318.- Ordenación del Oficio Divino (3)

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Ya hemos señalado la forma abrupta con la que RB  aborda el Oficio Divino. Solo al final del  cap. 16  ofrece  una justificación escriturística a este plan de oración. Esta es la  primera especulación que ofrece la RB sobre el Oficio. Puede ser el `punto de partida de esta reflexión.
Justifica  el ciclo de las Horas con dos textos sálmicos: “Siete veces al día te alabo” y “A media noche me levanto para alabarte”. A sus ojos el septenario diurno fundamentado así en la Palabra divina, es algo sagrado y basta darle una interpretación correcta que excluya de él las vigilias nocturnas para establecer el cursus del Oficio, sobre la base más firme: la Escritura.
Si nos conformamos con esta explicación, creeríamos que procede de la  Palabra inspirada. Por eso no deja de tener interés  que veamos el pasaje correspondiente del Maestro.
En él encontramos ciertamente la frase del salmista, pero no como principio, sino como conclusión. En lugar de comenzar el capítulo con la frase bíblica que sostenga todo lo que posteriormente dice, la utiliza para terminar el capítulo, como una simple justificación a posteriori.
Para el  Maestro, el ordenamiento del Oficio, tiene en primer lugar un fundamento diferente. La costumbre de la antigüedad, seguir las reglas establecidas por las instituciones de los Padres. La principal justificación del ordenamiento del Oficio, siguiendo el texto del Maestro, no debe buscarse en la Escritura, sino en la tradición.
Al hablar así el Maestro acepta un hecho que se impone en todo historiador. Es en efecto una costumbre paleo-cristiana fijada  por los Padres del monacato, la que dio origen a la ordenación del Oficio.
Ni la cantidad de Horas ni su determinación resultan  de la Escritura. Cierto que ella ha proporcionado un conjunto de sugerencias decisivas, para el establecimiento del ciclo de las Horas.
Los autores de los tratados de oración no han cesado de vincular cada Hora que se celebra con  personajes de uno u otro testamento. Daniel, el Salmista, los Apóstoles, y sobre todo Cristo.  Por cuando cada hora puede reindicar uno o varios textos de la Escritura. No son más que indicaciones dispersas, con frecuencia sin relación explícita con el deber de la oración.
Para relacionarlas con la oración del cristiano, fueron necesarias las investigaciones de muchas generaciones cristianas interesadas en  formular un sistema de horas de oración.
Con esto ¿queremos decir que sea una simple invención de los hombres a la que la Escritura solo proporcionó  una especie de pretexto o ilustración? Esto sería desconocer la fuente escriturística profunda  de donde han surgido todas esas búsquedas.
Si los escritores del siglo tercero, de Roma, Cartago, Alejandría, se preocupan en poner tiempos de oración, es porque su única preocupación es responder lo mejor posible a la invitación de Cristo de “orar sin cesar”. Esta invitación a la oración continua, trasmitida especialmente por Pablo y Lucas, es el gran resorte que mueve a todo el cristianismo pre-niceno y al monacato.
Los Padres nunca perdieron de vista que esto constituía el único precepto del Señor en la materia. Los sistemas  son proposiciones de origen humano, desprovistas a sus propios ojos de un verdadero carácter obligatorio.
Esto es cierto sobre todo en Tercia Sexta y Nona, según el criterio de Tertuliano, que considera obligatorias las  oraciones de la mañana y de la tarde, de acuerdo con el judaísmo, según Filón. Estas dos Horas obligatorias para todos los fieles, según Tertuliano, sería las dos únicas Horas celebradas en común por los cenobitas  egipcios, de acuerdo  con Casiano, y que las fuentes pacomianas parecen confirmar.
 Tercia, sexta y nona, aunque no prescriptas, son `presentadas   por Tertuliano, como un mínimo. Pero para él, este mínimo es un deber que cumplir. Cipriano presenta la celebración de estas  horas como una práctica veterotestamentaria, prefigurada por Daniel, que representa los misterios del N. T. pero no afirman su obligación.
Lo que en definitiva obliga es el orar sin cesar. Al tratar de realizarlo la tradición cristiana  descubrió la utilidad de momentos definidos en los que en cada día nos aplicamos a la oración, para evitar que pase el tiempo en la disipación del espíritu con la preocupación de las cosas terrenas. No es que este modo de proceder sea la oración continua, pero si un medio para poderla alcanzar.

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