Semana 19 Lunes

TIEMPO ORDINARIO

 

Lunes 19º

 

 

 

LECTURA:                Mateo 17, 21-26”

 

 

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos la Galilea, les dijo Jesús: Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día. Ellos se pusieron muy tristes.

Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Contestó: Sí.

Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños? Contestó: A los extraños. Jesús le dijo: Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.

 

 

MEDITACIÓN:             “En manos de los hombres”

 

 

            Algunas veces uno llega a pensar si no es esto lo que le falló a Dios, si no se le fue ahí la mano o, mejor, el corazón. Puede ser que Dios pensase del hombre más y mejor de lo que pensamos nosotros, seguro, y llegase a creer que al manifestarse un Dios así de cercano, de parecido a nosotros, amándonos y perdonándonos plenamente, sin condiciones, lograría atraernos, seducirnos.

 

            Había habido muchos hombres que así lo habían deseado y experimentado en momentos especiales de su historia; y hasta en los deseos de su pueblo parece que se ponía de manifiesto ese anhelo y ese sentimiento que, incluso, le servía para vanagloriarse ante otros pueblos, que no eran capaces de intuir, de sentir, a un Dios tan cercano, tan implicado en su caminar, en su historia, como el Dios que ellos tenían. Pero, a la hora de la verdad, da la sensación de que cuanto más lejos esté Dios, mejor. Cuanto menos se implique en nuestra historia y nos deje hacer, mucho mejor. Dios sí, pero lejos.

 

            Y Dios, en su sueño de amor, se abajó, se hizo uno como nosotros para amarnos desde dentro, para enseñarnos como sentía Dios y descubrir desde él, el porqué de esos deseos buenos y grandes que surgen en nosotros. Y se puso al alcance de nuestras manos y lo llevamos al paredón, lo llevamos a la cruz, entonces físicamente, hoy también. Nos molesta un Dios así, y si lo eliminamos, si prescindimos de él, nos evitamos una molestia y la voz de alguien que nos pide más porque nos da más, nos da más de nosotros mismos. Pero es que parece que ya no nos interesa ni lo más de nosotros. Nos basta con nuestros inventos, que son como un juguete del que vivimos colgados, y todo lo que pase de ahí nos sobra, nos molesta, no nos sirve.

 

            Pretendemos prescindir de Dios, nos queremos soltar de sus manos y quedarnos sometidos a las nuestras, sin darnos cuenta de que así estamos perdidos, en el sentido más amplio de la palabra. Cuando al rey David le piden que elija un castigo por sus pecados, un lenguaje que ya no es el nuestro pero que reflejaba una actitud de reconocimiento personal y de Dios, responde que prefiere caer en manos de Dios que en manos de los hombres. Está convencido, y es un hombre de guerra, no se trata de ningún mequetrefe o un pardillo, que cuando uno cae en manos de los hombres está perdido, mientras que caer en manos de Dios supone encontrarse, tarde o temprano, con su misericordia, aunque antes tenga que enseñarnos de mil maneras a aprender de nuestros errores y juegos sucios.

 

            Tenían motivos los apóstoles para entristecerse al escuchar de labios de Jesús que el Hijo del Hombre iba a caer en manos de los hombres. Se les pasó fijarse en la siguiente afirmación, que lo matarían, pero que resucitaría el tercer día. Y en esa esperanza que no entendieron, como nos cuesta entenderla a nosotros, en medio de tantas manos indiferentes o duras que empujan a Dios fuera, como lo empujaros sus vecinos, siempre los cercanos, creemos y esperamos en el triunfo de la vida, del sí de Dios a nuestra humanidad, por la que se encarnó, se puso en nuestras manos y nos dio su vida. Puede sonar a tópico, a palabras de consuelo, pero yo sigo siendo de los que prefieren caer en manos de Dios que en manos de los hombres. Cuando lo pienso y lo deseo una luz ilumina mis ojos, mi mente y mi corazón.

 

 

 ORACIÓN:               “La fuerza del amor”

 

 

            Gracias, Señor, por ponerme en tus manos y gracias por ponerte en las mías, porque les da un valor, una fuerza, que aunque no sea capaz de aprovechar en todo su potencial, me abre a la infinitud de algo que intuyo, que descubro dentro de mí y que me desborda, pero que, al mismo tiempo, me empuja, me estimula, me hace capaz. Visto con la cortedad que nos caracteriza podemos llegar a decir que te fallaron los planes, que fracasaste, que el hombre, el mal que late en el corazón del hombre, fue más fuerte, te pudo, venció. Y, sin embargo, fue esa muerte ¡de Dios!, la que puso de manifiesto, tu fuerza, tu grandeza, tu amor. Sí, venció en tu muerte el amor, venció la fuerza de la vida de ese Reino que te empeñaste en anunciarnos, y que no era sino la fuerza del amor de Dios inscrita en el corazón humano, que fue, es y seguirá siendo más fuerte que todas  nuestras indiferencias, aunque vengan justificadas de palabras grandilocuentes, y de gestos de fuerza. Me reafirmo en todo aquello que sigue poniendo de manifiesto que la grandeza del ser humano sólo es capaz de captarla el humilde, el sencillo de corazón, no las seguridades de los soberbios, orgullosos y seguros de sí mismos que, hasta hoy, en la historia, no han dejado más que secuelas de dolor. Por todo, ello, por tus manos y las mías, pobres, muy pobres, pero aferradas a ti, gracias, Señor.

           

           

CONTEMPLACIÓN:            “Tus manos”

 

 

Son tus manos

de padre y de madre,

de amigo y de esposo;

manos que acarician,

que aferran, que salvan.

manos que toman las mías

que sanan y guían,

son tus manos.

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