Domingo V de Pascua – Ciclo C

DOMINGO 5º DE PASCUA-C

 

 

 

LECTURA:                  Juan 13, 31‑33a. 34‑35”

 

 

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.» 

 

 

 

MEDITACIÓN:                 “Unos a otros”

 

 

            Tal vez parezca una tontería o una cosa, como se suele decir, de “cajón”, pero a veces pararse en los detalles o en las palabras sencillas que acompañan a las grandes afirmaciones, puede resultar muy importante. Y digo esto porque a veces, cuando escuchamos estas afirmaciones o mandatos de Jesús, que ciertamente suponen muchas consecuencias, nos asustamos un poco. Primero porque los hombres (me refiero, lógicamente, al ser humano hombre y mujer), aunque vayamos de “echaos p’alante”, somos bastantes asustadizos. Nos asustan las alturas y, por eso, Jesús y su mensaje nos da vértigo y preferimos seguir a ras de tierra, aunque seamos capaces de subir otro tipo de montañas.

 

            Y, por ello, cuando Jesús nos dice que nos tenemos que amar, además de resultarnos de entrada románticamente bonito (cosa en la que estoy seguro no piensa Jesús), nos deja un tono de susto porque se nos queda la sensación de que el mandato es para mí y solamente para mí, y de repente todo se ve difícil. Y no cabe duda de que el mandato es personal e intransferible, y tendríamos que llevarlo a la práctica aunque fuésemos los únicos en recibirlo. Pero no es así, y es donde entra la belleza del mensaje, lo que le hace atrayente y hace que se genere una corriente de frescor. Esa llamada es a todos.  No soy el único en el mundo sobre el que se coloca ese peso, (llevadero y ligero, lo denominaría él), sino sobre los hombros de todos.

 

Estamos llamados no a amar, sino a amarnos “unos a otros”. Llamados a ser portadores y receptores de todo lo que conlleva la realidad del amor, de la donación gratuita de lo que tengo y soy. Todos, unos a otros. Y cuando se ve así, aunque a la hora de la verdad las cosas son como son, y puede ser que en el marco real nos quedemos solos, nosotros, sus seguidores, los bautizados, su iglesia, estamos llamados a ofrecernos el amor como actitud de nuestra vida. Y eso de entrada, sentido así, es la mejor buena noticia que podemos recibir.

 

Tal vez, el haber sido masa nos ha impedido saborear esta realidad en toda su belleza y fuerza; y, puede que, este momento de gracia, que es como tenemos que ser capaces de leer el hoy de la historia que nos ha tocado vivir, con toda la fuerza del secularismo rabioso y de la deserción de muchos bautizados, que nos lleva a experimentarnos menos, sea el momento propicio para conocernos mejor, querernos más, y arroparnos y ayudarnos y estimularnos con  la fuerza del amor en el que Jesús sigue empeñado en adentrarnos.

 

Sí, no estamos solos, y si el ser menos nos ayuda a querernos y a necesitarnos más y a ser más coherentes, demos gracias a Dios. Pero eso, no lo olvidemos, juntos en la misma tarea, seducidos por el mismo Jesús, escuchando su misma palabra y acogiendo su mismo mensaje. Juntos, los unos por y para los otros, de manera que puedan decir de nosotros, como lo decían de los primeros cristianos “mirad como se quieren”, y eso contagiaba y contagia. Así que apuntalemos juntos nuestra fe pascual.         

 

 

ORACIÓN:                 “Empuja mi amor”

 

 

            No, no es tontería, al menos para mí, y por eso te doy gracias por los matices de tus palabras. No te dejaste nada en el tintero. Pero sí, no cabe duda, junto a ello creo que debo tener muy claro que no tengo que esperar la acción del otro, que mi disposición tiene que estar ahí, aun en el supuesto de que pueda encontrarme solo. Al final, esa llamada que tiene dimensión eclesial, viene directamente a mi vida,  y no puedo delegarla sobre nadie. Siento que vivimos momentos recios e importantes, tal vez los más importantes para manifestar la verdad de lo que creo y experimentar su fuerza. Y no, eso no suena a romanticismo. El amor es la palabra más seria que podemos volcar sobre nuestras actitudes. Sus consecuencias suponen un coraje, una fuerza y una generosidad que nos supera si tú no estás a  nuestro lado. Por eso, Señor, empuja mi amor con todas sus consecuencias.         

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Nunca estoy solo”

 

 

No, nunca estoy solo,

de ti arranca el amor.

Has volcado tu amor

en mi frágil barca

y me adentras contigo

en las aguas oscuras

del corazón de mi historia.

No, nunca estoy solo,

ni siquiera en mis zozobras,

o mis heridas sentidas

cuando la vida se desmorona.

No, nunca estoy solo,

he sentido tu latido de vida,

el susurro cálido de tu Espíritu,

y muchas manos extendidas

que arrancan ciertas de ti.

