Viernes de la Semana 1 de Adviento – 1

TIEMPO ADVIENTO

 

Viernes 1º

 

 

 

LECTURA:    

Mateo 9, 27‑31”

 

 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David.»

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

 

 

MEDITACIÓN:          

“Conforme a vuestra fe”

 

 

            Al final la cuestión en la vida se reduce a eso, a nuestra fe o a nuestra ausencia de ella y, claro está, al grado de apertura y convicción que pongamos en ella. Porque la fe como todo, crece o decrece, puede aumentar o disminuir, dependiendo de nuestra capacidad y voluntad de alimentarla.

 

            El problema viene cuando convertimos la fe en un adorno, o cuando la experimentamos como una especie de plus en nuestra vida que usamos en la medida que nos parece bien, según las circunstancias y los intereses que se interpongan en nuestro camino. A veces hemos hecho de ella un mero aspecto de cumplimiento de un sentimiento religioso, pero que en ocasiones no dejamos más que roce nuestra vida.

 

            La fe no un adorno, ni un plus, ni una cosa más que sumamos al conjunto de cosas que poseemos. La fe está llamada a dar forma a toda nuestra vida, la implica totalmente, todo queda atravesado por ella de manera que nos da un talante, una forma de ser, de sentir, de actuar, de mirar la realidad y de actuar en ella desde Cristo, porque él es el núcleo de nuestra fe. No creemos en cosas, no nos adherimos a un cúmulo de creencias, por buenas que puedan ser, creemos y nos adherimos a Jesucristo, y esa adhesión está llamada a hacerse cada vez más fuerte, de manera que marque de un modo cada vez más determinado la totalidad de nuestra vida, de nuestro proyecto de ser, nuestra esperanza y nuestra opción por el amor como motor y forma de nuestro actuar.

 

            Por eso es importante esta frase de Jesús, aplicada en principio a esos ciegos, pero dirigida a nosotros, ciegos también en muchos aspectos cuando no queremos ver más que desde nuestra realidad limitada y condicionada y, puede ser que hasta interesada. Sencillamente porque la mayor o menor fuerza de nuestra fe es la que va a delimitar nuestras respuestas ante todos los acontecimientos de nuestra vida. Es lo que va a hacer que nuestras actitudes tengan un matiz u otro, el que nuestra entrega, nuestros salir de nosotros mismos tenga una calidad u otra.

 

            Abrirnos al don de la fe es abrirle el campo de nuestra existencia a Dios de manera que pueda ayudarnos a ver lo que no somos capaces de ver sin ella, y de tener el coraje de hacer lo que no somos capaces, ni sabemos hacer, sin ella. Por eso hacer de ella núcleo de nuestro ser es tener el valor de meternos en una gran aventura, la aventura de nuestro horizonte ilimitado. Ese es el tremendo milagro que la fe nos alcanza, el que nos trae Jesús en este tiempo de llamada a la apertura de su don.

 

 

ORACIÓN:              

“Fortalece mi fe”

 

         Señor, necesito ver muchas cosas que no veo o, lo que es peor, que no quiero ver. Ésa es la ceguera más grave que nos atenaza a los hombres. Preferimos cerrar los ojos a nuestras injusticias, o a las consecuencias de todo lo que hacemos sin pensar o querer ver sus efectos. Somos unos expertos en tranquilizar nuestras conciencias, porque la tenemos aunque queramos acallarla. A veces siento que mi fe no es lo suficientemente fuerte y grande como para ver o querer ver lo que es claro, y así sigo tratando de hacer equilibrios que al final me hacen sentir que no sé dónde estoy del todo. Ayúdame, Señor, y haz el milagro de que pueda ver más de lo que a veces deseo. Fortalece mi fe. Gracias, Señor.

        

 

CONTEMPLACIÓN:            

“Abre mis ojos”

 

Abre mis ojos, Señor,

para que pueda ver más allá

de mi horizonte corto y limitado.

Abre mis ojos

para que vea con la luz de los tuyos,

y descubra al  que camina a mi lado

y lo sienta como hermano.

