Semana IV de Pascua – Jueves 2

JUEVES IV DE PASCUA

 

 

 

LECTURA:                  Juan 13, 16‑20”

 

 

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado.” Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

Os lo aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe recibe al que me ha enviado.»

 

 

 

MEDITACIÓN:                 “Compartía mi pan”

 

 

            Intentamos quedarnos siempre con los aspectos más positivos porque no cabe duda de que nos ayudan a mirar de otra manera y a empujar nuestra andadura de la vida. Pero tampoco podemos eludir esa parte sombría que, además, forma parte de nuestra realidad, de la que nos rodea y de la que experimentamos en nosotros y que,  a la hora de la verdad, es la que más nos afecta. De alguna manera, en esta ocasión, aunque entresaquemos la frase, no la podemos apartar de su contexto, para que desde ahí nos sirva de pregunta, porque también eso nos ayuda a caminar desde nuestra verdad y desde nuestros riesgos, que  no podemos eludir, y a los que tenemos que responder.

 

            La experiencia de Jesús, desde el aspecto más humano, es tremendamente dura, porque no le traiciona cualquiera. Tal vez, por eso queda plasmado con tanta fuerza porque se trata del que compartía el pan con él, ése es el primero en traicionarle. No es cualquiera, que las traiciones vengan de cercanos, pase, pero que sea  del que comparte la misma mesa y, además, el primero, resulta especialmente duro.

 

            Y así me resuena a advertencia, porque eso se sigue dando. Hasta podemos decir que se ha convertido en actitud habitual, aunque no lo vivamos con esa misma materialidad, pero el efecto es el mismo. Y es verdad que en seguida podemos desviar la mirada a los que hoy, bautizados, cristianos que han compartido la mesa de la eucaristía, han abandonado, han traicionado su relación. Pero tenemos que quedarnos más cerca porque en muchos momentos, sin haber abandonado, sin habernos alejado materialmente, como el hijo mayor de la parábola, puede ser que estemos traicionando con nuestra mediocridad esa relación de intimidad en la que él nos ha introducido. Y una traición siempre es dura y mala, pero cuando se convierte, tal vez en traición no, pero en relación no entusiasmante, cuando uno se entrega plenamente y el otro responde a medias, tal vez la sensación es más dura por más duradera.

 

            No se trata de que dramaticemos ni tiñamos de negro nuestro seguimiento, porque nunca se trata de eso. Sino precisamente de que descubramos todo el camino por realizar, todo lo que nos sigue quedando pendiente. Y es que, lo sabemos, vivimos tiempos complejos en el que no caben las medias tintas. No podemos meternos en lo que precisamente condenamos. Estamos llamados a reavivar nuestra fe, pero eso sólo lo podemos hacer cultivando nuestra relación personal con Cristo. Un tú a tú cercano, íntimo, intenso, en el que podamos poner en común proyectos e ilusiones, y donde sintamos de cerca, desde dentro, desde lo mejor de nosotros, esa fuerza cálida de amor de un Dios que sigue apostando por nosotros, queriendo compartir el camino de nuestra vida y la meta salvadora de nuestra historia.

 

            Que el compartir el pan, lo hagamos desde el corazón para que lejos de convertirse en traición, se convierte en alimento de esa amistad fiel y comprometida.

 

 

ORACIÓN:               “Mantenme en ti”

 

 

            Señor, poco puedo pedirte cuando tú lo pones todo, cuando no te has reservado ni te reservas nada. Es cierto que muchas veces, y ante muchas situaciones, tu silencio me turba, como me turba tu palabra, pero sé que ahí me estás poniendo ante mi realidad, esa realidad que no puedo ni puedes hacerme eludir porque es mía. Es mi vida que tengo que abrazar y en la que tú me aportas tu presencia y tu fuerza, aun palpando mi debilidad. Señor, tú te has hecho oferta y tu vida es lo suficientemente clara y evidente como para que te abandone o te siga, para que sea fiel a mi promesa o para que abandone o mediatice mi respuesta. Y sabes, Señor, que consciente de mis lagunas, quiero seguir compartiendo tu mesa, necesito hacerlo, porque en ella te encuentro y me encuentro. Por eso, sostenme y mantenme en ti.           

 

 

CONTEMPLACIÓN:                     “Derroche de amor”

 

 

Ya no puedes más,

te me has dado entero

en toda la realidad de tu ser,

y me llegas pleno

para plenificarme en ti.

Derroche de amor

que me desborda,

como un manantial

de aguas transparentes

que me limpia y sana,

para sentarme a tu mesa

y compartir juntos

el pan de la amistad eterna.

 

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