2 de noviembre – Conmemoración de todos los fieles difuntos

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DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS

 

 

LECTURA:               Juan 14, 1‑6”

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»

 

MEDITACIÓN:              “Yo soy…la vida”

 

           

            Hoy es un día especial. No sé si el nombre que le damos es el correcto. Pero no nos es difícil situarnos en él, aunque ciertamente con sentimientos muy diferentes.

            Y digo que el nombre que le damos a este día no es correcto del todo, al menos en la perspectiva de Dios. En la nuestra sí, recordamos a quienes ya no están con nosotros. No han desaparecido de nuestras vidas, porque formaron parte de ella y siguen estando ahí, en el recuerdo y en corazón, y hasta seguimos sintiendo la añoranza de su presencia.

            Pero desde tu perspectiva, Señor, la denominación no es correcta, porque para ti, como tú mismo dijiste un día, todos están vivos. No eres un Dios de muertos sino de vivos. Y esto hace que en nuestro corazón algo se esponje, por ellos y por nosotros.

            Tú viniste a ofrecernos un horizonte que nosotros no podíamos abarcar y así sintonizaste con nuestros deseos más profundos, aunque a veces los pretendamos ahogar, no sé por qué ese empeño de mandarnos a un agujero negro. Y nos abriste perspectiva de luz, de vida, de esperanza. Y nos dijiste que nos traías vida y vida en abundancia, y que la vida se apoyaba en ti, o mejor, en el amor que latía en lo más nuclear de tu ser. Y el amor no muere, es eterno, y lo experimentamos anclado en nosotros, aunque a veces, tampoco lo sepamos alimentar.

            Tu resurrección fue la garantía de esa afirmación, de esa llamada, y por ella seguimos esperando la vida, más aún, queremos construirla ya desde aquí, desde ahora, porque las grandes cosas, las grandes obras necesitan tener cimientos fuertes y nuestra historia debería responde a ese empeño.

            Decimos que necesitamos tiempo, incluso después de nuestra partida, para dejar que fragüen muchos aspectos de ese amor en nuestro corazón, para poder habitar en tus estancias, esas que nos tienes preparadas. Y sí, lo entendemos, y no sabemos si la espera será larga y el esfuerzo fuerte, pero sí que será ansioso y gozoso porque sabemos, que nuestro final, nuestra meta, es la plenitud de la vida, la plenitud del amor, eres tú.

ORACIÓN:           “Tu llamada a la vida”

 

 

            Hoy, Señor, mi pensamiento y mi corazón vuelan hacia mis seres queridos. Los conoces mejor que yo, hazles llegar mi oración, mi recuerdo, el amor que no se ha perdido, la nostalgia de su ausencia y la esperanza del encuentro en ti, cuando me llames a mí también a cruzar a la otra orilla.

            Te elevo mi oración por todos aquellos que han quedado en el olvido, y por los que aún aquí, han cerrado su deseo de plenificar su vida en ti. Que sientan un día el gozo de tu llamada a la vida que comienza aquí.

 

 

CONTEMPLACIÓN:          “La vida”

 

 

No eres muro ni oscuridad,

eres luz y puerta,

eres camino

que culmina en tu casa,

en mi casa.

No eres engaño ni mentira,

eres verdad de amor,

que prolonga horizontes

y multiplica anhelos.

No estás muerto

ni reinas en un mundo

de fantasmas y lamentos.

Eres vida, la VIDA,

la que sueño,

la que has grabado dentro,

muy dentro de mis entrañas,

 y la espero,

y la deseo

y, desde ahora,

 la recreo.

 

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