Semana V de Pascua – Miercoles 2

MIÉRCOLES V DE PASCUA

 

 

 

LECTURA:                “Juan 15, 1‑8”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

 

 

MEDITACIÓN:               “Fruto abundante”

 

 

            Me parece interesante que dejemos resonar esta palabra entresacada de este texto denso, repetitivo hasta la saciedad en esa llamada a “permanecer”, pero es que de nuevo nos encontramos en el centro del mensaje y dónde nos jugamos todo. Y es que hay una diferencia radical entre el pensamiento de Dios y el nuestro. Nosotros, no puedo decir que todos y siempre, pero generalmente, nos tomamos la vida como una especie de resignación en la que hay que meterse o te meten; y hacer lo que todos hacen porque si no estás ya como fuera de contexto y mirado como bicho raro. Hay que meterse en la corriente y dejarse llevar o sobrevivir, y si se puede sacar el máximo provecho y complicarse lo menos posible mejor. Sé que es simplificar, pero por ahí andan los tiros, nos haga ilusión o no.

 

            Frente a esta corriente que arrastra y que puede seducir ¡cómo no!, nos encontramos con un empeño que nos llega de la mano de Dios. También hay un objetivo claro, definido, que de entrada apela a la opción personal de descubrirse en tarea, se opte por lo que se opte, y es la de dar fruto. Nuestra vida está llamada a dar fruto en nuestro propio ser. Estamos llamados a buscarle a nuestra vida lo mayor y lo mejor. Y no solamente fruto, un racimillo o dos, un gesto más o menos generoso, un ir tirando, en esa expresión que nos encanta repetir y que no está mal si significa que tiramos y empujamos en serio. Estamos llamados a dar fruto abundante. Y ahí, ahí, ya las cosas se nos empiezan a poner un poco más cuesta arriba y empezamos a quejarnos, y hasta a abandonar.

 

            Pero es así y, por eso, muchas veces  nos quedamos muy en la base de  nuestro ser cristianos. Nos conformamos con el mínimo de nuestro compromiso de bautizados, y podemos llegar a vivir una mezcla de todo para que no se nos complique el vivir en la corriente. Tenemos que reconocer que nuestros racimillos a veces son escasos y  no muy jugosos. Y luego, claro, encima  nos lo echan en cara los de fuera, que siguen empeñados en mirarnos, porque en el fondo necesitan nuestra coherencia. Y se lo tenemos que agradecer.

 

            Por eso, me parece que tenemos que dar gracias a Dios por su empeño. No se trata de incordiar nuestra vida sino de entusiasmarnos por habernos encontrado con él, porque supone un haber dado con lo mejor que nos podía pasar. Haber encontrado el centro, el núcleo, la roca, la cepa, donde obtener toda la fuerza, la mejor fuerza, para dar loe mejores y abundantes frutos. Nos hemos encontrado con un Dios que ha salido a nuestro encuentro, que se nos ha dado todo, que nos ha descubierto la increíble fuerza del amor y su posibilidad de transformarlo todo y, por lo tanto, nos lo pide todo. No porque sea insaciable y exigente, sino porque en ello nos estamos jugando el encuentro con nuestra totalidad, con nuestra posibilidad ilimitada de crecer, de ser nosotros  mismos desde nuestro potencial interior. Nuestra posibilidad de sorprendernos de lo que podemos llegar a ser y a dar. Hacer posible que no se debilite, que se refuerce esa conexión, es vital y una gracia a la que estamos llamados a responder de una manera humilde e ilusionada.

 

          

ORACIÓN:               “Mantenme en ti”

 

 

            Gracias, Señor, por tu empeño. Gracias por recordarme dónde estoy, y que desde mi bautismo estoy injertado en ti. Y lo tengo que recordar y actualizar y aprovechar, porque me puedo estar quejando y no sabiendo utilizar toda la fuerza en la que estoy insertado y a la que me llamas a abrirme cada mañana. Hay una realidad, por mucho que la queramos tapar, pero lo sabemos con certeza, y es que cuando cortamos nuestra relación contigo, cuando queremos sorber solamente de nosotros, tenemos muy poquito alimento que tomar. Y los efectos los estamos viviendo cada día, no es cosa de inventar nada o de ser negativos. Lo mismo que podemos estar insertos en ti y no saber sorber toda la fuerza que  nos ofreces. Por eso, Señor, gracias porque tú no me arrancas de ti, porque soy yo quien puedo elegir hacerlo, pero no lo permitas. Mantenme en ti y ayúdame a no quedarme a mitad de camino, que mi objetivo sea dar mucho fruto contigo y desde ti.              

 

 

CONTEMPLACIÓN:                “Sarmiento fértil”

 

 

Me quieres sarmiento fértil

de tu cepa divina,

fruto generoso

alimentado en ti;

racimo de vida

que muchos puedan

gustar y compartir

en la viña de mi historia,

fecundada por la savia

de tu amor dulce y generoso

que se me agolpa dentro

pidiendo salir.

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