305.-El séptimo grado de humildad

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El séptimo grado de humildad es que no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea así en el fondo de su corazón  humillándose y diciendo con el profeta:”Yosoy un gusano no un hombre, la vergüenza de la gente el desprecio del pueblo (7, 51-52)

Para la comprensión  de este séptimo grado, como del anterior, es indispensable recordar la meta, la cima hacia la que se tiende. Sería un error acentuar de modo masoquista  la humillación en detrimento del aspecto fundamental que es  la alegría de las cosas humildes y el gozo de ser independiente  de las valoraciones de los hombres (6º grado) y la conciencia serena y confiada de sentirse pecador (7º grado)
No nos paremos en las palabras y vallamos a la realidad espiritual que intentan expresar. Fundamentalmente se refieren a ese liberarse gradualmente que lleva al hombre a la madurez. Y de este modo es como el monje llega a la valoración auténtica de sí mismo y de lo que Dios es para él.
No es que el monje se haga insensible, sino que a partir de la experiencia cada vez más intensa de Dios como razón máxima de su existencia, las otras realidades por más interesantes y  perturbadoras que puedan parecer, jamás llegan a acaparar toda su atención ni hacerle olvidar que Dios es la fuente inagotable de su paz  y de su gusto de vivir.
La experiencia enseña la importancia decisiva del aceptarse a sí mismo para el crecimiento humano y  cristiano. En la vida de cada uno llega un momento determinado en el que se alcanza una cierta evidencia de lo que uno mismo es. Y una percepción más nítida de los límites de cara a Dios y a los demás.
Según el propio modo de ser y las circunstancias, unas personas llegan a ello tras un proceso gradual, mientras que otras de repente. Pero es evidente que de una u otra manera  se trata siempre del enfoque decisivo de la vida de esa persona. O bien asume la propia realidad y a partir de ella se intenta humildemente ponerse al servicio de Dios y de los otros, o bien empieza un largo itinerario repleto de ilusiones, quimeras, fracaso y amarguras. En el primer caso hay una conversión, es el momento de superar las actitudes infantiles de la vida centrada en uno mismo. Se liquida la tendencia de atribuir a los otros  los propios fracasos. No se vive ya pendiente de las valoraciones de los otros  en  un vaivén  constante de euforia y depresiones, propias de la adolescencia. Se aprende incluso a asumir los propios pecados sin menospreciarse, volviendo a empezar de nuevo tantas veces como fuere necesario. No se trata de obstinación sino de un gesto de confianza humilde, pero fuerte. Esta persona ya no se siente atada al mundo, sino que ve la propia vida  sumergida en Dios que es un misterio de amor.
Berrearnos dejó escrito que la humildad no consiste en menospreciarse  a sí mismo, ni siquiera en soportarse, sino en amarse  a sí mismo como un miembro doliente del cuerpo de Cristo.
Si no se da esta conversión, el monje queda incrustado en unas actitudes inmaduras, que hacen muy difícil el camino de la vida y esteriliza todas las oportunidades en un constante estar centrado en uno mismo. Existe un gran vació afectivo y con mucha frecuencia una cierta inestabilidad, no solo en la dedicación al trabajo, sino incluso en la dedicación a un ideal de vida. Se buscan continuamente las soluciones en las circunstancias que le rodean a uno, olvidándose que el fallo principal proviene de sí mismo por no haber asumido la propia realidad como punto de partida.  Así no llega nunca a encontrar la situación ideal para poder satisfacer las propias aspiraciones. Busca la causa de este fracaso en los demás que no le comprenden, que no le prestan ayuda. Y si en algún momento cae en la cuenta de sus propias limitaciones, esta toma de conciencia no es fuente de paz, sino de desánimo y pesimismo.
Mientras una persona está metida en este callejón sin salida, resulta muy difícil ayudarla ni por los compañeros, ni por los maestros, ni por nadie. Está domino por la convicción de que los otros no le comprenden  y cualquier  advertencia con la que se intenta hacerle ver algo real, ve en ello una confirmación más de esta supuesta injusticia con que se le trata a su parecer.
En el fondo lo que hay es una rebelión, como un rechazo amargo de la propia realidad, y la vida interior  de  un monje así, se ve empobrecida. 

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