Abre mis ojos y sánalos,

para que vea que hay camino,

que hay horizonte

y que hay hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

TIEMPO ADVIENTO

 

Viernes 1º

 

 

 

LECTURA:    

Mateo 9, 27‑31”

 

 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David.»

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

 

 

MEDITACIÓN:          

“Conforme a vuestra fe”

 

 

            Al final la cuestión en la vida se reduce a eso, a nuestra fe o a nuestra ausencia de ella y, claro está, al grado de apertura y convicción que pongamos en ella. Porque la fe como todo, crece o decrece, puede aumentar o disminuir, dependiendo de nuestra capacidad y voluntad de alimentarla.

 

            El problema viene cuando convertimos la fe en un adorno, o cuando la experimentamos como una especie de plus en nuestra vida que usamos en la medida que nos parece bien, según las circunstancias y los intereses que se interpongan en nuestro camino. A veces hemos hecho de ella un mero aspecto de cumplimiento de un sentimiento religioso, pero que en ocasiones no dejamos más que roce nuestra vida.

 

            La fe no un adorno, ni un plus, ni una cosa más que sumamos al conjunto de cosas que poseemos. La fe está llamada a dar forma a toda nuestra vida, la implica totalmente, todo queda atravesado por ella de manera que nos da un talante, una forma de ser, de sentir, de actuar, de mirar la realidad y de actuar en ella desde Cristo, porque él es el núcleo de nuestra fe. No creemos en cosas, no nos adherimos a un cúmulo de creencias, por buenas que puedan ser, creemos y nos adherimos a Jesucristo, y esa adhesión está llamada a hacerse cada vez más fuerte, de manera que marque de un modo cada vez más determinado la totalidad de nuestra vida, de nuestro proyecto de ser, nuestra esperanza y nuestra opción por el amor como motor y forma de nuestro actuar.

 

            Por eso es importante esta frase de Jesús, aplicada en principio a esos ciegos, pero dirigida a nosotros, ciegos también en muchos aspectos cuando no queremos ver más que desde nuestra realidad limitada y condicionada y, puede ser que hasta interesada. Sencillamente porque la mayor o menor fuerza de nuestra fe es la que va a delimitar nuestras respuestas ante todos los acontecimientos de nuestra vida. Es lo que va a hacer que nuestras actitudes tengan un matiz u otro, el que nuestra entrega, nuestros salir de nosotros mismos tenga una calidad u otra.

 

            Abrirnos al don de la fe es abrirle el campo de nuestra existencia a Dios de manera que pueda ayudarnos a ver lo que no somos capaces de ver sin ella, y de tener el coraje de hacer lo que no somos capaces, ni sabemos hacer, sin ella. Por eso hacer de ella núcleo de nuestro ser es tener el valor de meternos en una gran aventura, la aventura de nuestro horizonte ilimitado. Ese es el tremendo milagro que la fe nos alcanza, el que nos trae Jesús en este tiempo de llamada a la apertura de su don.

 

 

ORACIÓN:              

“Fortalece mi fe”

 

         Señor, necesito ver muchas cosas que no veo o, lo que es peor, que no quiero ver. Ésa es la ceguera más grave que nos atenaza a los hombres. Preferimos cerrar los ojos a nuestras injusticias, o a las consecuencias de todo lo que hacemos sin pensar o querer ver sus efectos. Somos unos expertos en tranquilizar nuestras conciencias, porque la tenemos aunque queramos acallarla. A veces siento que mi fe no es lo suficientemente fuerte y grande como para ver o querer ver lo que es claro, y así sigo tratando de hacer equilibrios que al final me hacen sentir que no sé dónde estoy del todo. Ayúdame, Señor, y haz el milagro de que pueda ver más de lo que a veces deseo. Fortalece mi fe. Gracias, Señor.

        

 

CONTEMPLACIÓN:            

“Abre mis ojos”

 

Abre mis ojos, Señor,

para que pueda ver más allá

de mi horizonte corto y limitado.

Abre mis ojos

para que vea con la luz de los tuyos,

y descubra al  que camina a mi lado

y lo sienta como hermano.

