Semana II de Pascua – Sábado 2

SÁBADO II DE PASCUA

 

 

LECTURA:               Juan 6, 16‑21”

 

 

Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al lago, embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis.»

 Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban.

 

 

MEDITACIÓN:               “Soy yo”

 

           

Esta frase resonó muchas veces en boca de Jesús en su vida pública y en sus apariciones de resucitado. Entronca de lleno con el nombre con el que se presenta Dios a Moisés en la zarza ardiendo para manifestarle su decisión de sacar a su pueblo de la opresión del faraón porque ha escuchado sus lamentos y visto su esclavitud. “Yo soy” será desde entonces la expresión con la que Dios se manifestará, es el Dios es que está y que libera, y Jesús hace suya, expresando así su identidad con el Padre.

 

            Sin meternos en honduras teológicas, pero en esa misma línea, sabemos que cuando Jesús la utiliza es para manifestarnos, además de su presencia, la seguridad que de ella se deriva, y así lo completa hoy la frase: “soy yo no temáis”. Estoy con vosotros, a vuestro lado, no os puede pasar nada, mi presencia es presencia salvadora. Es la garantía de su presencia benefactora, no por ello milagrosa o liberadora de riesgos o peligros. Simplemente, y nada más y nada menos, que él está, que no estamos solos.

 

            Y todo esto lo podemos vivir ahora desde la garantía que arranca ya de la certeza del resucitado, del Dios vivo que sabemos camina con nosotros, delante, a nuestro lado, sanando y salvando, y llevando también la cruz junto a la nuestra, como fuerza, como empuje, llenándolo de un sentido y de una esperanza nueva. Es ya la certeza de que no estamos solos, de que Dios ha optado definitivamente por formar parte de nuestra historia y sólo depende de nosotros abrirnos a ella, acogerla.

 

            A partir de este acontecimiento, podemos tener la certeza de que en nuestras noches oscuras, su luz nos ilumina; en nuestras incertidumbres, su certeza nos sostiene; en nuestras muertes él es la vida.  Desde aquel primer “yo soy” de la zarza, al “yo soy” de Jesús Dios sigue mirando, viendo y salvando, pero ahora en Jesús tiene además rostro, algo que Moisés deseaba ver pero no pudo. En esa historia de salvación se ha implicado con su propia vida, como un  nuevo Moisés, y  nos ha abierto la puerta de la Tierra Prometida definitiva en la que el ha entrado primero para prepararnos sitio. A ella nos conduce si le seguimos en el desierto de nuestra historia personal y comunitaria.

 

 

ORACIÓN:              “Empujas mi lucha”

 

 

Señor, siempre desbordas nuestras previsiones, nuestras cortas y limitadas previsiones que, además, da la sensación de que no tenemos mucho empeño por aumentar.  Por eso, todo, de nuevo, no puede sino arrancarme una acción de gracias. Gracias porque me permites experimentarte cercano, porque me sostienes en los vaivenes de la vida cuando parece que todo se oscurece, se tambalea, y no percibes más que inseguridad e incertidumbre. Gracias porque en ti puedo poner sentido donde no lo hay, y así empujas mi lucha y la encauzas hacia la meta, tu meta. Por eso, porque eres, porque estás, porque ves y escuchas, porque me salvas. Gracias, Señor.          

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Tu presencia”

 

 

No hay más misterio

que el del amor

que se empeña en atraer

lo distante y pequeño,

como queriendo

salvar la frágil flor

que desconoce sus riesgos

o mecer la zozobra

hasta convertirla en paz.

Y así te acercas sin ruidos

pero con la fuerza y la certeza

que solo da tu presencia.

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