Día 17 de Diciembre – 2

TIEMPOADVIENTO

 

Día 21

 

 

LECTURA:        

Lucas 1, 39‑45”

 

Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

 

 

MEDITACIÓN:           

“Quién soy yo para que me visite”

 

            Sí, quién soy yo y quién eres tú, nos sólo para que nos visite la madre de nuestro Señor, sino para que nos visite el mismo Señor. Esto es lo desconcertante y lo que muchos, por ello, no son capaces de entender y de acoger. Y, sin embargo esta es la oferta del Señor, este es el proyecto de su amor, y que si nos cuesta entender y acoger es porque todavía no hemos entendido todas las posibilidades y consecuencias del amor que llega a hacer posible lo que parece imposible.

 

            Desde ahí, qué bueno es que nos sintamos capaces de preguntarnos si esto es verdad, por qué. Quién soy yo y quiénes somos nosotros para que Dios opte por actuar de esta manera. ¿Será por un capricho de Dios o será porque está en juego más de lo que pensamos, y que preferimos eludir porque así nos quitamos muchos pesos y consecuencias de encima, aunque luego las consecuencias sean más dolorosas para todos?

 

            De entrada tenemos una respuesta base. Somos sus criaturas. Más aún, somos su hechura. Más todavía, somos sus hijos. Y nos ha hecho para vivir, para plenificar nuestra vida en él descubriéndonos la grandeza de nuestra dignidad. Podemos frustrar ese proyecto en nosotros ahora y en nuestra realidad definitiva. Podemos dejar que el mal y la muerte tengan su última palabra. Pero en el corazón de un Dios Padre-Madre, como en el corazón de todo padre y madre, late el deseo de vida de sus hijos. No es un juego si es que ha sido capaz de poner en juego y entregar, en esa llamada, toda su vida.

 

            Para unas cosas parecemos valientes y decididos, hasta nos encantan las situaciones de riesgo. Confiamos en nuestras posibilidades y,  a aquello que sabemos que no llegamos o no podemos llegar por nosotros mismos, buscamos los medios para poder hacerlo. Y, sin embargo, para alcanzar la realidad más alta de nuestro ser humanos, del sentido de nuestro ser y nuestra historia, parece que nos da vértigo y preferimos cerrarnos. Dios es demasiada aventura y demasiado riesgo como para incluirlo en nuestro viaje.

            Y Dios, que sí sabe quiénes somos y lo que está en juego en cada uno de nosotros, sigue viniendo, haciéndose cercano, metiéndose en nuestra historia, para mostrarnos los pasos a dar, para ayudarnos a construir historia humana e historia de salvación. Dios no nos empequeñece, ni nos esclaviza. Dios rompe nuestras ataduras para que alcancemos el máximo de nuestra realidad humana y divina. Para eso sigue viniendo y saliendo a nuestro encuentro. Como María salió al encuentro de su prima y ser don para ella.

 

 

ORACIÓN:            

“Una luz de esperanza”

 

            Señor, gracias por descubrirme en mi realidad. Nos desbordas ¿sabes?, y por eso seguimos metidos en nuestros círculos cerrados. Pienso que todavía no te hemos entendido y, nosotros, los que nos decimos tuyos, a veces lo hemos hecho y lo hacemos tan mal, que ayudamos poco en la tarea e, incluso, la dificultamos. Por eso, gracias por no cansarte, por seguir en tu empeño, por seguir amándonos en nuestra torpe realidad. Gracias porque aunque andemos muchas veces distantes, tu horizonte es una luz de esperanza en medio de tanto despiste y confusión.  Gracias, y ayúdame para que la nueva celebración de tu venida siga siendo una nueva oportunidad para seguir conociéndome un poco más, en toda la hondura de esa realidad que tú has construido en mí. Gracias, Señor.

.

 

CONTEMPLACIÓN:             

“¡Qué suerte!”

 

¡Qué suerte!

alguien me conoce en mi realidad,

en mi profunda verdad.

Y se acerca a mí

no para mostrarme mis lagunas

sino para descubrirme mi grandeza..

Sí, mi grandeza,

mi tesoro escondido,

mi dignidad humana y divina.

¡Qué suerte!

que vienes, que vuelves,

que te quedas,

que me llevas.

 

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