322,-Salmos del oficio nocturno.

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En el mencionado tiempo de invierno se comenzara diciendo  el verso:”Señor ábreme los labios” por tres veces, al cual se añade el salmo 3  con gloria, seguidamente el 94 con antífona o al menos cantado, el himno ambrosiano y a continuación seis salmos con antífonas. (9,1-4)

Empieza el oficio nocturno con el versículo”Señor ábreme los labios…” del salmo 50,17 Es la invocación a Cristo al comienzo de la jornada. Cristo abre los labios del monje para que pueda alabar a Dios y el coro se lo suplica por tres veces. En la última reforma del Oficio quedó reducida a una sola invocación. S. Benito muestra una clara predilección por estas formulas ternarias, tal vez para honrar a las tres divinas personas. O tal vez para hacer penetrar más intensamente en el corazón los conceptos que se expresan con los labios, o acaso más sencillamente, para manifestar la intensidad de la súplica.
Sigue la recitación del salmo 3 escogido seguramente a causa del versículo que la Vulgata traduce: “Puedo acostarme y dormir, y despertar y el Señor me sostiene”  (se dejó de recitar, nunca se cantaba, al introducir los nuevos esquemas en lengua vernácula) y se termina con el Gloria Patri, que es como un aglutinante de todos los sentimientos que se expresan en los salmos, con lo cual los cristianiza y eleva a un nivel teologal superior.
A continuación el salmo 94 con su antífona. Muy apropiado para este momento y muy propio por su contenido. Se interrumpe con  algunos versículos por parte del coro        que se junta al canto del solista (o solistas). Esto da al oficio un carácter festivo  acentuado por el Ambrosiano, himno compuesto por S. Ambrosio o a tribuido a él, como padre de la himnología latina.
La salmodia  tal como la dispone S. Benito, se compone de doce salmos, número sagrado e intangible adoptado por  Casiano y que procede de la tradición copta.
Los seis primeros se cantan según la norma de la salmodia antifónica  que se termina con un verso y la bendición del abad. Era una oración conclusiva que acentuaba la división de la salmodia en dos partes.
Entonces los hermanos se sentaban en los escaños, lo que indica que hasta entonces estaban de pie. El libro de las lecturas estaba sobre un atril  al que se acercaba el monje de turno, pero no todos, sino aquellos que pudieran edificar a los oyentes, porque la finalidad de toda lectura es la edificación del que escucha.
No dice la RB la longitud de tales lecturas, tal ver según algunos de cuatro o cinco folios, como lo previsto para la lectura de antes de las Completas, pero sería realmente mucho. Acaso se seguiría la pauta del oficio romano  que se alargaban o acortaban según la condición de las noches.
Especifica que obras había que leer: los libros del AT y NT, los comentarios sobre ellos que han escrito los Padres más célebres reconocidos como ortodoxos. Como se ve lecturas muy selectas.
Tanto Casiano  como el Oficio Romano, colocan las lecturas al final de los doce salmos. Así vemos como la RB da aquí una nueva prueba de discreción  al designar su lugar en el medio de la salmodia, que al cantarse de pie, y las lecturas que se oían sentados, constituían un verdadero descanso físico y espiritual en medio de un Oficio largo y pesado.
Cada una de las tres lecturas iba acompañada de un responsorio, es decir de una salmodia responsorial. Los responsorios eran simples pero bastante largos como se deduce de la suposición de que se abreviasen si los monjes se levantaban por descuido demasiado tarde.
A continuación se cantaba el segundo grupo de seis salmos, sin antífonas y solo con el aleluya  triunfal, ya que la vida del monje  es una vida pascual de unión con Cristo resucitado.
Al final de esta salmodia dispone la RB una lectura breve tomada de S. Pablo que pudiera recitarse de memoria.
Termina con las letanías, que son distintas de la oración de los fieles, que es propia de Laúdes y Vísperas. Es la invocación de Kyrie eleison sin ninguna intercesión particular. Así lo aconseja  el P. Colombás, no por propia autoridad  ya que es historiador, no liturgista, pero cita a un importante liturgista en apoyo a esta afirmación.

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