 

 

 

DOMINGO 5º DE PASCUA-C

 

 

 

LECTURA:                  Juan 13, 31‑33a. 34‑35”

 

 

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.» 

 

 

 

MEDITACIÓN:                 “Unos a otros”

 

 

            Tal vez parezca una tontería o una cosa, como se suele decir, de “cajón”, pero a veces pararse en los detalles o en las palabras sencillas que acompañan a las grandes afirmaciones, puede resultar muy importante. Y digo esto porque a veces, cuando escuchamos estas afirmaciones o mandatos de Jesús, que ciertamente suponen muchas consecuencias, nos asustamos un poco. Primero porque los hombres (me refiero, lógicamente, al ser humano hombre y mujer), aunque vayamos de “echaos p’alante”, somos bastantes asustadizos. Nos asustan las alturas y, por eso, Jesús y su mensaje nos da vértigo y preferimos seguir a ras de tierra, aunque seamos capaces de subir otro tipo de montañas.

 

            Y, por ello, cuando Jesús nos dice que nos tenemos que amar, además de resultarnos de entrada románticamente bonito (cosa en la que estoy seguro no piensa Jesús), nos deja un tono de susto porque se nos queda la sensación de que el mandato es para mí y solamente para mí, y de repente todo se ve difícil. Y no cabe duda de que el mandato es personal e intransferible, y tendríamos que llevarlo a la práctica aunque fuésemos los únicos en recibirlo. Pero no es así, y es donde entra la belleza del mensaje, lo que le hace atrayente y hace que se genere una corriente de frescor. Esa llamada es a todos.  No soy el único en el mundo sobre el que se coloca ese peso, (llevadero y ligero, lo denominaría él), sino sobre los hombros de todos.

 

Estamos llamados no a amar, sino a amarnos “unos a otros”. Llamados a ser portadores y receptores de todo lo que conlleva la realidad del amor, de la donación gratuita de lo que tengo y soy. Todos, unos a otros. Y cuando se ve así, aunque a la hora de la verdad las cosas son como son, y puede ser que en el marco real nos quedemos solos, nosotros, sus seguidores, los bautizados, su iglesia, estamos llamados a ofrecernos el amor como actitud de nuestra vida. Y eso de entrada, sentido así, es la mejor buena noticia que podemos recibir.

 

Tal vez, el haber sido masa nos ha impedido saborear esta realidad en toda su belleza y fuerza; y, puede que, este momento de gracia, que es como tenemos que ser capaces de leer el hoy de la historia que nos ha tocado vivir, con toda la fuerza del secularismo rabioso y de la deserción de muchos bautizados, que nos lleva a experimentarnos menos, sea el momento propicio para conocernos mejor, querernos más, y arroparnos y ayudarnos y estimularnos con  la fuerza del amor en el que Jesús sigue empeñado en adentrarnos.

 

Sí, no estamos solos, y si el ser menos nos ayuda a querernos y a necesitarnos más y a ser más coherentes, demos gracias a Dios. Pero eso, no lo olvidemos, juntos en la misma tarea, seducidos por el mismo Jesús, escuchando su misma palabra y acogiendo su mismo mensaje. Juntos, los unos por y para los otros, de manera que puedan decir de nosotros, como lo decían de los primeros cristianos “mirad como se quieren”, y eso contagiaba y contagia. Así que apuntalemos juntos nuestra fe pascual.         

 

 

ORACIÓN:                 “Empuja mi amor”

 

 

            No, no es tontería, al menos para mí, y por eso te doy gracias por los matices de tus palabras. No te dejaste nada en el tintero. Pero sí, no cabe duda, junto a ello creo que debo tener muy claro que no tengo que esperar la acción del otro, que mi disposición tiene que estar ahí, aun en el supuesto de que pueda encontrarme solo. Al final, esa llamada que tiene dimensión eclesial, viene directamente a mi vida,  y no puedo delegarla sobre nadie. Siento que vivimos momentos recios e importantes, tal vez los más importantes para manifestar la verdad de lo que creo y experimentar su fuerza. Y no, eso no suena a romanticismo. El amor es la palabra más seria que podemos volcar sobre nuestras actitudes. Sus consecuencias suponen un coraje, una fuerza y una generosidad que nos supera si tú no estás a  nuestro lado. Por eso, Señor, empuja mi amor con todas sus consecuencias.         

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Nunca estoy solo”

 

 

No, nunca estoy solo,

de ti arranca el amor.

Has volcado tu amor

en mi frágil barca

y me adentras contigo

en las aguas oscuras

del corazón de mi historia.

No, nunca estoy solo,

ni siquiera en mis zozobras,

o mis heridas sentidas

cuando la vida se desmorona.

No, nunca estoy solo,

he sentido tu latido de vida,

el susurro cálido de tu Espíritu,

y muchas manos extendidas

que arrancan ciertas de ti.

 

 

 

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