Viernes de la Semana 5 de Cuaresma – 3

CUARESMA

 

Viernes 5º

 

 

LECTURA:              “Juan 10, 31‑42”

 

 

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»

Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»

Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»

Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de

nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí.

Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.» Y muchos creyeron en él allí.

 

 

 

MEDITACIÓN:                “El Padre está en mí”

 

 

            Es una afirmación de Jesús y, por lo tanto, con todo el peso de su certeza y de su verdad. Pero si me quiero parar en ella es porque también tiene su realidad en cada uno de nosotros. Es, tal vez, la mejor afirmación que podemos hacer nuestra, aunque nos desborde, aunque nos parezca imposible, aunque nos sintamos muy lejos de merecerla, aunque a veces hasta la rechacemos. Y es que un hijo podrá renegar de su padre o de su madre, pero nunca un padre o una madre de verdad, renegarán de su hijo, y seguirán esperando en él siempre.

 

            Jesús ciertamente que lo dice en toda su fuerza de convicción y de identificación. Lo hemos estado escuchando a lo largo de toda esta controversia. Jesús vive desde el Padre, hace y dice lo que oye y ve a su Padre, o como hoy afirma, hace las obras del Padre. Verle a él es verle al Padre, que atrevimiento, que gran noticia y que tremenda posibilidad se abre ante cada uno de nosotros.

 

            Lo podemos decir desde la teoría de la verdad, desde una afirmación venida de él hacia nosotros. Dios, nuestro Padre, mi Padre, me ama y está en mí, no me deja, puede respetar mi distancia por amor, y por amor sigue atento a cualquiera de nuestros gestos para abrirnos sus brazos. Como decía ayer, no somos fruto del azar, no venimos de la nada y volvemos a la nada, venimos del amor y estamos orientados a él, por eso nadie reniega del amor, a no ser que haya perdido el juicio. Cierto que a Dios no podemos pedirle que actúe como nosotros. Nuestras dificultades para creer no son sino manifestación de esa distancia brutal que nos separa de él y que no podemos captar, pero en Jesús Dios ha roto esas barreras para ponernos de manifiesto, que más allá de lo que podamos sentir o no sentir, más allá de resultados positivos o negativos de nuestra vida, de los silencios o de los milagros, no somos al margen de Dios. Dios, el Padre, está con nosotros, está, no sabemos si actúa o cómo, pero su actuación consiste especialmente en ser, en estar, con  nosotros.

 

            Jesús, para que no nos mantengamos en teorías que nos desbordan cuando nos asomamos al misterio de Dios, nos señala algo concreto que también sabemos. Cuando estamos con Dios vamos aprendiendo a amar como él. Los gestos de amor son la manifestación de que Dios está con nosotros y nosotros con él. Por eso invita a creer a las obras. Y es que el amor sólo puede venir de Dios, y cuando hay amor de verdad es que nos hemos abierto, consciente o inconscientemente a él. El amor es la carta credencial de Dios,  el que lo hace creíble y lo que nos hace creíbles. Como dirá en una de sus cartas el mismo apóstol, allí donde hay amor está Dios.

 

            Ése es el reto de nuestra conversión. Ésa es la señal de que hemos conocido a Dios, es el signo que nos manifiesta que estamos con él, ante nosotros mismos y ante los otros. Si lo hemos conseguido descubrir un poquito más, esta cuaresma que va llegando a su fin no habrá sido una mera repetición, sino un encuentro con él. Un encuentro gozoso y esperanzador en el camino y el trabajo de nuestra fe.

 

 

 ORACIÓN:              “Puertas abiertas”

 

           

Señor, me da un poquito de miedo hacer ciertas afirmaciones que, siento de verdad, pero que quedan mediatizadas por la realidad de mis gestos que, tal vez, no llevan la fuerza que debían, y por tantos desaciertos como voy acumulando en mi haber por todo un cúmulo de circunstancias. No es éste el espacio de culpabilizar ni de la ingenuidad, sino el de la realidad, el de dar un empujón a lo que soy y deseo ser. Es verdad que constato la lentitud de los pasos de mi vida, que se camina más fácil con el deseo que con la realidad, pero son esos deseos los que me mantienen vivo, abierto, esperanzado, expectante, con las puertas siempre abiertas, puede ser que ingenuamente, pero mientras hay puertas abiertas hay posibilidad de entrar o salir, lo triste es cuando las cerramos y llegamos a pensar que no hay posibilidad de nada. Por eso, gracias, porque mientras tú seas, mientras tú estés, todo es posible. Gracias.          

 

 

CONTEMPLACIÓN:                 “Me amas”

 

 

Me parece mentira

pero estás conmigo.

Has bajado de tu cielo

para acariciar con ternura

 mi frágil carne herida.

Y te siento,

te siento en la calidez

de mi ser que espera,

en tu amor callado

y dolorido que me llega;

en ese susurro mudo

que me habla certezas

que yo  no alcanzo,

pero que creo y palpo

en la paz

de mi camino incierto.

Sí, sé que estás

porque me amas

y porque te amo.

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