Miercoles de la Semana 2 de Adviento – 1

TIEMPO ADVIENTO

 

Miércoles 2º

 

 

 

LECTURA:               Mateo 11, 28‑30”

 

 

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

 

 

 

MEDITACIÓN:                 “Aprended de mí”

 

 

            Éste es el reto más importante que tenemos. Hoy hay muchas voces, no sé si se puede decir que demasiadas, porque es bueno que se hable, es buena la palabra, es bueno el diálogo y vitalmente necesario. El problema es cuando la palabra se convierte en palabrería, o peor aún, cuando la palabra se hace manipuladora, cuando engaña para imponerse o aprovecharse de los otros, cuando no se utiliza para el bien sino para el propio interés y se manipula.

 

            Parece que en nuestros días el acceso a la cultura es mayor y, sin embargo, esa cultura que nos da saberes científicos no nos está dando más saberes en humanidad, no nos está haciendo más sabios, en el sentido más profundo y denso de la palabra, y estamos asistiendo a un momento de absoluta relatividad en todo vale y nada vale. Y la persona y sus relaciones son las que más están, estamos, sufriendo las consecuencias. Lo tremendo es que esas actitudes nos terminan seduciendo, son superficiales, sí, pero son cómodas, fáciles, placenteras, y ante ello no importan las consecuencias. No sé si eso se puede llamar racionalidad. Si, al menos, nos hiciesen más felices pues podríamos verlo con buenos ojos, pero lo cierto es que todo ello está creando más vacío, más dolor, más inseguridad. El hombre no se reduce a la materialidad, lo sabemos, y cuando se queda ahí, se empobrece humanamente como persona, y se degrada por muchas cosas y más cosas que sume en su haber.

 

            Y en medio de toda esa realidad que palpamos cada día, esta palabra de Jesús se convierte para nosotros, o debe convertirse en nuclear: “Aprended de mí”. Nuestra referencia, nuestro referente, no puede estar más que en Jesús. Él es el objetivo de nuestra fe. Él es nuestro modelo y su palabra la que guía o debe guiar, frente a cualquier otra, nuestra vida, nuestras actitudes. En Jesús no sólo descubrimos la imagen de Dios, sino que vislumbramos el rostro del hombre, el modelo de hombre desde el que apuntalar nuestras actitudes. Volvemos a repetirlo para que no se  nos olvide frente a otros “valores” que nos puedan presentar y ofrecer. No se trata de decir si cumplo o no cumplo, de si hago esto o lo otro porque me lo marcan, sino de tratar de ver, con toda sinceridad, si entra en la dinámica del amor que es el núcleo del mensaje de Jesús, porque es el núcleo del mismo Dios que en él se nos ha manifestado.

 

            Nuestro maestro no es otro que Cristo, el único nombre que se nos ha dado y n os puede salvar, como dice el apóstol. Ahondar en ello y seguir aprendiendo de él es de nuevo la llamada de este adviento y de este Año de la fe. Y nos va mucho en ello, a cada uno y a todos.

 

 

 

ORACIÓN:                “Empujando mi fe”

 

 

            Señor, qué torpes somos, qué torpe soy, y que fácilmente nos seducen y engañan otras voces, otros maestros. El caso es que nos asustamos de que muchos se alejen de la Iglesia, pero no nos preguntamos hasta qué punto los que aún permanecemos tenemos alguna responsabilidad en ello. El Concilio del cual ahora celebramos el cincuenta aniversario, ya nos prevenía de la parte de culpa que teníamos los cristianos en el ateísmo de muchos. Es cierto que es fácil echar balones fuera y justificarse diciendo o señalando aspectos de nuestras pobrezas, de nuestras incoherencias. Sé que tampoco nos debíamos esconder o justificar en ellas, aunque sea verdad, aunque estemos en camino, y ese camino es lento porque nuestra realidad es la que es. Tal vez no son nuestras limitaciones o incongruencias las que más pesan sino, tal vez, el no derrochar ilusión, el que no se nos vea seducidos plenamente por ti. Nos ven cumplidores, porque seguimos cumpliendo, pero no sé si nos ven gozosamente convencidos de creer lo que creemos, cuando a veces el lenguaje de la relatividad también se nos contagia en el ámbito de nuestra fe. Sí, Señor, tu llamada me lleva a mirarme adentro, a descubrirme en la alegría de mi fe y en mi deseo de vivirla cada día con más radicalidad. Tenemos una cantidad enorme de posibilidades de manifestar con eficacia y con humildad lo que creemos, mueve y da sentido a nuestra vida. El balón está siempre en mi tejado, ayúdame a ver dónde y cómo tengo que seguir empujando mi fe y mi esperanza.

 

                       

 

CONTEMPLACIÓN:                “Maestro bueno”

 

 

Humildemente

me pongo ante ti,

para verte y para verme,

para seguir apoyando

¿mis fuerzas?, en ti.

Me seduce tu palabra,

y tus gestos me queman dentro

queriendo brotar libres.

Y tú, maestro bueno,

sigues pacientemente

tocando a mi puerta,

entrando en mi casa,

caminando a mi paso,

empujando mis sueños,

volcando tus anhelos,

iluminando mis sombras,

sanándome heridas,

ofreciéndome vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dejar una opinión