Semana 30 sábado B

TIEMPO ORDINARIO

 

Sábado 30º

 

 

LECTURA:               Lucas 14, 1. 7-11”

 

 

En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, iras a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

 

 

MEDITACIÓN:                  “Sube más arriba”

 

 

            Cuando se habla de humildad no nos referimos a una virtud espiritual, como si por el hecho de ser religioso hubiese que se humilde. Que, por cierto, lo hemos solido hacer tan mal, que se ha terminado confundiendo la humildad con el ser más o menos lelo, con dejar que a uno le pisen o con decir que no ante un posible reconocimiento del tipo que sea. Desde una humildad mal entendida a veces hemos hecho el ridículo y no hemos estado a la altura de nuestra dignidad, de nuestros valores, que son dones de Dios, y de nuestro saber estar. Jesús nos diría que teníamos que ser humildes y sagaces e, incluso, astutos, alabando a los hijos de las tinieblas que son más astutos en sus cosas que los hijos de la luz en las suyas. Más cercana, santa Teresa diría que la humildad es “andar en verdad”. Es decir, ni por arriba ni por abajo, sino en nuestro lugar.  Y no, no es fácil.

            Y eso es lo que descubrimos en el texto de hoy. Y es que la humildad tiene que ver con el sentido común, con la sensatez, con la prudencia, con el saber estar, si no se quiere, sencillamente, hacer el ridículo. Que, por cierto, no es difícil que muchos nos hayamos encontrados con situaciones más o menos parecidas a ésta, porque los hombres, a pesar de los años y de la historia, seguimos sin aprender, sin querer aprender.

            Tal vez no haya que darle muchas vueltas a un texto que se nos manifiesta evidente, pero que es también una llamada de Jesús que podemos llevar más allá de la mera situación. La actitud ante los hombres es evidente y ante Dios, desde Jesús también. Tal vez ahí la tengamos más fácil o más compleja. Porque también tenemos el riesgo de creernos con derechos ante Dios. Tampoco faltan ejemplos en los evangelios. Y a veces llegamos a tener una peligrosa seguridad que nos puede hacer sentirnos por encima o con derechos, como si Dios tuviese que quedarse rendido ante lo que somos o hacemos.

            Y no, no es que nos tengamos que estar arrastrando ante Dios, ni hablar. María manifestará su alegría por lo que Dios ha hecho en ella, y que va  a hacer que todos los tiempos la llamen bienaventurada. Y eso no le ensoberbeció. Descubrió su grandeza en el don de Dios. Desde ahí pequeña y tremendamente grande. Ante Dios siempre seremos pequeños, siempre tendremos que ponernos en los últimos puestos, pero también desde él dignificados, elevados, divinizados, humanizados, siempre invitados a subir más arriba. Descubrir eso es tocar el techo de la grandeza de nuestra pequeñez de barro. Y no, no nos asustemos ante lo que puedan decir quienes no lo entienden. Porque cuando se prescinde de Dios y se magnifica una grandeza inexistente o imaginada, lo único que son capaces de hacer es mandarnos al final al agujero de la nada; es una grandeza con pies de barro. Dios en su empeño de engrandecernos, nos hace subir al puesto de la eternidad y de nuestra plenitud, por gracia suya, no por conquista nuestra. Y hay diferencia. La hay, y es como para saltar de gozo y de sentido.           

 

ORACIÓN:               “Aprendiendo humildad”

 

 

            Gracias, Señor, gracias por tu palabra de sensatez y de esperanza. Gracias porque me permites vivir la realdad, mi realidad, desde el más común de los sentidos. Me gusta tu empeño en partir siempre desde la evidencia de la vida real, porque ahora no tenemos otra forma de ser y de existir, frente a una actitud  nuestra y mía, que a veces nos quiere encerrar en una especie de irrealidad, de ensueño, de torpeza ante lo evidente. A veces nos empeñamos en querer espiritualizar todo aquello que tú precisamente has venido a humanizar. Que no, que nos pides volar, que nos quieres con los pies en la tierra, bien en la tierra, para poder mirar con firmeza hacia arriba, hacia dentro, hacia ti que te hiciste eso, hombre. Señor, gracias y ayúdame, ayúdame a seguir aprendiendo humildad y a seguir descubriendo desde ella grandeza, porque contigo y desde ti, la única posibilidad es la de crecer, la de subir más arriba, desde la verdad de mi interior.       

 

CONTEMPLACIÓN:                “En mi barro”

 

 

Miro hacia abajo,

hacia mi barro,

y veo tu dolor

y tu sonrisa

depositados en él.

Y desde ahí

miro hacia arriba,

y siento tu brisa

que me acaricia,

que me susurra,

que me calienta.

Y siento que en mi barro

hay vida, hay amor.

