Lunes de la Octava de Pascua – 2

LUNES DE PASCUA

 

 

LECTURA:              “Mateo 28, 8‑15”

 

 

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro;     

impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.» Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies.

Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.»

Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hay.

 

 

MEDITACIÓN:                “Corrieron a anunciarlo”

 

 

            Como decía ayer, no podemos quedarnos excesivamente en detalles de unos acontecimientos que están marcados por experiencias muy fuertes, que pueden dar lugar a muchas expresiones que son más profundas que externas. Pero no podemos eludir la fuerza de unos acontecimientos que se producen con una gran vertiginosidad, con una fuerza interior tremenda, desconcertante y, al mismo tiempo, cierta, que nos dejan entrever algo que desborda a todos los que lo viven, y que les va a enrolar en toda una serie de actitudes que los trastoca y pone en movimiento.

 

            Es un momento en el que, como ya veíamos ayer, todo el mundo corre. Corre con una mezcla de emoción, de miedo y desconcierto, porque es inesperado e impensable, y con una alegría profunda que los empieza a convertir ya en testigos de algo que están experimentando y empieza a trastocar sus vidas. Y así, hoy, es ese grupo de mujeres las que corren a anunciar el gran acontecimiento. Un acontecimiento que, por lo inverosímil, todavía tardarán en encajar, en acoger, en rendirse ante él, porque hacerlo va a hacer que todo, absolutamente todo, dé un giro de ciento ochenta grados. Y lo dio.

 

            Y todo ello se nos convierte hoy a nosotros, de nuevo, en anuncio, en llamada. Esas mujeres llegan a nosotros hoy corriendo a anunciarnos aquello que han visto y oído. Y también, como quienes las escucharon, podemos creerles o tratarlas de iluminadas. Y los motivos serían los mismos: es demasiado peligroso o demasiado maravilloso como para que sea verdad. De tal manera que, o nos metemos de lleno en su corriente o damos media vuelta y que todo siga igual, que es mejor.

 

            Sabemos las consecuencias de ese abrirnos en la fe al acontecimiento de la resurrección, lo que supone de sentido para la vida y lo que conlleva de acoger no sólo el mensaje sino la persona de Cristo, que se convierte en el punto de referencia desde el que caminar, desde el que asumir y con el que asumir la tarea de la construcción de nuestra historia, y nuestras personas, desde la llamada al amor. Supone el coraje de salir a la aventura de nuestro propio encuentro con Cristo, o de dejarnos encontrar por él, sabiendo que, tarde o temprano, cuando se le busca, él sale al encuentro, como a aquellas mujeres, como a aquellos discípulos, todavía incrédulos, para seguir no sólo a un buen sueño, sino a alguien que se ha hecho presente, y nos ha dejado abrazarle los pies; es decir, sentirle, experimentarle, en lo más íntimo de nuestra intimidad. No fruto de un deseo, sino de un desconcierto que nos ha hecho vibrar en nuestro núcleo, en lo más auténtico e íntimo de nosotros.

 

            Porque sólo desde ahí se puede realizar, no un ir tirando, o un ir creyendo solamente desde fuera, por lo que nos han dicho, sino un lanzarnos hacia adelante empujados por lo que hemos sentido en nuestras entrañas. Abrirnos a esa experiencia nos puede producir vértigo, pero como vamos a ir viendo, a través de estos lenguajes muy íntimos y personales, es lo que hoy a cada uno nos puede hacer sentir también la necesidad, no de quedarnos estancados, pasmados, sino de correr por todos lados a anunciar aquello de lo que hemos sido testigos. Hoy, y en este año de la fe, es un momento privilegiado para acoger y experimentar la fuerza, la belleza, de este encuentro, y llevarlo, con el mismo valor y con las mismas consecuencias a quienes encontremos en el camino de nuestra vida concreta. Porque sólo de la abundancia del corazón, puede hablar la boca. Salgamos al encuentro de Cristo resucitado y dejémonos encontrar por él.

                     

 

ORACIÓN:                “Empujando mi vida”

 

 

            Señor, a veces nuestro lenguaje es torpe y limitado para expresar todo lo que sentimos, no sólo por lo que se desprende de ti, sino cuando nos queremos adentrar en nuestra realidad más honda y personal. El misterio de nuestra grandeza nos sorprende, tal vez por eso preferimos quedarnos en la superficie. Parece que tenemos espíritu aventurero para las cosas externas. Somos capaces de bajar o subir a las profundidades o a las alturas de la tierra, pero tenemos auténtico pánico para hacerlo en nosotros. Y, sin embargo, es ahí donde nos encontramos con lo mejor, con nuestras sombras, nuestros monstruos o nuestras luces, que nos permiten ver lo que no podemos a ras de nuestro suelo cotidiano, seguro y cómodo. Tu resurrección nos lleva a nos quiere llevar a descubrirnos así ante nosotros y ante ti. Nos desvela nuestra pequeñez y nuestra grandeza. Nos permite descubrir el ámbito infinito de cada ser humano y nuestra tarea inacabada e inacabable. Y, aunque me desborde, a veces, hasta me asuste, te doy gracias por descubrirme y descubrirte así. Gracias por decírmelo, gracias por tocar mi vida, por salir a mi encuentro, por seguir empujando mi vida.            

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Tu fuerza desbordada”

 

 

Sales a mi encuentro

para resucitar en mí.

Tocas mis entrañas secas,

y quieres poner frescura

de vida descubierta

en mi caminar sin fuerza,

para que corra a tu encuentro,

y al mío propio contigo.

Y así descubro la belleza

de mis campos interiores,

siempre por roturar y sembrar

para que fecunden vida.

Y en ese empujar y despertar,

de los anhelos de un Dios vivo,

y de tu fuerza desbordada en mí,

descubro mi camino y mi destino.

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