306.-El octavo grado de humilda

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El octavo grado de humildad es que el monje en nada se salga de la regla común del monasterio, ni se aparte del ejemplo de los mayores. (7,55)

Hasta este grado la humildad se ha mantenido sobre todo en el interior del monje, las manifestaciones externas han sido esporádicas. La regla ha procurado ante todo que la verdadera humildad arraigara en el corazón del monje. A partir del 8º grado hasta el 12º, sin dejar de  proceder de lo intimo del ser, adquirirá un aspecto externo común.
Así en el  8º grado correspondiente al “indicio” sexto de Casiano, que reproduce tal cual, cambiando una palabra añadiendo un término muy significativo. Cuando  Casiano habla de una “communis regula” no se refiere a ningún código concreto de leyes monásticas, sino a  la doctrina tradicional establecida en los cenobios de Egipto. Al añadir RB el genitivo “monasterii” alude a la regla escrita vigente en el monasterio, o sea se nombra a sí misma.
A su lado siguen figurando los ejemplos de los mayores como norma de conducta. Pero lo que cuenta para la RB es la observancia puntual de la regla. Los ejemplos de los mayores son una simple ilustración de la misma, que el monje humilde tiene presentes para imitar.
En su enunciado escueto, sin ningún comentario ni cita alguna de la Escritura que lo ilustre, da a este grado un carácter de sentencia firme, absoluta e inapelable, que se impone  por su autoridad y que a primera vista excluye de antemano toda innovación o acomodación.
Pero sería un error interpretar este grado como una canonización del inmovilismo.
S. Benito quiere que la comunidad se mantenga abierta al soplo del Espíritu, que “muchas veces revela al más joven lo que es mejor” (3,3)
Pero hay dos  aspectos decisivos en el camino de la humildad, que S. Benito recuerda con fuerza: 1º hay que dejar de lado como obstáculo pernicioso, el afán obsesivo de originalidad y de afirmación personal.  Es necesario un aprendizaje en la escuela de los mayores, en la fidelidad a la regla común del monasterio. 2º Hay que sumir con fe el misterio de las mediaciones humanas como una consecuencia del gesto de Dios a través de la encarnación.
La regla del monasterio y el ejemplo de los mayores son para el monje una síntesis de la experiencia de los santos puesta a su alcance.
Nos está invitando a que hagamos propio un determinado modo de vida. Hemos de renunciar el hacernos interesantes a nosotros mismos, abandonando una y otra vez la costumbre del monasterio, haciendo valer nuestras propias ideas.
Esto pudiera parece a primera vista  un cercenamiento de la creatividad humana. Pero la limitación al proyecto comunitario me puede confrontar con mi propia realidad y trasformarla cada vez más.
No es la trasformación de la Regla lo que expresa mi mismidad más íntima, sino precisamente al intentar colocarme en dependencia de la Regla entro en contacto con mi identidad original, con mi esencia  más íntima.
Renuncio a juzgar la Regla con mis propios parámetros, pues de lo contrario nunca llegaré a la experiencia a la que S. Benito me quiere llevar a través de su Regla. La vería siempre desde fuera y no llegaría a interiorizarla. El octavo grado me invita  a asumir la dependencia de la Regla sin reservas, a fin de que ella me  trasforme más y más.
Se trata de un camino para llegar a ser libre de las falsas imágenes del ego, para encontrar detrás del ego el verdadero yo-mismo.
El octavo grado quiere protegernos de intentar hacernos un seudo-nombre, renunciando a una autoafirmación obsesiva. Así es como  llego a ser totalmente libre. No se trata de negar mi mismidad más intima. Nunca debo hacer tal cosa. Se trata más bien  de intentar  descubrir mi auténtico yo mismo, renunciando a colocar mi ego siempre en el centro y a darme tono frente a otros.
En la renuncia  a las propias peculiaridades, se nos abre un espacio de encuentro con nuestro Dios, que nos llama por nuestro nombre y nos invita a entrar en su intimidad.
Es un ejercicio decisivo en un camino de maduración para renunciar a hacer todas las cosas de un modo diferente de cómo las hacen los demás. Renunciar  a diferenciarme de los demás sólo por mi actuar exterior.
Si hacia fuera todo es igual, descubriré mi núcleo más íntimo en el que soy totalmente único e irrepetible, en el que Dios me llama por mi nombre.

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