TIEMPO ORDINARIO

 

Sábado 30º

 

 

LECTURA:               Lucas 14, 1. 7-11”

 

 

En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, iras a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

 

 

MEDITACIÓN:                  “Sube más arriba”

 

 

            Cuando se habla de humildad no nos referimos a una virtud espiritual, como si por el hecho de ser religioso hubiese que se humilde. Que, por cierto, lo hemos solido hacer tan mal, que se ha terminado confundiendo la humildad con el ser más o menos lelo, con dejar que a uno le pisen o con decir que no ante un posible reconocimiento del tipo que sea. Desde una humildad mal entendida a veces hemos hecho el ridículo y no hemos estado a la altura de nuestra dignidad, de nuestros valores, que son dones de Dios, y de nuestro saber estar. Jesús nos diría que teníamos que ser humildes y sagaces e, incluso, astutos, alabando a los hijos de las tinieblas que son más astutos en sus cosas que los hijos de la luz en las suyas. Más cercana, santa Teresa diría que la humildad es “andar en verdad”. Es decir, ni por arriba ni por abajo, sino en nuestro lugar.  Y no, no es fácil.

            Y eso es lo que descubrimos en el texto de hoy. Y es que la humildad tiene que ver con el sentido común, con la sensatez, con la prudencia, con el saber estar, si no se quiere, sencillamente, hacer el ridículo. Que, por cierto, no es difícil que muchos nos hayamos encontrados con situaciones más o menos parecidas a ésta, porque los hombres, a pesar de los años y de la historia, seguimos sin aprender, sin querer aprender.

            Tal vez no haya que darle muchas vueltas a un texto que se nos manifiesta evidente, pero que es también una llamada de Jesús que podemos llevar más allá de la mera situación. La actitud ante los hombres es evidente y ante Dios, desde Jesús también. Tal vez ahí la tengamos más fácil o más compleja. Porque también tenemos el riesgo de creernos con derechos ante Dios. Tampoco faltan ejemplos en los evangelios. Y a veces llegamos a tener una peligrosa seguridad que nos puede hacer sentirnos por encima o con derechos, como si Dios tuviese que quedarse rendido ante lo que somos o hacemos.

            Y no, no es que nos tengamos que estar arrastrando ante Dios, ni hablar. María manifestará su alegría por lo que Dios ha hecho en ella, y que va  a hacer que todos los tiempos la llamen bienaventurada. Y eso no le ensoberbeció. Descubrió su grandeza en el don de Dios. Desde ahí pequeña y tremendamente grande. Ante Dios siempre seremos pequeños, siempre tendremos que ponernos en los últimos puestos, pero también desde él dignificados, elevados, divinizados, humanizados, siempre invitados a subir más arriba. Descubrir eso es tocar el techo de la grandeza de nuestra pequeñez de barro. Y no, no nos asustemos ante lo que puedan decir quienes no lo entienden. Porque cuando se prescinde de Dios y se magnifica una grandeza inexistente o imaginada, lo único que son capaces de hacer es mandarnos al final al agujero de la nada; es una grandeza con pies de barro. Dios en su empeño de engrandecernos, nos hace subir al puesto de la eternidad y de nuestra plenitud, por gracia suya, no por conquista nuestra. Y hay diferencia. La hay, y es como para saltar de gozo y de sentido.           

 

ORACIÓN:               “Aprendiendo humildad”

 

 

            Gracias, Señor, gracias por tu palabra de sensatez y de esperanza. Gracias porque me permites vivir la realdad, mi realidad, desde el más común de los sentidos. Me gusta tu empeño en partir siempre desde la evidencia de la vida real, porque ahora no tenemos otra forma de ser y de existir, frente a una actitud  nuestra y mía, que a veces nos quiere encerrar en una especie de irrealidad, de ensueño, de torpeza ante lo evidente. A veces nos empeñamos en querer espiritualizar todo aquello que tú precisamente has venido a humanizar. Que no, que nos pides volar, que nos quieres con los pies en la tierra, bien en la tierra, para poder mirar con firmeza hacia arriba, hacia dentro, hacia ti que te hiciste eso, hombre. Señor, gracias y ayúdame, ayúdame a seguir aprendiendo humildad y a seguir descubriendo desde ella grandeza, porque contigo y desde ti, la única posibilidad es la de crecer, la de subir más arriba, desde la verdad de mi interior.       

 

CONTEMPLACIÓN:                “En mi barro”

 

 

Miro hacia abajo,

hacia mi barro,

y veo tu dolor

y tu sonrisa

depositados en él.

Y desde ahí

miro hacia arriba,

y siento tu brisa

que me acaricia,

que me susurra,

que me calienta.

Y siento que en mi barro

hay vida, hay amor.

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