303.- El sexto grado de humildad

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El sexto grado de humildad es que el monje se sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a si mismo como un obrero malo e indigno para todo lo que se le manda diciendo interiormente con el profeta: “fui reducido a la nada  sin saber por qué he venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo”. (7,49)

 La RB se limita aquí a reproducir el séptimo indicio  de Casiano, con alguna variante de poca importancia.
Para ilustrar su doctrina no aduce más que un solo texto de la Escritura  y por cierto no muy  apropiado, en la que el monje se compara a una bestia de carga. Esta  penuria de testimonios bíblicos  contrasta con  la abundancia  con que se cita la Escritura  en el grado anterior como en el siguiente.
Es de notar la expresión “dicet sibi” diciéndose a sí mimo. Es una nueva llamada a la interioridad de la verdadera humildad en contraposición a las frases de humildad  que se dicen pero no se sienten.
S. Benito se refiere en este grado a los sentimientos de rebeldía e insatisfacción con la medianía y banalidad de nuestra vida.
En algunos momentos de prueba, descubre el monje que su vida cotidiana es banal, que esperaba mucho más de una vida monástica y es el momento en el que se hace la pregunta si debe mantener las ilusiones  sobre su vida, o ha de reconciliarse con el hecho de que la vida es como es.
Para esto  el consejo de S. Benito es estar contentos con todo lo más vil y abyecto. Estar de acuerdo con lo que  encontramos, reconciliarnos con la banalidad de la propia vida. En ocasiones el monje experimenta  su vida como opresiva y carente de perfil. Si se reconcilia  con ello, la vida cotidiana se trasforma. No queda meramente resignado y mucho menos amargado. Experimenta en medio de la banalidad la presencia sanadora de Dios.
Es la fidelidad de un  animal de carga lo que nos da ejemplo de no abandonarnos a nosotros mismos en la dureza de nuestra vida, sino de mantenernos firmemente adheridos a Dios. Estar en su presencia en medio de toda fatiga es suficiente. Trasforma la vida, otorga sentimientos  de paz y de conformidad con todo lo que se da.
“Yo siempre estaré contigo” son las palabras del salmo que la liturgia cita en el introito de Pascua. El decir si a la banalidad de la vida, a la cruz que supone el renunciar a una vida perfecta, conduce a la experiencia de la resurrección. Experimentar la resurrección en medio de  la vida ordinaria es para Benito el camino de la humildad. Humildad es la osadía de descender a la tumba  de la cotidianidad,  para resucitar  de la mano de Jesús y caminar erguido por la vida.  

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