Martes 6º

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MARTES VI DE PASCUA

LECTURA:        Juan 16, 5‑11”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?” Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado.»

MEDITACIÓN:        “El Defensor”

 

            No, no podías quedarte eternamente entre nosotros. Como hombre estabas llamado a partir en algún momento, y tu partida estaba llamada a ser signo del valor y la razón de todo lo que anunciaste, de la fuerza del amor. Aparentemente iba a ser la muestra del fracaso de un hombre, pero se convirtió en la muestra del fracaso del hombre que se cierra en sí mismo, en sus seguridades y miedos, en sus espacios de poder, y no da cabida al Dios que desinstala y que habla de la fuerza del amor, como única fuerza motriz de la humanidad.

            El Espíritu será el gran “defensor” de la verdad en este “juicio” entre Dios y el hombre cerrado en sí. Él será quien permita descubrir que la razón estaba de tu parte, que la verdad estaba en ti, que la verdad de Dios eras tú. Por eso sigues vivo, porque eras y eres el viviente, y el que nos asegura que el mal está condenado y no tiene la última palabra de esta historia.

            Mi propio corazón, Señor, está llamado a combatir en esta batalla, porque dentro de mí hay actitudes que me alejan de ti; unas porque me vencen en la lucha y otras porque me rindo antes de comenzar, y así experimento la fuerza de ese mal que sutilmente penetra dentro de mí.

            Por eso recibo con consuelo tu palabra (por algo nos hablas del Espíritu como consolador), pues me estimula saber y recordar que sigues de mi lado, que estás jugando la parte dura de esta batalla, que estás a mi lado ayudándome a abrirme y a dejarme inundar por tu corriente de vida y de amor. Que no sólo eres una palabra, sino una fuerza real que se une a mi debilidad y a mis anhelos, y que en medio del fragor de este caminar, en medio de la experiencia de mis triunfos o mis fracasos, tú permaneces siempre conmigo ayudándome a caminar de tu parte, a tu lado, formando parte de ti, formando tú parte de mí.  

ORACIÓN:         “Inundar por él”

            Pedirte algo que me ofreces no tiene mucho sentido. Pedirte el Espíritu que ya me has enviado no es necesario; pero sí lo es, Señor, que te pida que abras mi corazón a la acción de tu Espíritu, que me deje inundar por él.

            Necesito su fuerza, Señor, tú lo sabes, mejor que yo mismo. Tú sabes de mis anhelos y de mis contradicciones, de mi querer pleno y de mi querer a medias. Por eso necesito pedirte que dirijas plenamente mi corazón a ti, que lo abras totalmente a la acción de tu Espíritu, que me deje inundar y transformar por él, para ser con él y desde él, testigo de tu presencia, testigo frágil pero sincero de mi apuesta por ti y por tu proyecto de amor sobre toda la humanidad. Ayúdame, Señor.  

CONTEMPLACIÓN:        En lo más íntimo”       

Tú eres el camino

hacia la verdad plena.

Tú eres la verdad

que conduce a la vida

auténtica.

Tú eres la vida

culminada y plenificada

en el amor.

La fuerza de tu Espíritu

alimenta mi debilidad,

ilusiona mi seguimiento,

y me susurra,

en lo más íntimo

de mi ser,

tu palabra

cargada de esperanza.

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