Semana V de Pascua – Jueves 2

JUEVES V DE PASCUA

 

 

 

LECTURA:               Juan 15, 9‑11”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»

 

 

MEDITACIÓN:                 “Como el Padre”

 

 

            No cabe duda de que las referencias son  muy importantes. Lo vemos a nivel social hoy en el ámbito familiar. En medio de tantas familias desestructuradas por las rupturas donde los hijos sufren los conflictos y la experiencia de desamor, su desarrollo se hace difícil, tanto es así que se nos llega a decir que no es bueno llamar a Dios Padre porque es una referencia negativa la que los jóvenes tienen de la paternidad. Nos suena duro pero es así. Claro está que el tema no es no hablar de la figura del padre sino rescatarla de su negatividad y devolverle el valor inigualable que tiene.

 

            Desde ahí podemos acercarnos, con todos los riesgos de comprensión que pueda ofrecer, a la afirmación de Jesús, quien sí nos puede decir en términos no teóricos sino de concreción, desde su experiencia, cómo nos ama. La cantidad y, sobre todo, la calidad de su amor, nos la da su afirmación de que nos ama como el Padre le ha amado a él. Es su máxima experiencia de amor que vuelca sobre nosotros. Y sabemos cómo Jesús ha experimentado esa paternidad, porque lo único que le ha movido es el amor de su Padre Dios. Ha vivido volcado en él. Su relación directa la ha puesto de manifiesto en sus encuentros de oración que han sido el espacio íntimo, punto de partida para llevar a la vida lo que le ve y oye a su Padre. El sentido de su vida no ha sido otro que llevarnos al Padre, llevarnos a Dios, hacer que todo confluya en él, que se le glorifique por su amor salvador manifestado en su propia encarnación.

 

            No hay amor sin referencia porque no se puede trasmitir lo que no se lleva dentro. Podemos trasmitir conocimientos y hasta aplicarlos a la vida, pero no ejercen una acción transformadora hasta que no nos tocan en lo más profundo de nuestra existencia, al menos así es en el caso del amor. Y eso es a lo que Jesús nos llama. Él nos ha amado con  esa misma intensidad que ha experimentado del amor de Dios; tanto que, por amor al Padre y por amor a nosotros, ha llegado hasta la consumación. Y cuando alguien lo ha dado todo, puede pedirlo todo; y, por eso, nos pide que amemos como él. Es decir, que nos experimentemos amados por alguien que ha dado la vida por mí. Sólo cuando lleguemos a sentirlo así, en toda su fuerza y hondura, sólo cuando sintamos en  nuestro ser ese amor, lo pasemos de la teoría a nuestra vida, podremos amar como él, podremos trasmitir ese amor como nos lo trasmitió él.

 

            Una persona ama en la medida que se ha sentido amada, cuando no ha habido amor sólo afloran heridas que es muy costoso sanar hasta que no experimenta la verdad de sentirse amado, cada vez lo palpamos más en toda su crudeza. Y nosotros, estamos llamados a plasmar, a comunicar, a trasmitir, a regalar, a que se nos derrame por sobreabundancia el amor que hemos recibido gratuito del Padre a través de Cristo, su Hijo. Y eso es experiencia inagotable que no se agota, que crece y que seduce cada día más. Es nuestro reto, nuestro gozo y nuestra tarea en un mundo que excluye a Dios sencillamente porque no se atreve a abrirse a su amor, tal vez porque no lo ha palpado en nosotros con todas sus consecuencias y, eso, nos debe interpelar e ilusionar.           

 

 

ORACIÓN:                 “La experiencia del corazón”

 

 

            Señor, hoy sí que se me escapa un gracias inmenso. Un gracias doble. Primero uno muy humano, como no puede ser de otra manera, sencillamente porque me has permitido gozar y experimentar el amor de un padre y de una madre, con sus limitaciones, claro está, pero que han sido la base donde se apuntaló mi primer amor. Y también porque ellos me trasmitieron su amor por ti, y me lo dieron a conocer y a sentir. Desde ahí te has asomado a mi vida y me has permitido confirmarlo, experimentarlo y ahondarlo. Gracias Señor, porque así, y también con mis limitaciones, me has hecho posible el comunicarlo desde lo más hondo de mí. Ayúdame para que te siga acogiendo y para que lo siga trasmitiendo a través de mis gestos. Creo que la nueva evangelización de la que estamos hablando tiene su arranque de ahí, porque a quien tenemos que llevar, anunciar y trasmitir es a ti, no desde palabras teóricas sino desde la experiencia del corazón y de la vida. Gracias y ayúdame.                        

 

 

CONTEMPLACIÓN:                “Derroche de gracia”

 

 

Me ha llegado tu amor,

 a veces como lluvia suave,

otras con fuerza de torrente

que ha inundado mi vida

y desbordado mis cauces,

siempre previsibles y limitados.

Y en ese derroche de gracia,

en ese desconcierto de amor,

navega mi vida hacia ti,

como una frágil barquichuela,

que busca, incierta y ansiosa,

salir de sus turbias aguas

y desembocar en el ancho mar.

Dejar una opinión