Semana 33 miércoles B

TIEMPO ORDINARIO

 

Miércoles 32º

 

 

LECTURA:              Lucas 17, 11-19”

 

 

En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: Levántate, vete: tu fe te ha salvado.

 

 

 

MEDITACIÓN:               “Tu fe te ha salvado”

 

 

            Las respuestas de Jesús suelen ser casi siempre desconcertantes, pero nos asombran de un modo especial cuando parece que no guardan relación entre lo afirmado y el hecho producido. Aquel leproso agradecido se encuentra, como ya sucedió en otros, con la sorprendente respuesta de Jesús: “Tu fe te ha salvado”, no le dijo curado, que era lo visible sucedido, sino salvado, que hace referencia a algo mucho más grande y profundo que no se ve pero que se reconoce, como lo reconoció ese leproso sanado. En su vida se había producido algo más que una sanación material, aquel hombre se había encontrado con la acción gratuita de Dios en su vida y le alcanzó más allá de su piel.

 

            Y esa palabra de Jesús y esa actitud del leproso sanado me permiten mirarme a mí mismo y a mi modo de ver, de intuir, de descubrir la acción salvadora de Dios en mi vida. Y me permiten descubrir mi inconsciencia, mi cortedad de miras y desde ahí, mi ausencia de gratitud. Y es que cuando somos capaces de ir más allá de lo que vemos, cuando dejamos que en nosotros vibren esas sensaciones e intuiciones profundas que nos permiten sentir que hay más, algo mucho más grande y profundo, en aquello que más ordinaria o extraordinariamente nos sucede, en nuestra vida se produce algo más que una sanación material, sana nuestro interior, sana toda nuestra vida, sana lo que somos, lo que sentimos, lo que no podemos explicar pero sabemos con certeza que está ahí; es decir, intuimos que estamos inmersos en una historia de amor que nos abre a algo más grande de lo que palpamos, que estamos inmersos en una historia de salvación, aunque muchas veces no vislumbremos todo su alcance.

 

            Es cierto que todas las cosas que nos suceden no son aparentemente positivas. Es cierto que no siempre en nuestra vida hay milagros o curaciones; somos conscientes de nuestro dolor, de nuestras limitaciones, del sufrimiento que nos llega de mil maneras. Pero cuando hemos llegado a captar que no somos productos del azar, que nuestra vida está inmersa en unas manos que no palpamos pero que nos han hecho y que nos acompañan en el camino de nuestra vida, todo ese camino se hace sanador, se convierte en espacio de salvación, más allá y por encima de los acontecimientos concretos, o inmersos en ellos, sean del color que sean.

 

            Sí, si somos capaces de mirar más allá y más dentro; si somos capaces de intuir la acción de Dios en nuestra vida a través del bien que nos llega de los otros, si tenemos la sensibilidad de convertir nuestra vida en una acción de gracias por todo ello, podemos ser capaces de palpar que, a pesar de todo, en medio de todo, Dios no nos deja, va dando un tono especial a nuestra vida y, así, nos va salvando porque nos ama. Sólo descubrirlo ya es signo de salvación, y nos sana plenamente,  y nuestra persona  crece, aunque nuestro cuerpo se rompa. Es el milagro de la fe.        

           

 

ORACIÓN:                “En la experiencia de tu amor”

 

 

            Gracias, Señor, porque sí, a la mayor parte nos pasa como también a esa mayor parte de leprosos sanados, nos quedamos en lo material y no somos capaces de descubrir la acción sanadora y salvadora de tu mano que conduce nuestra historia. Al final nos vamos desprendiendo de ti y nuestra vida se va quedando vacía y corta, centrada en la mera materialidad de lo bueno o lo malo que nos sucede. Por eso, agradezco a ese hombre su actitud, porque desde él descubro cientos de acontecimientos importantes, o de momentos sencillos, cotidianos, imperceptibles, pero en los que estaban tus manos, tu bondad, tu compasión, tu amor. En mi vida ha habido y hay muchos más milagros de los que pienso. Toda mi vida, toda vida humana, cada segundo que pasa, es un milagro. Y hasta la muerte es un milagro de amor cuando la experimentamos no como el punto final, sino como ese punto y aparte que  nos pasa a una nueva línea de nuestra historia, hecha o convertida en acogida de tu amor, en plenitud de esa historia de salvación iniciada en mi nacimiento, donde te pude empezar a llamar Padre. Gracias, Señor, porque me sigues sanando y salvando. Mantenme inmerso, a pesar de mis reticencias y cegueras, en la experiencia de tu amor.           

 

           

CONTEMPLACIÓN:              “Eres tú”

 

 

En mis pobrezas, en mis limitaciones,

me descubro vivo desde ti.

Más allá de lo caduco y de lo incierto,

una voz profunda me dice que estás tú.

Y lo sé porque algo en mí se estremece,

algo que no puedo explicar pero que siento.

Y  no es un sueño ni un deseo fácil

con el que quiera evadir mi destino.

Es una fuerza que me llena y que me llama,

que me permite mirar con ojos nuevos,

que me hace sentir lo que no se siente

pero se sabe y se percibe con una fuerza

que se escapa de las garras de mi debilidad.

Y sé que eres tú, que es tu amor,

que es la fuerza de tu vida en mí,

que eres tú alentando mi existencia,

que eres tú, mi Dios, salvándome.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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