Semana 4 Jueves

TIEMPO ORDINARIO

 

Jueves 4º

 

 

 

LECTURA:                Marcos 6, 7-13”

 

 

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

 

MEDITACIÓN:                 “Autoridad sobre los espíritus inmundos”

 

 

            Hasta ahora el protagonismo de todas las actividades sanadoras estaban en manos de Jesús, pero llega el momento de dar un paso más. Jesús había elegido a un grupo para que fuesen con él prolongadores de su misión, y con ellos se fuese ampliando su acción. De alguna manera tenía que ir preparando su ausencia. Es cierto que esa misión recae de un modo especial en los apóstoles de entonces y sus sucesores en la misión específica, pero esa misión que siempre, desde entonces estará en sus manos, con la fuerza del Espíritu se hará tarea de todos desde nuestro bautismo. Todos, por lo tanto, dotados de autoridad sobre los espíritus inmundos.

 

            Es cierto que ya no solemos manejar este lenguaje, que eso de “espíritus inmundos” nos suena como mal, pero les demos el nombre que les demos no cabe duda de que responden a una realidad de entonces y de ahora, de siempre. Son esas fuerzas interiores que experimentamos ejercen una presión interior tremenda que nos enajena, que nos adentra o trata de adentrarnos en toda realidad de mal, y que de hecho nos lleva a veces a hacer el mal que nos queremos en lugar del bien que queremos, como diría Pablo, que doblegan nuestra libertad para el bien; que, incluso, muchas veces nos seducen y nos adentran en la corriente del mal, el odio, la violencia, el dominio de los otros, es decir, en todo lo que hace mal y que, hasta a veces, muchas veces, porque ese es su propósito, nos hace sentirlo como bien.

 

            Jesús asumió en seguida esa batalla contra las fuerzas interiores y exteriores del mal, y lo dejó como misión a los suyos, a nosotros, que lejos de tener su fuerza, y a base de no apoyarnos mucho en la suya, nos vemos inmersos en esa misma corriente y nos llega a seducir. Es una lucha encarnizada que hasta llegará a dar la sensación de que puede con la misma fuerza de bien que impregna a Jesús, la fuerza del Espíritu de Dios, y que supondrá su muerte, víctima del mal, o peor aún, del mal que cree actuar desde el bien, que es lo más terrible, terminando haciendo del mal bien, como a veces seguimos siendo testigos de ello de mil maneras y situaciones.

 

            Pero ahí, inmersos en esa realidad de nuestra fragilidad, llamados a esa lucha cuerpo a cuerpo contra esos espíritus inmundos, que producen tantas formas de inmundicia en el corazón humano de la que somos testigos, y a veces víctimas, el Señor nos sigue enviando con la autoridad, con la fuerza suficiente capaz de vencerlos. Tal vez la respuesta que podamos encontrar, igual que él, pueda sonar a fracaso; pero dar la vida por intentar eliminar mal y poner bien será siempre un triunfo del bien y de la vida, del que es capaz de dar la vida para poner vida. Y de nuevo, ante nuestros miedos, ante nuestras fragilidades, ante cualquier tipo de rechazo, ante cualquier agresión interna, porque viene de nuestro propio interior, que es donde más fuerza ejercen, o externa, tenemos la seguridad de su mandato y de nuestra fuerza apoyada en la suya. No sé si pinta muy halagüeña esta realidad, pero es lo que palpamos cada día, y se trata de ponernos en un lado o en otro. Jesús ya ha optado y nosotros también, pero tenemos que renovar y potenciar nuestra adhesión y nuestra fe en él. Es nuestra hermosa y crucial aventura de nuestra historia que se nos invita a hacer consciente, de nuestro paso por este mundo.         

 

 

 

ORACIÓN:               “Palabras claras”

 

 

            Señor, tengo que reconocer que, a veces, poner palabras, palabras claras, a nuestras experiencias positivas y especialmente negativas, es muy importante, porque es la manera de saber dónde estamos y lo que está en juego. Tratamos de edulcorar, de tapar la realidad de las cosas, y luego terminamos siendo víctimas de nuestras medianías y superficialidades. Pero sé que la forma de hacer frente a las realidades que nos rodean y que surgen de dentro o de fuera de nosotros, no es la de esconder la cabeza, no es la de decir que no es a lo que es o viceversa. Se ha hecho ya tópico lo de la relatividad, cosa que en parte es verdad porque todo es relativo, menos Tú; lo malo es cuando con esa palabra queremos decir que todo vale y que da lo mismo una cosa que otra. Podríamos afirmarlo con convencimiento si palpásemos que eso nos hace mejores y experimentásemos que hace mejor nuestras actitudes y nuestras respuestas a la vida, pero no es así, no estamos generando más felicidad, más bien, por mucho que lo queramos disimular, sino mucho más sufrimiento. Por eso, Señor, sí, necesito tu fuerza, necesito acoger la autoridad que sobre el mal, el que bulle en mí y fuera de mí, experimento, y aceptar que con ella puede ir derribando muros de mal y levantar gestos de bien. Así quiero mantenerme contigo y en ti.

           

           

CONTEMPLACIÓN:                “Fuente y manantial”

 

 

Como sigues derramando

la lluvia sobre la tierra,

sigues volcando

la fuerza de tu gracia

en mi corazón frágil.

Eres fuente y manantial

del que fluye tu Espíritu,

la fuerza de tu amor

y mi propia fuerza,

garantía y esperanza

de mi vida.

 

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