Abre mis ojos y sánalos,

para que vea que hay camino,

que hay horizonte

y que hay hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

TIEMPO ADVIENTO

 

Viernes 1º

 

 

 

LECTURA:    

Mateo 9, 27‑31”

 

 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David.»

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

 

 

MEDITACIÓN:          

“Conforme a vuestra fe”

 

 

            Al final la cuestión en la vida se reduce a eso, a nuestra fe o a nuestra ausencia de ella y, claro está, al grado de apertura y convicción que pongamos en ella. Porque la fe como todo, crece o decrece, puede aumentar o disminuir, dependiendo de nuestra capacidad y voluntad de alimentarla.

 

            El problema viene cuando convertimos la fe en un adorno, o cuando la experimentamos como una especie de plus en nuestra vida que usamos en la medida que nos parece bien, según las circunstancias y los intereses que se interpongan en nuestro camino. A veces hemos hecho de ella un mero aspecto de cumplimiento de un sentimiento religioso, pero que en ocasiones no dejamos más que roce nuestra vida.

 

            La fe no un adorno, ni un plus, ni una cosa más que sumamos al conjunto de cosas que poseemos. La fe está llamada a dar forma a toda nuestra vida, la implica totalmente, todo queda atravesado por ella de manera que nos da un talante, una forma de ser, de sentir, de actuar, de mirar la realidad y de actuar en ella desde Cristo, porque él es el núcleo de nuestra fe. No creemos en cosas, no nos adherimos a un cúmulo de creencias, por buenas que puedan ser, creemos y nos adherimos a Jesucristo, y esa adhesión está llamada a hacerse cada vez más fuerte, de manera que marque de un modo cada vez más determinado la totalidad de nuestra vida, de nuestro proyecto de ser, nuestra esperanza y nuestra opción por el amor como motor y forma de nuestro actuar.

 

            Por eso es importante esta frase de Jesús, aplicada en principio a esos ciegos, pero dirigida a nosotros, ciegos también en muchos aspectos cuando no queremos ver más que desde nuestra realidad limitada y condicionada y, puede ser que hasta interesada. Sencillamente porque la mayor o menor fuerza de nuestra fe es la que va a delimitar nuestras respuestas ante todos los acontecimientos de nuestra vida. Es lo que va a hacer que nuestras actitudes tengan un matiz u otro, el que nuestra entrega, nuestros salir de nosotros mismos tenga una calidad u otra.

 

            Abrirnos al don de la fe es abrirle el campo de nuestra existencia a Dios de manera que pueda ayudarnos a ver lo que no somos capaces de ver sin ella, y de tener el coraje de hacer lo que no somos capaces, ni sabemos hacer, sin ella. Por eso hacer de ella núcleo de nuestro ser es tener el valor de meternos en una gran aventura, la aventura de nuestro horizonte ilimitado. Ese es el tremendo milagro que la fe nos alcanza, el que nos trae Jesús en este tiempo de llamada a la apertura de su don.

 

 

ORACIÓN:              

“Fortalece mi fe”

 

         Señor, necesito ver muchas cosas que no veo o, lo que es peor, que no quiero ver. Ésa es la ceguera más grave que nos atenaza a los hombres. Preferimos cerrar los ojos a nuestras injusticias, o a las consecuencias de todo lo que hacemos sin pensar o querer ver sus efectos. Somos unos expertos en tranquilizar nuestras conciencias, porque la tenemos aunque queramos acallarla. A veces siento que mi fe no es lo suficientemente fuerte y grande como para ver o querer ver lo que es claro, y así sigo tratando de hacer equilibrios que al final me hacen sentir que no sé dónde estoy del todo. Ayúdame, Señor, y haz el milagro de que pueda ver más de lo que a veces deseo. Fortalece mi fe. Gracias, Señor.

        

 

CONTEMPLACIÓN:            

“Abre mis ojos”

 

Abre mis ojos, Señor,

para que pueda ver más allá

de mi horizonte corto y limitado.

Abre mis ojos

para que vea con la luz de los tuyos,

y descubra al  que camina a mi lado

y lo sienta como hermano.

Abre mis ojos y sánalos,

para que vea que hay camino,

que hay horizonte

y que hay hermano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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