Semana 25 Miércoles

TIEMPO ORDINARIO

 

Miércoles 25º

 

 

LECTURA:               Lucas 9, 1-6”

 

 

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.

Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.

Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

 

 

MEDITACIÓN:                “Anunciando la Buena Noticia”

 

 

            Me parece muy importante fijarnos en este aspecto, no por lo que afecta a esos discípulos de Jesús, sino por lo que nos afecta a nosotros.

 

            Y nos afecta de dos maneras. Una primera muy original, porque en el inicio evangelizador de esos hombres está el comienzo de ese anuncio del evangelio, de esa buena noticia, que se irá extendiendo en el espacio y en el tiempo hasta llegar a nuestro hoy, hasta llegar a cada uno de nosotros a través de nuestras circunstancias concretas. Y segundo, y lo que nos implica de un modo muy especial, lo sabemos, porque nos recuerda que también cada uno de nosotros, desde la concreción de lo que somos y de donde estamos, somos llamados hoy a ser anunciadores de esa buena noticia.

 

            El tema vuelve a ser el mismo, y no podemos eludirlo porque, por nuestra realidad y la que nos rodea, estamos llamados a actualizarlo continuamente si no queremos que se nos diluya por mil realidades que nos afectan. Y se trata, al fin y al cabo, de lo nuclear que afirmamos, si el mensaje que recibimos y con él la tarea, lo experimentamos de verdad, con toda su fuerza, como una buena noticia.

           

            Y es que como comentábamos hace algunos días, aunque sea cuestión de palabras, las palabras son importantes, porque nos ayudan a descubrir o expresar mejor el contenido que nos ofrecen. Y por centrarnos en la palabra evangelio, tal vez no hemos captado ni hemos profundizado del todo en su sentido real de “buena noticia”. Porque el evangelio no es sólo unos hechos que se nos narran, por muy bonitos y por mucha fuerza que puedan tener en su contenido. No son solo un mensaje que nos adentra en una vida entregada, la de Jesús, y una exigencia que arranca de él para comprometernos a nosotros. Es un mensaje liberador, salvador, la mejor noticia entre tantas noticias que podemos recibir en medio del marco histórico que nos ha tocado vivir, donde precisamente estamos llamados a hacer resonar esta buena noticia.

 

            Pero eso supone que antes que nada ha resonado en cada uno de nosotros así, con toda la fuerza y la belleza de una buena  noticia, más allá y por encima, incluso, que nuestra propia fidelidad a ella, por tantas realidades que nos afectan y por el lento proceso de nuestra conversión, que va realizándose poco a poco a lo largo de toda nuestra existencia. Sólo cuando resuene así y nos vibre en nuestro interior con toda su fuerza, hasta seducirnos y meternos en su corriente salvadora, podremos ser sus trasmisores. Cierto, siempre limitados, como lo fueron aquellos discípulos, pero claramente convencidos de lo que somos y de lo que queremos ser, de dónde y cómo caminamos y hacia dónde queremos encaminar nuestros pasos. Ser receptores y trasmisores de una buena noticia que toca las raíces de nuestra existencia y su sentido profundo es lo mejor que nos ha podido y nos puede pasar; lo mejor que se nos ha comunicado y podemos comunicar, aunque muchos no lo entiendan ni acepten. Como dice Jesús, tendremos que aprender a no asustarnos, sacudir el polvo de nuestros pies, y seguir haciendo resonar la buena noticia de Dios.

 

 

ORACIÓN:               

 

 

            Señor, sí tengo que reconocer que aunque trate de acogerte y de seguirte, muchas veces no lo he hecho con esa convicción gozosa del que está inmerso en una buena noticia. Tal vez nos ha costado a todos, por eso, muchas veces, nuestra fe no ha sido alegre ni fuente de alegría. Hasta nos hemos podido quedar en una dimensión dolorista sin descubrir la fuerza del amor que centraba toda tu vida y tu mensaje, y que es el único y lo único que nos salva. Señor, gracias por el horizonte de luz que has abierto en mi vida y en la historia, aunque muchos sigan sin entenderlo ni acogerlo. Gracias porque todo lo que surge de ti es vida, y porque en ella nos has desvelado lo que la construye y la plenifica. Gracias, Señor, porque donde no llegamos, tú sí, y nos abres horizontes de nuestra propia persona y de nuestro destino. Gracias, porque entre tantos agoreros que a veces encontramos en el camino de la vida tú, sólo tú, eres la única y auténtica buena  noticia de este camino y de nuestra meta.

 

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Buena noticia”

 

 

Quiero oír,

necesito oír el eco firme

de una buena noticia.

Hay tantas malas

que me ahogan,

que me aprietan

como dedos de hierro

que nublan mi horizonte

que necesito una buena noticia,

que me esponje por dentro,

que me ofrezca luz,

que me abra ventanas de esperanza,

que dibuje estelas de amor

en el mar inquieto de mi vida.

Necesito, quiero y busco, sí,

esa buena noticia

que se desvela y se desgrana en ti.

 

 

 

 

 

 

 

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