Viernes de la Semana 1 de Adviento – 3

TIEMPO ADVIENTO

 

Viernes 1º

 

 

 

LECTURA:             Mateo 9, 27‑31”

 

 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando:«Ten compasión de nosotros, hijo de David.»

Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: «Sí, Señor.» Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!»

Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

 

 

MEDITACIÓN:               “Seguían a Jesús, gritando”

 

 

            Muchas veces, al menos a mí,  se nos pasan desapercibidas algunas actitudes de Jesús a las que no prestamos mucha atención porque quedan ahogadas, de alguna manera, por la fuerza del mensaje central o final, que se pone de manifiesto. Pero me parece que a veces son más importantes esos gestos, palabras o actitudes secundarias aparentemente, porque forman parte de  nuestra experiencia más real diaria.

 

            No es la primera vez que vemos a algunos personajes ir detrás de Jesús pidiendo su respuesta pero a los que él da largas. Estos dos ciegos parecen que llevan todo un camino largo gritando detrás de Jesús, y éste parece que no hace caso alguno hasta bastante tiempo después, como manifestándose duro o indiferente. Y, sin embargo, vemos que no es así. Jesús nunca fue indiferente ante nada ni ante nadie, y menos ante quien de la forma que sea si dirige a él. Pero Jesús no es un curandero sin más. No quiere que descubran en él a alguien que simplemente ofrece sanación física, sino a aquel que trae sanación de la persona entera de parte de Dios. Por eso la referencia a le fe, la fe en él y lo que él presenta y anuncia como acción del Reino de Dios, de Dios en medio de la historia, del hombre, es siempre la constante. Jesús necesita verificar y estimular la fe, viene a poner al hombre frente a sí mismo y frente a Dios, es de esa manera como puede aparecer algo nuevo, el milagro, en el corazón y en toda la persona, ¿creéis que puedo hacerlo?

 

            Y todo ello me ilumina y me permite ver realidades que a veces no veo o me cuesta ver. Ahí descubro que ante mis insistencias y peticiones, Dios me va permitiendo que siga pidiendo, gritando, para ayudarme no a curar mi cuerpo sino mi corazón, mi persona, mis anhelos, mis deseos, mis valores, mi reconocerme criatura, mi saberme hijo de Dios y hermano de todos. Él no quiere que lo experimentemos y que lo busquemos solamente porque nos puede alcanzar milagros físicos, sino porque puede hacer el milagro de sanar, de salvar toda nuestra persona, lo más nuclear  e importante de lo que somos, que está mucho más allá y por encima de nuestra mera materialidad, aunque también sea necesaria. Y hoy sabemos que esa es la sanación, la salvación más importante que necesitamos los hombres, empeñados como parecemos en mantenernos ciegos y apagando todas las luces de esperanza.

 

            Y así Dios nos regala este nuevo adviento de la esperanza y de la fe para que veamos más y mejor. Y le importa nuestra plegaria incansable, porque en ella se manifiesta nuestra búsqueda, nuestro deseo, nuestro no querer tirar la toalla de lo mejor de nosotros, convencidos, como aquellos insistentes ciegos, de que si queremos ver y creemos que él lo puede hacer, veremos por muchas oscuridades que nos amenacen. Sigamos incansables tras de él, no es sordo, y nuestro seguimiento fiel nos salvará, más allá y por encima de las limitaciones de  nuestro cuerpo.    

           

 

 

ORACIÓN:                “Viendo contigo”

 

 

            Señor, ya sabes que a veces tengo la tentación de pensar que no me escuchas. Llevo pidiéndote y hasta gritándote tantas necesidades que siento y que las considero buenas, pero que sin embargo no se realizan, que ahí sigo arrastrando mis carencias, mis lamentos y mis súplicas. Y, sin embargo, sé que no eres sordo ni indiferente, sé que me escuchas y que tienes tu momento. Sé, incluso, que son esos deseos los que me mantienen unido a ti, no por mera dependencia, sino porque en ese caminar mirándote, voy experimentando la fuerza de seguir intentando poner desde ti lo mejor de mí. Siento, aunque parezca una contradicción, que en todas mis limitaciones que no soy capaz de sanar por mí mismo, y que incluso favorezco que se mantengan, en ese juego de querer y  no querer, tu seguimiento me sostiene, me mantiene en abierta esperanza y me permite seguir poniendo y sacando lo mejor de mí. Siento en mi debilidad que tu gracia no me deja y me permite mantener los ojos abiertos para intentar seguir viendo contigo y desde ti. Por eso, sólo te pido que me mantengas tras de ti, que me dejes seguirte hasta tu casa, donde sea capaz de ver plenamente, con toda su luz, el misterio de tu amor.       

           

           

 

CONTEMPLACIÓN:              “Hasta tu casa”

 

 

Hasta tu casa, Señor,

quiero seguirte,

aunque sea a oscuras,

hasta el umbral de tu casa,

que anhelo como mi casa.

Sé que allí tu luz disipará

todas mis sombras,

y veré lo que no veo,

 entenderé lo que no entiendo,

amaré lo que  no he sabido amar

y sentiré la fuerza de tu amor

que no he sabido saborear.

Pero sé que en el umbral,

de tu casa y de la mía,

me inundará tu luz,

me purificará tu fuego de amor,

y sabré que soy tu hijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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