Semana 25 Viernes

TIEMPO ORDINARIO

 

Viernes 25º

 

 

LECTURA:                Lucas 9, 18-22”

 

 

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios.

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

 

 

MEDITACIÓN:              “Orando solo”

 

 

            Sabemos que Jesús ora. Ora mucho y en cualquier circunstancia y lugar. Lo vemos irse sólo al descampado, en completa soledad o, como ahora, orando solo pero en presencia de los discípulos. No es extraño que viéndole así, suscitase aquella petición de los suyos para que les enseñase a orar. Por su parte parece que no exige, cada uno tiene su ritmo y su momento, él el suyo, sus discípulos, como nosotros, bastante por detrás. Pero su enseñanza se convertirá cada vez en más apremiante hasta hacerles, hasta hacernos, ver que hay que orar continuamente, día y noche, sin desfallecer.  Sin embargo, todavía, muchas veces, llevamos renqueantes este mandato hasta dar la impresión que lo realizamos más como una favor, como un deber, que como una necesidad imperiosa de nuestro encuentro personal con él.

 

            Y en ese contexto orante surge una pregunta que vuelve a ponernos de manifiesto que la oración, nuestro encuentro y diálogo con Dios, se enmarca en la realidad de nuestra vida, nos asume y nos adentra en ella. Nos permite vislumbrar ante Dios las llamadas y las respuestas de nuestra vida desde él y nos hace capaces de afrontarlas con fortaleza. Jesús en la oración vislumbra su tarea y sus consecuencias, y se adentra en ellas con todas las consecuencias, arraigado en su Padre Dios.

 

            Los discípulos tendrán que ir aprendiendo también, en esa escucha, en ese diálogo con Dios, a descubrir su misión y el modo de su respuesta hasta las últimas consecuencias, como su maestro, y en ella encontrar la luz y fuerza para realizarla.

 

            Por eso, ante esta actitud de Jesús, pasada por el crisol, no de su voluntad sino de la escucha amorosa de su Padre, tenemos que aprender nuestra actitud. Y descubrir que antes que una respuesta impetuosa como la de Pedro, aunque en ese momento la situación se lo pedía, es necesario hundir nuestras raíces en Dios. Sencillamente porque hay respuestas que si salen sólo de nosotros y de nuestros buenos deseos, pronto, por lo que sea, cuando no estén esos buenos momentos, fácilmente se puede ir todo abajo. Y no es difícil que ya lo hayamos experimentado en algún momento o en muchos.

 

            Nuestro seguimiento, nuestra adhesión, la respuesta de nuestra fe no la podemos apoyar solamente en la emoción afectiva o en el mero deseo. Pueden ser ellas medios o pasos, pero esa adhesión que está llamada a implicar nuestra vida gozosa y comprometidamente sólo puede asentarse en nuestro contacto personal, íntimo o comunitario, en el tú a tú de nuestra relación con el Dios que nos ha salido al encuentro, nos ama, nos llama y nos salva.

 

            Tenemos que orar solos o con los otros para arrancar de esa oración nuestra vida, y nos tienen que ver orar para ser estímulo y referencia de a quién nos tenemos que dirigir para encauzar nuestros pasos, nuestras personas, nuestra historia. Todo ello consecuencia y efecto de nuestra fe.

 

 

ORACIÓN:               “Hambre de ti”

 

 

            Señor, sigue dándome hambre de ti, sigue haciéndome sentir esa necesidad imperiosa de salir a tu encuentro, de descansar en ti, y de encontrar la fuerza de mi entrega y de mi vida en ti. Ayúdame a seguir descubriendo y experimentando que sin ti no puedo nada y que de ti brota lo mejor de mí. Mantén mi mirada fija en ti y enseña a mi corazón a vibrar al ritmo del tuyo, al ritmo de tu amor, de tu compasión y de tu misericordia. Enséñame a seguir aprendiendo a hacer de mi vida un don para todos, como lo fue la tuya, y ayúdame a vivirlo, desde la realidad de mi pobreza, pero sin cansarme y con alegría. Ayúdame a apoyarme en la fuerza de tu Espíritu para que mis pasos se encaucen hacia mis hermanos y hacia ti, mi luz, mi camino y mi meta definitiva.

 

           

CONTEMPLACIÓN:               “Mi fuente”

 

 

Brota de ti

la fuerza de la vida.

Arranca de ti,

como una fuente inagotable,

el viento que empuja

las velas de mi frágil nave,

la lluvia suave y constante

que reverdece el campo

de mi esperanza

y hace brotar las flores,

pequeñas pero bellas, del amor,

que ponen color a mi andadura.

Y vuelvo, incansable y sediento,

 al origen de mi fuente

para beber en ella, con ansia,

la fuerza refrescante y misteriosa

del sentido de mi existencia

que nace y desemboca en ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

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