Semana 7 Miércoles A

TIEMPO ORDINARIO

 

Miércoles 7º

 

 

 

LECTURA:              San Lucas 11, 1-4”

 

 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Él les dijo:Cuando oréis,  decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación».

 

 

MEDITACIÓN:               “Enséñanos a orar”

 

 

            Parece un poco extraño que Jesús, en contra de lo que parecía normal en los creyentes y grupos de su entorno, tardase tanto en realizar esta acción entre los suyos de enseñarles a orar. Seguro que no era olvido porque él ora y ora mucho, hasta noches enteras. Y es que parece que más que imponer trata de suscitar necesidad ante su ejemplo. Y es así, como llegado el momento, los suyos sienten necesidad de orar y surge la petición. No sé si es el mejor método pedagógico, como todo tiene sus riesgos y sus ventajas, pero tiene algo importante, y es que trata de crear necesidad ante el ejemplo. Y es lo que quiere suscitar en nosotros y lo que teníamos que suscitar nosotros.

 

            Tal vez sólo esto tampoco baste, y tendríamos que hacernos la pregunta de por qué. Nosotros también hemos visto a Jesús orar, tenemos su oración, su modelo de oración que está como en la base de todas las demás oraciones o formas de oración que podamos realizar. Es curioso, muchos nos repiten que no saben orar y tenemos la oración nuclear del maestro. También es verdad que llega un momento en que no nos bastan los padrenuestros, y menos si se hacen con rutina, como una mecánica aprendida, como una fórmula. Tal vez es que nos hemos quedado sólo en ella en lugar de en su contenido y no nos hemos metido en ella, como lección fundamental, para arrancar de ella todos nuestros encuentros, todos nuestros diálogos con Dios.

 

            Porque, al final se trata de eso, de aprender relación con Dios. No son las palabras concretas, sino la vida, la vida entendida desde el Dios que nos ha manifestado Jesús y la necesidad de entrar en relación cotidiana con él como el punto de arranque de toda nuestra vida, de todo lo que somos y hacemos. Es en ese trato, en esa relación vital, cotidiana, enamorada, donde vamos aprendiendo a orar y a amar. Porque la oración es una relación de amor o no es nada. Si convertimos la oración en una fórmula para decir en algunos momentos del día estamos haciendo algo bueno, pero todavía nos falta aprender a desarrollar su contenido y todo lo que emana de ella en esa relación de amor, con el Dios que nos ama y que nos quiere enseñar y proyectar desde el amor.

 

            Las primeras comunidades, lo hemos visto no hace mucho en las lecturas pascuales, vivieron apoyadas en esa dimensión orante, y desde ella sacaron su fuerza para amarse, amar y convertirse en testigos. Y eso sigue formando parte de nuestro aprendizaje de toda la vida, porque es lección vital que continuará en la eternidad convertida en alabanza desde la plenitud del amor. Aprendamos y fortalezcamos en ella nuestra fe.   

 

 

ORACIÓN:               “Hambre de ti”

 

 

            Señor, no quiero pedirte hoy que me enseñes a orar, aunque es lo que estaría en línea con el texto, sino que me des hambre de orar. Sobre todo, Señor, te pido que me  ayudes a entender la oración no como un mandato, algo que cumplir porque los cristianos tenemos que hacerlo, no como un hueco a llenar o unas fórmulas que incluir en algún momento de nuestro día. Sé que un padrenuestro rezado con el corazón en ti puede ser más auténtico que horas de meditación, porque no es cuestión de tiempo sino de verdad, de autenticidad, de hacer vibrar conjuntamente contigo nuestra vida. Lo importante es que nuestro corazón esté detrás, y que sintamos que la oración es nuestra relación vital para experimentarte, para escucharte, para vivir contigo y desde ti, y experimentar nuestro amor mutuo y por ello proyectarnos desde ella a la vida contigo. Por todo ello, sí, Señor, sigue enseñándome a orar,  y ayúdame a no dejar de aprender y de sentir hambre de ti.   

 

 

CONTEMPLACIÓN:                   “Padre”

 

 

 

Padre, me gusta

llamarte Padre,

y me gusta sentirme

hijo amado y buscado

en mis caminos inciertos

y tumultuosos de mi vida.

Me sabe a pan y a vida,

me sabe a amor y empuje,

a libertad y a fuerza,

a compañía infatigable

y fiel en mis distancias.

Sí, me gusta llamarte Padre,

y saberme hijo,

y sentirme hermano.

 

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