemos llegar a gestar lo mejor de nosotros mismos para bien de quienes caminan a nuestro lado. Y juntos es como podemos hacer posible que se ponga de manifiesto esta nueva relación familiar.

 

            Esto es lo que tenemos que hacer posible en la iglesia. Ella debe ser, de un modo especial, la manifestación de la familia de Dios, en la medida que cada uno tratamos de actuar como hermanos y madres de Jesús, como hermanos y madres también entre nosotros. Todo un reto, una tarea ilusionante de la que muchos esperan mucho de nosotros. Eso debía ser ya un estímulo añadido, consecuencia además de nuestro testimonio desde el amor, ilusionado, creativo y comprometido.

 

 

ORACIÓN:      

“Repetirme tu palabra”

 

 

            Siempre nos desconciertas. Por mucho que repitamos y releamos tus palabras, siempre nos coges por todos los lados. Eres desbordante y sorprendente. Gracias. Señor. Gracias por esa proximidad que nos regalas. Para muchos es molesta, para mí es un gozo y una necesidad. Sigue entrando más y más en mí para seguir llenando esos espacios que nadie, sino tú, me puedes seguir llenando de sentido, de fuerza y de vida. No te canses nunca de acercarte, de repetirme tu palabra, de susurrarme tu amor, porque es como esa gota continua que mantiene fresco y vivo mi corazón. Gracias, Señor.

 

 

CONTEMPLACIÓN:       

“Déjame”

 

 

Sí, déjame, Señor,

que te dé vida.

Déjame que crezcas

dentro de mí.

Déjame que mis entrañas

se carguen de vida,

de tu vida,

y traigan al mundo,

ternura, bondad y paz.

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