Semana 34 Martes

TIEMPO ORDINARIO

 

Martes 34º

 

 

LECTURA:                Lucas 21, 5-11”

 

 

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.

Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Él contestó: Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida. Luego les dijo: Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

 

 

MEDITACIÓN:                 “La calidad de la piedra”

 

 

            No es precisamente la frase más importante de este texto, pero al releerlo varias veces me ha terminado resultado sugerente, tal vez echándole un poquito de imaginación, pero haciendo referencia a algo que, además de ser verdad, me resultaba sugerente. Y es que la mayor parte de las veces nuestra vida se fija siempre en los aspectos más externos. Pueden ser significativos, no cabe duda, pero no son los que determinan nuestra vida, y así, normalmente, nos quedamos siempre en las cosas, no somos capaces de ir más allá, o nos resulta complicado.

 

            Aquellas gentes que contemplaban la gran obra del templo quedaban admiradas de su construcción. No debía ser para menos. Lo mismo que nosotros podemos quedar asombrados ante la belleza de un gran catedral, el trabajo y perfección de sus piedras y que, además, nos asombran más por los medios limitados con los que se contaban entonces. Y de la misma manera quedamos admirados y nos gusta contemplar todas las grandes obras de la arquitectura, la pintura, la escultura y las demás artes, Y así debe ser. Todo forma parte de la obra creadora del hombre capaz de crear belleza, a imagen de la belleza creadora de Dios.

 

            Sin embargo, arrastramos como una tarea pendiente. Algo que todavía no somos capaces de valorar en toda su grandeza, en toda su belleza, y que es el mismo hombre. Es curioso, pero en las personas, aún en nosotros mismos, nos fijamos más en los defectos que en las virtudes. Descubrimos con más facilidad las limitaciones que la grandeza de las posibilidades. Y hasta, cruelmente, terminamos eliminando o marginando más fácilmente a una persona que a cualquier obra de arte. Podemos gritar y protestar ante el descuido, el robo o al estropicio en una obra de arte, pero no lo hacemos igual con cada obra única que somos cada ser humano. No valoramos nuestra belleza profunda de ser humanos, nuestra dignidad de hijos de Dios.

 

            Procuramos elegir el mejor material para nuestras obras materiales, pero no ponemos el mismo empeño en poner lo mejor para la construcción de nuestras personas. Nos da igual que en la base que nos sustenta haya una buena piedra de sillería, fuerte, firme, bien labrada, que cualquier piedrecilla o ni siquiera eso, arena o agua. Y así seguimos hablando en nuestros nuevos lenguajes de cultura líquida.

 

            Si, no cabe duda, tenemos que seguir valorando la belleza de la obra creadora del hombre, pero sin olvidar que la más importante construcción somos cada uno, que la mejor obra de arte nos la tenemos que jugar en nuestra propia existencia. Que lo más hermoso, mucho más que una gran catedral, es un hombre, una mujer, honrados, honestos, misericordiosos, pacíficos y pacificadores, responsables, limpios de mente y de corazón, con capacidad de ternura, de comprensión, de perdón,  hombres y mujeres de bien. Esos no están en los museos, aunque a veces uno tiene la tentación de pensar si no terminarán convirtiéndose en obras únicas que alguna vez haya que exponer.

 

            De momento es una llamada a cada uno de nosotros, para que en el museo de la vida intentemos ofrecer algo de la belleza que emana de Dios, del Dios que se nos ha manifestado en Jesús, y en quien decimos creer y a quien decimos seguir. Y todos tienen derecho de vernos así, y nosotros, sí cabe la palabra, obligación. Pero mejor es decir, ilusión por poder dejar intuir la obra de Dios en nosotros. Ése debe ser nuestro objetivo. Él es nuestra piedra angular, la más firme, la más bella, en la que apoyarnos. Ése es el trabajo de nuestra fe.

 

 

ORACIÓN:                 “Con ojos de amor”

 

 

            Señor, también ése es mi trabajo pendiente. También yo, que me gusta mucho el arte, valoro y busco más los detalles de una obra con la que asombrarme, que en buscar esos detalles de la belleza profunda de quienes están a mi alrededor. Nos termina venciendo lo externo a todos los niveles, y no somos capaces de ahondar ni en los otros y, ni siquiera, en nosotros mismos. Y así nos quedamos en la superficie. No somos capaces de pensar que además de mirar con nuestros ojos podemos mirar con los tuyos, que son los que ven o nos permiten ver la grandeza interior inscrita en cada ser humano. Hablamos de contemplación y pensamos que es entrar en el quinto cielo, cosa relativamente fácil, cuando lo que se nos pide es mucho más complicado, porque es más real, que es contemplar todo lo que vemos con ojos de amor, como los tuyos o contigo. Señor, es nuestra tarea pendiente, me parece, y también la mía, lo reconozco, pero es la obra de la contemplación, no sólo de ti sino desde ti. Enséñame a adentrarme en esa aventura. Gracias, Señor.        

 

           

CONTEMPLACIÓN:                  “Mi piedra angular”

 

 

Te gusta mirar, mirar dentro,

y descubrir la hondura,

o la superficialidad,

que dejan entrever mis ojos.

Te gusta penetrar en mi mirada

y entrar dentro de mí

para poner un poco de tu fuego,

para hacerme sentir el calor

que irradia de tu belleza profunda,

de tu cercanía y tu ternura.

Te gusta mirar y, a veces,

me gustaría esconderme de ti,

para esconderme de mí.

Pero quiero que me mires,

y quiero mirarte y apoyarme en ti,

Aferrarme firmemente a ti,

mi piedra angular,

y construir contigo mi historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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