Semana 34 Sábado

TIEMPO ORDINARIO

 

Sábado 34º

 

 

LECTURA:               Lucas 21, 34-36”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

 

 

MEDITACIÓN:             “Manteneos en pie”

 

            Culminamos el tiempo ordinario y, con él, toda una serie de lecturas que nos han situado ante ese final de nuestra historia, que no será un fin sin más, sino la consumación de una etapa que dará paso a una nueva situación definitiva y ante la cual nuestras opciones se presentarán como definitivas.

 

            Podíamos pensar que en este camino ante la culminación podríamos descubrir como una especie de avance en nuestra evolución y desarrollo humano; pero, parece ser que nuestras opciones radicales no tienen visos de cambiar, y todo nuestro desarrollo intelectual y científico, por sí solos, no nos hacen ni nos van hacer experimentar cambios significativos. Jesús nos podía pintar un horizonte mejor, pero tal vez sería la conclusión de una novela rosa, donde por fin parece que la humanidad en su totalidad descubre su vocación al amor. Ese final será gracia y culminarán en él aquellos que sin conseguirlo plenamente, han intentado hacer de su vida historia de amor a la luz de Cristo.

 

            De nuevo el lenguaje se manifiesta fuerte y decisivo, pero, al mismo tiempo, esperanzador. Jesús no ha venido a meternos miedo. Nosotros nos hemos aprovechado de él y hasta manipulado, para proyectar nuestra dureza de corazón. Hemos querido hacer un Dios humano a nuestro estilo, cuando Dios se ha hecho hombre, como volveremos a recordar, para mostrarnos el potencial de nuestro corazón hecho a su imagen. Y en trabajar nuestro corazón ha volcado su empeño.

 

            En medio de toda la realidad, presente y futura, en medio de todas nuestras incertidumbres y batallas, Jesús nos ha instado a no tener miedo, ni de los acontecimientos, ni mucho menos de él. Pero nos ha pedido atención, estar despiertos, no dejarnos embotar, que es el empeño de muchos para poder manipular nuestras conciencias.

 

            Me parece estimulante y significativa esa frase final. Los hombres nos doblegamos, Dios no. Por eso, ante él, en el final de nuestra historia, en el momento de nuestra consumación, resuena tremendo ese “manteneos en pie ante el Hijo del Hombre”. Así nos quiere Dios, de pie, en postura de vencedores, mejor, en postura de hijos. Ante Dios de pie, ésa es nuestra dignidad,  la que él nos ha concedido, la que nos ha llamado a desarrollar y a respetar. Nuestro final no es de miedo es de encuentro amoroso con el Dios que nos ha amado y nos sigue amando gratuitamente, simplemente porque somos sus hijos, y eso debe constituir nuestro deseo de poner en juego lo mejor de nosotros. A eso nos ha llamado.

 

 

ORACIÓN:                 “Hambre de ti”

 

 

            Señor, gracias porque este culminar del año litúrgico en este clima de historia de salvación y en medio de nuestra realidad, muchas veces oscura, se convierte en un canto de esperanza que me invita a seguir poniendo y dando lo mejor de mí. No es mucho. Sigo experimentando, tú lo sabes, el peso de mis humanidad limitada y condicionada; el lastre de mi realidad pecadora;; pero también la fuerza de mis mejores deseos y de mis esfuerzos, a veces frustrados, es verdad, pero que no hacen sino potenciar mi hambre de ti. Señor, acompáñame en mi camino. Sigue empujando mi existencia. Mantén viva la llama de mi fe y la alegría de poder experimentar la gracia de tu evangelio. Ayúdame a seguir colaborando en la construcción de tu Reino hasta que vuelvas y me llames. Gracias, Señor.           

                       

 

CONTEMPLACIÓN:                “Tu abrazo eterno”

 

 

Todo llega a su fin,

pero aquí no hay fin,

hay plenitud.

Hoy tu misterio redentor

 se explaya

y se abre como un abanico

que abraza a toda la humanidad

reconciliada en ti.

La historia culmina

mostrando la fuerza del amor

de un Dios que nos ha creado hijos.

Y en esta locura de amor,

desde la experiencia de mi finitud,

desde esos vacíos

que no he sabido llenar,

ni esos deseos que cumplir,

me encuentro ante ti,

expectante,

esperando ansioso,

la fuerza de tu abrazo eterno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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